Sánchez se hace un selfie junto a varios militantes y compromisarios. / EFE

Socialismo multinivel

Las distintas sensibilidades socialistas escenifican su unidad en torno a Sánchez

JORGE ALACID

En pertinente reflejo del país que aspiran a construir los socialistas reunidos este fin de semana en Valencia, el circuito interior de la Feria por donde circulan todos ellos, de Pedro Sánchez hacia abajo, mantiene una estricta distribución jerárquica: así como (lo acaba de recordar el reciente Presupuesto) hay regiones de España de oro, las hay de plata y también de bronce, el estatus interno del PSOE emite en la misma frecuencia de onda. Siempre ha habido clases, cuya dimensión hubiera podido calibrar un imaginario aplausómetro que graduara el afecto que entre la militancia generan sus jerifaltes, una emoción que iba de menos a más: ovación contenida cuando aparece en el estrado la dirección saliente, emocionadas descargas de solidaridad con cada mención al drama de La Palma y éxtasis, entre lágrimas y alguna voz quebrada, cuando la macropantalla recupera las imágenes de Carme Chacón, Carmen Alborch y (apoteosis total y significativa) Alfredo Pérez Rubalcaba. El autor de la famosa frase: «En España enterramos muy bien».

Una reflexión tan certera que vale incluso para diagnosticar el parecer de las bases socialistas respecto a sus líderes históricos, que aparecieron para recoger un distinto nivel de respuesta entre los suyos: mediada la sesión, por el pasillo central desfilaron Felipe González, Joaquín Almunia y José Luis Rodríguez Zapatero, que se llevaron un reconocimiento conjunto de alta intensidad en forma de aplausos interminables pero que luego no recibieron el mismo tratamiento desde el atril. Cuando Adriana Lastra se enorgullecía de los dones que sobre España derramaron los antiguos secretarios generales, olvidó incluir (ay) a Almunia, el único de los tres (de nuevo, ay) que nunca llegó al poder. Cuando le enfocó la cámara minutos después, seguía con cara de póker.

Aunque seguro que tampoco Almunia ignora que se trata de eso: que estos congresos, la vida diaria de la militancia, solo tienen sentido si se gana la carrera hacia Moncloa. El segundo es el primer perdedor. Es una evidencia palmaria que alcanza la envergadura de grosera en esta clase de citas congresuales: cuando comparecen rodeados de púrpura los elegidos por el líder de turno (y ahí llega Fernández Vara como si fuera una estrella de rock celtibérica) precedidos por un barullo de ayudas de cámara y periodistas. Por su séquito los conoceréis. O por la ausencia de compañía: junto a Vara cruza huidizo Cipriá Ciscar, que mira de reojo y tal vez con alguna envidia a quienes ocupan ahora el trono que antes fue suyo. Y unos minutos después, la extodo Susana Díaz ingresa en la Feria rodeada de un discreto silencio y se disuelve con el resto de sombras, la cofradía de quienes fueron barridos por el viento de la Historia.

La Historia ha sido en realidad la estrella invitada de la jornada matinal de un sábado a cuyo filo se resolverá el crucigrama de la nueva ejecutiva, que tiene en vilo a quienes saben eso de los (muchos) llamados y los (pocos) elegidos. La Historia, en mayúsculas, representa desde luego para los reunidos el dúo González-Zapatero, protagonistas de esa clase de mítines que en atención a su condición senior se transforman en conferencias para convencidos de antemano. Los dos han competido en sus respectivas excursiones por el pasado reciente, aunque Zapatero ha ido más lejos que González: a ratos parecía tan a gusto en la II República (cuya mención disparaba por cierto los aplausos) que se olvidaba de aterrizar en el presente. Cuando ha dejado de levitar, ha dejado a González en el uso de la palabra para (de nuevo) una clase magistral de las conquistas socialistas: recordando por ejemplo, como quien no quiere la cosa, aquellos 202 diputados de 1982, un éxito que ha descrito con una palabra atinada: una quimera. Lo fue entonces, lo es más ahora.

González, en su papel de papa laico del PSOE actual, ha dejado también alguna perla que puede contrariar el discurso dominante en su partido. Como cuando se proclamaba orgulloso de pertenecer a la denostada generación del 78, la clase política cuyos actores se dedican hoy como él a fisgar los viajes del Imserso, otro logro mencionado por el expresidente que habrá sonado al ala juvenil de sus filas tan raro como escuchar una intervención durante la cual González llamaba de usted a su auditorio. Era tal vez un guiño al otro invitado de honor de la velada: Pablo Iglesias, un Pablo Iglesias de ficción que ha comparecido en la pantalla aliado con las nuevas tecnologías evitando el tuteo, para dirigir a los asistentes un discurso también de otro tiempo. Cuando ese nombre y ese apellido significaban otra cosa para el socialismo multinivel. Un Pablo Iglesias de mentirijillas que se llevaba aplausos de verdad, haciendo honor a la categoría (categoría supernivel) que le ha otorgado uno de sus herederos mientras ovacionaba sus palabras: «Este es Pablo Iglesias el bueno». Una frase que sirve como el auténtico fin de la Historia.