Sánchez interviene este miércoles en el pleno ante la mirada de Calvo y Pablo Iglesias.

Sánchez e Iglesias insisten en mantener la coalición pese a la creciente hostilidad mutua

Los socialistas evitan aplaudir al líder de Podemos en el pleno y el socio minoritario del Gobierno les acusa de deslealtad

Paula De las Heras
PAULA DE LAS HERAS Madrid

La guerra abierta entre el PSOE y Unidas Podemos arrecia día a día. De nada ha servido el fin de la campaña electoral. La disputa entre los dos socios tiene raíces mucho más profundas que lo escenificado al calor de los comicios catalanes y cada vez hacen menos por disimularlo. Pero aun así, ambas partes se ratificaron en su alianza imperfecta durante una sesión de control que la oposición dedicó de manera casi monográfica a las disruptivas declaraciones de Pablo Iglesias sobre la ausencia de normalidad democrática en España.

Pedro Sánchez, que hasta ahora no se había pronunciado sobre la cuestión, no buscó justificación a las palabras del vicepresidente y, como la semana pasada varios de sus ministros, defendió que España es una de las 23 democracias plenas del mundo, conforme al ránking de 'The Economist', pero desdeñó abiertamente ceses o dimisiones como le planteó el líder de la oposición, Pablo Casado.

El jefe del Ejecutivo ni siquiera deslizó reproche alguno hacia el secretario general de Podemos, como hizo a finales de enero en la reunión del Comité Federal del PSOE a cuenta de la comparación de Carles Puigdemont, prófugo de la justicia, con los exiliados de la guerra civil y el franquismo. «Mi tarea –dijo por toda respuesta antes de salir al ataque del PP– es garantizar la estabilidad».

«Este es un Gobierno de dos partidos explícitamente diferentes. Nuestra unidad de acción consiste en tener unos Presupuestos, en sacar adelante una legislación, en esta Cámara fragmentada, casi siempre bien –dijo también, introduciendo ese matiz, la vicepresidenta Calvo al portavoz de Vox, Iván Espinosa de los Monteros– y en tomar medidas, que han sido útiles frente a la pandemia, sin su ayuda».

Vídeo. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha avisado al líder del PP, Pablo Casado, de que si no opta por la moderación y por una oposición «útil» y con «sentido de Estado», seguirá por el «camino de la perdición» que le han enseñado sus malos resultados en las elecciones catalanas. / Europa press

El propio Iglesias dejó claro que no piensa dar por concluida la coalición al dirigirse al número dos del PP, Teodoro García-Egea, con esta frase: «Ustedes vienen al Parlamento a patalear, van a seguir haciéndolo durante mucho tiempo, y mientras tanto, nosotros –alardeó– seguiremos gobernando». Pero que la relación entre los dos socios ha entrado en una dinámica perversa es algo que nadie niega.

Enfado explícito

La hostilidad ha alcanzado tal punto que este miércoles los socialistas optaron por hacerla explícita al permanecer sin aplaudir y en muchos casos cruzados de brazos tras la intervención de Iglesias en el pleno. En el ambiente se palpaba aún el enfado por que Unidas Podemos no solo evitara respaldar el martes, por primera vez, una iniciativa legislativa del PSOE, sino que buscara en vano que aliados como ERC, Bildu o Más País le ayudaran a tumbar a la ley de igualdad de trato.

Podemos, a su vez, no perdona que sus socios registraran esa propuesta, que afecta a una de sus pocas competencias en el Ejecutivo, Igualdad, mientras mantienen bloqueada la 'ley trans' diseñada por el Ministerio de Irene Montero y acusan al PSOE de haber cruzado «líneas rojas» en su «deslealtad». Para rizar el rizo, Calvo, encargada de ordenar el 'tráfico' de leyes en el Consejo de Ministros y principal ariete contra la autodeterminación de género, dejó caer también que no prevé que la norma vea la luz por lo menos este año.

A esta batalla se suman las de la ley de vivienda, la reforma del Código Penal sobre los delitos de libertad de expresión o la de las pensiones... En el PSOE y el Gobierno algunos apuntan a que será necesaria una conversación seria entre Sánchez e Iglesias para reconducir la situación. En Moncloa, sin embargo, admiten sentirse abocados a una pelea permanente.