El Papa durante su visita este domingo al campamento de inmigrantes en la isla griega de Lesbos. / EFE/Vídeo: Atlas

El Papa denuncia que el Mediterráneo es «un desolador Mare Mortuum» para los migrantes

Durante su visita al centro de acogida de la isla griega de Lesbos, Francisco lamenta lo «poco» que ha cambiado la situación respecto a su viaje anterior hace cinco años

DARIO MENOR Corresponsal en Roma

No se entiende el pontificado de Jorge Mario Bergoglio sin su preocupación por los migrantes, refugiados y desplazados. Lo demostró eligiendo para su primer viaje como papa la isla italiana de Lampedusa, situada en el centro del Mediterráneo y donde clamó en 2013 contra la «globalización de la indiferencia». Lo volvió a dejar claro este domingo al visitar por segunda vez Lesbos, la isla griega que es destino habitual para los desplazados que cruzan el Egeo para intentar llegar a Europa.

En este pequeño territorio situado a 10 kilómetros de las costas turcas, donde ya estuvo en 2016, trató una vez más de sacudir las conciencias de los europeos al advertir que el Mediterráneo corre el riesgo de convertirse en «un espejo de muerte» y «un frío cementerio sin lágrimas» por las muertes de los migrantes que se ahogan en sus aguas cuando tratan de alcanzar una vida mejor.

«¡No dejemos que el Mare Nostrum se convierta en un desolador Mare Mortuum, ni que este lugar de encuentro se vuelva un escenario de conflictos! Les suplico: ¡detengamos este naufragio de la civilización!», dijo el Pontífice en el campo de acogida de refugiados de Kara Tepe, donde saludó y escuchó el conmovedor testimonio de varios desplazados. Francisco estuvo acompañado por la presidenta griega, Katerina Sakelaropulu, así como por varios representantes de los refugiados y de los cooperantes.

Aunque estuvo poco más de dos horas en Lesbos, a Bergoglio no le faltó tiempo para mostrar con imágenes y con palabras su preocupación por cómo la Unión Europea en particular y los países ricos en general responden al desafío migratorio. Invitó a poner fin a «la construcción de muros» y al uso del «alambre de espino», al tiempo que agradecía a la población y a las autoridades griegas su acogida a los extranjeros mientras en el resto del continente muchas naciones miran hacia otro lado.

«Debemos admitir amargamente que este país, como otros, sufre una gran presión, y que en Europa hay quien persiste en tratar el problema como un asunto que no le incumbe», criticó el Papa, reconociendo además lo «triste» que a su juicio resulta escuchar que se usan fondos comunes de la UE «como solución para construir muros».

Consciente del interés con que se iban a escuchar en todo el continente sus palabras en Lesbos, Francisco se preguntó en alto sobre cómo ha cambiado la situación de la isla y del drama de la inmigración en los cinco años que han pasado desde su visita anterior. Su respuesta fue clara: «poco». Aunque reconoció el compromiso de algunos «en la acogida y la integración», siguen multiplicándose los casos de «condiciones indignas» para estas personas. «¡Cuántos puntos críticos donde los migrantes y refugiados viven en situaciones límite, sin vislumbrar soluciones en el horizonte!», dijo.

No faltó en su discurso un punto de autocrítica para los creyentes cuando denunció la «ofensa a Dios» que supone dejar a los desplazados «a merced de las olas, en la marea de la indiferencia, a veces justificada incluso en nombre de presuntos valores cristianos».