Una persona lee en su ordenador portátil una noticia falsa. / e. p.

Conchita, presidenta

ROSA PALO

Que la verdad no es absoluta, sino relativa, ya lo aprendimos en 'Sálvame' cuando Amador Mohedano hablaba de «mi verdad» para excusar los cuernos que le ponía a Rosa Benito. O cuando Lance Armstrong hablaba de la suya para argumentar que se dopaba hasta los pedales. Pero verdad solo hay una, por mucho que insistan hermanísimos venidos a menos y campeones caídos en desgracia. Lo demás es charcutería fina para justificar lo injustificable.

Ahora, el Gobierno ha desarrollado un plan para «luchar contra contra la desinformación». No sé si contra la nuestra o contra la suya, que la mentira también parece que es relativa, cuando no lo es. Acabáramos: puestos a terminar con las noticias falsas, yo sólo me fiaría de un órgano independiente. O de un ministerio con Conchita la poligrafista al frente. Porque Conchita, con su pelo corto, su traje pantalón y su cara de póker, tiene pinta de ministrable. Y de poderío: una tipa que no mueve ni un músculo cuando a una figuranta le preguntan «¿Te arrepientes de haberte grabado practicando sexo mientras freías unas croquetas?», se merece una cartera. O una Presidencia de Gobierno.

Pero, si no es Conchita la que lleva a cabo esta lucha contra la desinformación, yo prefiero que sigan engañándome. Que me mientan, como le pedía Johnny Guitar a Vienna. Que me digan que existen los Reyes Magos. Que no me va a engordar ese bocadillo de pollo empanado que me voy a meter entre pecho y espalda. Que no se me va a caer la papada. Que jamás me voy a quedar en blanco delante del folio. Que el heredero nunca se revolverá contra mí, como se ha revuelto Kiko Rivera contra su madre. Que siempre me van a querer. Que esto va a pasar pronto. Y que mañana es sábado otra vez.