La división en el campo independentista debilita a Aragonès en la mesa de diálogo

Junqueras sale al paso de las descalificaciones de Torra y Borràs al foro con el Gobierno, tildado por la presidenta de la Cámara catalana de «alucinación colectiva»

CRISTIAN REINO

Mientras la Moncloa pone de los nervios al Palau de la Generalitat a cuenta de la presencia o no de Pedro Sánchez en la mesa sobre el conflicto catalán, prevista para la tercera semana de este mes, el presidente del Govern catalán tiene que lidiar con una fuerte resistencia interna de sectores del mundo independentista que tratan de dinamitar el diálogo para llevarse por delante al dirigente republicano.

Los ataques contra el foro para buscar una salida al pleito catalán -pactado por el PSOE y ERC a cambio de la investidura de Sánchez- son diarios desde las filas independentistas. No son críticas de personas ocultas en Twitter ni filtraciones anónimas. Son declaraciones públicas y ante las cámaras de algunos de los primeros espadas de Junts, la formación de Puigdemont con la que Aragonès comparte ejecutivo, de la CUP o de la ANC. Los últimos en sumarse a la campaña de los postconvergentes contra la mesa han sido Quim Torra, expresidente de la Generalitat, que cada vez que reaparece aprovecha para cobrarse su venganza contra los republicanos, y Laura Borràs, actual presidenta del Parlament, que ni siquiera intenta mantener una cierta neutralidad institucional. Torra dijo que la mesa no va a ningún lugar, que Aragonès no tiene fuerza si no amenaza con la vía unilateral y que nunca habrá un referéndum pactado, ni en 2030 ni en 2080. Borràs, también en TV3, calificó las conversaciones entre el Gobierno central y el catalán como una «alucinación colectiva» y un «producto de marketing». Dos pesos pesados de ERC se encargaron de replicar a los dirigentes nacionalistas. El consejero Roger Torrent reivindicó la mesa y dijo que ya de entrada supone un «triunfo político» y el presidente del partido, Oriol Junqueras, llamó al independentismo a poner «toda la intensidad y las ganas» en el diálogo con la administración central. A su juicio, si la parte catalana actúa con convencimiento y franqueza en el proceso de negociación, es posible que la comunidad internacional tenga «gestos» con el secesionismo.

Desde Ginebra, donde se reunió la cúpula de ERC, junto a Marta Rovira, que huyó a la ciudad suiza para eludir la acción de la justicia, Junqueras trató de restar relevancia a la ausencia o no de Sánchez en el encuentro con el Govern. «La mesa de diálogo no se devalúa en ningún caso ni en ninguna situación», afirmó. El mensaje también iba dirigido contra los postconvergentes, quienes en ERC creen que tratan de sabotear el diálogo con el único propósito de recuperar cuanto antes la presidencia de la Generalitat.

Con el independentismo dividido, la posición de Aragonès en la mesa queda debilitada. Difícilmente puede hablar en nombre de todos los catalanes (pues sus reclamaciones soberanistas no las comparte la mitad de la población), sino que ni siquiera representará al conjunto del secesionismo. Hay división interna en el Govern y entre ERC y Junts, en el seno de esta última formación, donde le mueven la silla al secretario general, y en el Consejo para la República de Puigdemont. La otra gran baza que utilizaron estos años los anteriores presidentes de la Generalitat para apretar al Gobierno fue la presión de la calle. Si la Diada no registra las cifras de asistencia como en los últimos años, la delegación catalana en la mesa llegará algo coja. La única carta que le quedará al presidente de la Generalitat será el apoyo de ERC al Gobierno en el Congreso. «Todo puede saltar por los aires», avisó días atrás.

Y por si fuera poco, la CUP presionando por el flanco izquierdo y amenazando a Aragonès con tumbarle los Presupuestos, lo que le dejaría en manos de los socialistas y sin ninguna capacidad de presión en Madrid.