El presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez en el congreso del PSOE en Valencia. / EFE

Pedro Sánchez y su extraño viaje valenciano

Cinco años después de su mitin fundacional en Xirivella, vuelve aclamado como superlíder del PSOE en la Feria de Valencia tras soltar el lastre de Ábalos, su antiguo camarada

JORGE ALACID

Érase un hombre a un líder pegado, érase una amistad superlativa. La que profesaba José Luis Ábalos por Pedro Sánchez, cuyo amor se rompió al revés de como exige la canción: se rompió de apenas usarlo. El todopoderoso inquilino de Moncloa dio por descontado el afecto de su número dos en el partido y ministro de Fomento arreglalotodo, lo fulminó con el silenciador de las grandes ocasiones ensayado con éxito en otras tesituras semejantes y convirtió en la letra de un mal bolero aquella vieja camaradería, fraguada a bordo del Peugeot del presidente que les llevó por toda España mientras Ábalos ejercía de copiloto. Cuando trataba de arrancarlo: arrancar a Sánchez, arrancar su proyecto, arrancar al PSOE entero. Con éxito, por cierto.

De esa historia en plan dos cabalgan juntos han pasado cinco años. Sólo cinco años. Aquel Sánchez que se estrenó como candidato a recuperar el trono de Ferraz peina hoy unas cuantas canas más, acepta como un peaje del poder las patas de gallo y los abucheos y vuelve al escenario de su primer gran éxito: el mitin fundacional de Xiriviella, el municipio del extrarradio valenciano, distante apenas 7,4 kilómetros de la Feria de Valencia donde le espera el fin de semana más plácido de su reinado en el PSOE. Una pacificada cita congresual apenas ensombrecida por la presencia casi invisible de su antiguo aliado, que ejerció entonces de anfitrión y hoy encabeza la delegación de Valencia al estilo de la Reina Madre: como una recompensa en nombre de los buenos tiempos.

Desplazado Ábalos del núcleo de poder sanchista, hoy recorre los pasillos de la Feria como esos toreros en la tarde de su despedida, recibiendo el aplauso benévolo de una feligresía que se apiada de su jubilación anticipada. Una figura taurina que el exministro compone bien, como hijo de aquel Heliodoro Ábalos, el diestro de Torrent, que tendría sus propias tardes de gloria como su vástago, el político capaz de aquella gesta: subirse al coche de Sánchez cuando sus colegas de siglas evitaban su compañía y conducirle hasta el Palacio de la Moncloa, nada menos. Y recibir como pago primero un Ministerio, luego una carta de despido y este fin de semana, quién sabe… En el enigmático universo Sánchez, todo es posible.

Tal vez Ábalos se conforme con una presidencial caricia en el lomo, pensando que vale más por lo que calla que por cuanto sabe. Sabe, por ejemplo, que cualquier tiempo pasado fue anterior y que la contemplación de su reciente defenestración sólo lleva a la ensimismada melancolía, antesala de la tristeza. Un lujo que no puede permitirse. Ningún superlíder tolera que le hagan pucheros a su vera, porque sería acreptar el síntoma de su debilidad, y Ábalos tiene que resignarse este fin de semana a asomarse por el retrovisor. Recordar aquel sábado de noviembre del 2016 en Xirivella entonando La Internacional, cuando Ximo Puig se preguntaba a qué había acudido Sánchez a Valencia: ya tiene la respuesta. A cambiar los acordes del himno socialista por el hit de moda, en su camino de vuelta hacia la casilla de salida: esos sones de 'Ateo' muy pertinentes en todo congreso de todo partido, cuyo propósito fundamental consiste en masajear el ego del jefe: la fiesta de la teocracia.