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El Museo Nacional, en Bagdad, recorre las épocas sumeria, acadia, asiria, babilónica e islámica de Irak. M. Ayestaran
Entre el olvido y la nostalgia de Sadam

Entre el olvido y la nostalgia de Sadam

«Antes teníamos un ladrón y ahora mil», lamentan los iraquíes en un aniversario de la invasión que este lunes pasó inadvertido

Mikel Ayestaran

Enviado especial. Bagdad

Lunes, 20 de marzo 2023, 19:53

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«¿Qué día es hoy? ¿El comienzo de la primavera?», pregunta Naiel Al Abbas cuando se le cuestiona sobre el 20 de marzo. Este guía del Museo Nacional de 30 años no tiene un hueco libre en la agenda. Los turistas han vuelto a Bagdad, las escuelas han reactivado el programa de visitas al museo y las delegaciones internacionales que viajan al país también quieren ver esta galería que cumple cien años. La invasión estadounidense fue un desastre más para el patrimonio iraquí ya que Washington nunca tuvo un plan de protección del patrimonio. Miles y miles de piezas volaron de los yacimientos de Irak y las imágenes del Museo Nacional arrasado dieron la vuelta al mundo.

Los niños de ocho colegios esperan su turno en los jardines exteriores donde corren, cantan y juegan hasta que les llega el turno. Después, guiados por los profesores y los acompañantes del museo, recorren las salas que recogen las épocas sumeria, acadia, asiria, babilónica e islámica de esta nación milenaria. Irak ha podido recuperar algunos de los tesoros robados, el más importante hasta ahora ha sido la tabla de Gilgamesh, una tablilla cuneiforme de 3.500 años que narra una de las primeras epopeyas de la historia y que se vendió en Estados Unidos por 1,7 millones de euros.

La pequeña tablilla de 15 centímetros de largo y 13 de ancho, sin embargo, no puede competir en popularidad con los grandes toros alados asirios frente a los que no hay estudiante que no se haga un selfie. «¡No se puede grabar! ¡No se puede hacer vídeo!», repiten unos guardias desbordados por esta generación nativa del Instagram, Snapchat y otras aplicaciones de la imagen.

Dos kilómetros de distancia separan el Museo Nacional de la calle Al Mutanabi, sede del mercado de libros más antiguo de la ciudad. La mejora de la seguridad permite ahora moverse en taxis de la calle, el problema es que, aunque se han levantado los puestos de control, los atascos son eternos y es imposible calcular el tiempo. Los dos kilómetros de distancia suponen una hora de trayecto debido al colapso en el puente de los Mártires sobre el Tigris. «Hay seguridad y se ha disparado la venta de coches, hay tres o cuatro por familia y las carreteras de la ciudad, sobre todo en esta parte antigua, son estrechas», explica Ali, joven taxista cuya conducción al volante de un Samand iraní es un estrés constante en el que debe ir ganando metro a metro entre el magma de vehículos.

Al Mutanabi es una pequeña calle peatonal que desemboca en el río. El recorrido se desarrolla por el camino central que dejan los puestos de venta de libros. Aquí se repite la sorpresa del Museo cuando se pregunta por el aniversario de la invasión. Imán, estudiante de Farmacia de 22 años, dice que «tenía solo 2 años, mis primeros recuerdos son de la guerra sectaria, con cadáveres tirados en mi barrio y Bagdad dividido por sectas. Menos mal que eso es pasado y que ahora todo ha cambiado, esta es una ciudad segura».

«Dolor y destrucción»

Entre los libros a la venta hay secciones dedicadas a dictadores como Hitler, Stalin o Sadam Husein. Para Ali Zubeiri, librero de 70 años, el día de la invasión fue «un día de dolor y destrucción. Es cierto que nos alegramos cuando vimos desaparecer a Sadam, caer sus estatuas, pero lo que ha venido después, este caos de corrupción, es peor que Sadam. Antes teníamos un ladrón, ahora mil».

La siguiente parada del día es el distrito de Waziriyah, un lugar alejado del centro en el que la pintora Wijdan Al Majed ha dado un giro radical al aspecto de las calles con murales gigantes de Picasso, la Madre Teresa, el poeta Muzzafar Al Nawab o la arquitecta Zaha Hadid.

La invasión de 2003 transformó unas calles en las que antes solo se veía a Sadam y pasaron a estar repletas de imágenes de los líderes chiíes, secta del Islam mayoritaria en el país, pero esto también está cambiando. «Esta ciudad es lo suficiente grande y caótica como para absorber estos cambios, yo he querido abrir la mente de los ciudadanos con estas figuras mundiales e iraquíes», apunta la artista, cuyo estudio está a unos minutos de los murales. Se trató de un encargo del antiguo alcalde, pero desde su salida del cargo ya no le han llegado nuevos pedidos para seguir llenando de color y de rostros interesantes la ciudad.

Wijdan vive de la pintura y se dedica a los retratos. Las embajadas le contratan para tener cuadros de sus líderes y en su teléfono conserva las fotos de sus trabajos sobre Vladímir Putin, Jomeini u otros representantes extranjeros. En este aniversario mira al pasado y se acuerda de Sadam, «que nos guste o no es historia de Irak y gobernó durante 24 años, por eso y porque estos gobiernos no funcionan, hay gente que le añora». Durante su época de estudiante de Bellas Artes, en plena dictadura, nunca le mandaron retratar al presidente. Solo lo hizo una vez y fue después del 20 de marzo de 2003, cuando Bush ordenó lanzar la invasión. Un retrato en acuarela que guarda escondido entre un mar de caras, un trabajo realizado por la rabia de sufrir una invasión extranjera.

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