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El opositor ruso Alexei Navalni.
El chófer que me espió

El chófer que me espió

A la última ·

Viernes, 18 de diciembre 2020, 23:16

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Con John le Carré todavía en los titulares, y con lo que nos gustan los espías, leo que el juez interroga a Luis Bárcenas para saber quién del PP le recomendó contratar al chófer que le espió. Siempre es mejor que te interroguen sobre la espía que te amó (sí, eso es de Bond, no de Smiley). Nos gustan los espías, no los cotillas. Como escribió Jane Austen, todos estamos rodeados de un vecindario de espías voluntarios.

Pero volviendo a los espías de verdad, volvemos a los rusos y a Vladimir Putin haciéndose el chulo. Aunque no con el coronavirus, que no sale de su residencia de Novo-Ogarioevo, y la rueda de prensa anual, de 4 horas y 29 minutos, ha sido detrás de una pantalla protectora. Todavía no se ha puesto la vacuna Sputnik V, pero dice lo hará enseguida. La prensa tuvo que guardar dos semanas de cuarentena en un hotel de Moscú. Al menos la que estaba allí. Y tuvieron que cambiarse las mascarillas a las dos horas. 60 preguntas contestó el ruso. Negó, aquí viene lo de hacerse el chulo, su responsabilidad en el envenenamiento de Navalni. Dice que si los servicios de inteligencia, que él tanto conoce, hubiesen querido, «probablemente hubiesen terminado el trabajo». «Claro que tienen que tenerlo vigilado, pero eso no significa que haya que envenenarlo». También le dijo a Joe Biden, la otra chulería, que su país ha desarrollado «armas hipersónicas» para mantener la paridad con EE UU. Que no le toquen las narices de la guerra templada. Tampoco se diferencia mucho de Krushev blandiendo su zapato en la ONU y llamando lacayo al delegado filipino. Hay chulos y chulos. No sé, está Putin, está Mourinho. Y en la guardería, Pedro Sánchez. Lo intenta pero no le sale.

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