El presidente ruso, Vladimir Putin, pronuncia un discurso el pasado viernes durante un mitin en la Plaza Roja de Moscú, celebrando la admisión de las cuatro regiones en Rusia. / reuters

Occidente vive el síndrome de la guerra nuclear

Los descalabros en el frente y la presión interna y externa sobre Putin generan incertidumbre en una sociedad en la que desde EE UU hasta Francisco I han pedido hoy que se frene la «espiral» atómica

MIGUEL PÉREZ

La incertidumbre sobre los siguientes pasos del presidente Vladímir Putin tras el nuevo desastre militar en el frente del Donbás mantienen en vilo a la comunidad internacional, especialmente después de que un colaborador central del Kremlin en esta guerra, el líder checheno Kadirov, haya solicitado el uso de «armas nucleares de baja intensidad» para cambiar el curso de la batalla. Algunos blogueros ultranacionalistas favorables a la invasión también han publicado artículos en el mismo sentido. Occidente, mientras tanto, tiene cada vez más claro que una escalada de este nivel abriría la puerta a la Tercera Guerra Mundial.

Estados Unidos, a través de distintos miembros de la Casa Blanca, ya ha hecho saber a Moscú las duras consecuencias que tendría hacer caso a las voces que piden una miniofensiva atómica. Putin se sabe también más solo cada día. Al rechazo mayoritario internacional a la anexión de Lugansk, Donetsk, Zaporiyia y Jersón, se ha unido esta mañana el de los líderes de la República Checa, Estonia, Letonia, Lituania, Macedonia del Norte, Montenegro, Polonia, Rumania y Eslovaquia, que en un comunicado consideran las acciones de Rusia como una «violación flagrante del derecho internacional. Incluso el Papa, de una manera excepcional en sus misas dominicales, ha apelado hoy directamente al presidente ruso para que «detenga esta espiral de violencia y muerte» por el bien de la humanidad y de los rusos. Francisco I cree que ha aumentado «el riesgo de una escalada nuclear» y tampoco ha querido dejar fuera de su discurso al presidente de Ucrania, Volódimir Zelenski, a quien ha emplazado a «estar abierto a propuestas serias de paz».

Precisamente, la ausencia de voluntad de Putin y Zelenski para negociar el final de la guerra, salvo que la parte contraria asuma condiciones que ellos mismos consideran inadmisibles, unido a los acontecimientos de este fin de semana, las anexiones y la continuidad de los descalabros de Rusia en el frente, son síntomas para algunos expertos militares de una fuerte subida de temperatura que únicamente puede conducir a escenarios peores. Porque si en algo parecen coincidir los gobiernos occidentales es que el mundo vive un momento de tensión atómicoparecido o incluso superior al de la crisis de los misiles en Cuba de 1962.

Sin embargo, otros analistas ven difícil que el Kremlin pueda llevar a cabo un ataque nuclear sin que Estados Unidos fuera consciente de ello, incluso si usara un arma táctica pequeña como los famosos misiles balísticos Iskander. Los preparativos son tan evidentes que resultaría casi imposible que pasasen inadvertidos ante los sistemas de vigilancia y contravigilancia dispuestos por las dos potencias. El Instituto de Investigación sobre Desarme de la ONU en Ginebra dibujó en 2017 un mapa de 47 lugares de almacenamiento nuclear en toda Rusia, informa AFP, que los satélites de inteligencia de EE UU y otros países aliados vigilan de modo constante. «Confío en que Estados Unidos percibiría la preparación rusa para el uso de armas nucleares», ha señalado a la agencia AFP Mark Cancian, exfuncionario que forma parte del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington.

Poseidón, el arma del Apocalipsis

Como prueba de ese control, pero también de la incertidumbre y los miedos de este momento, la OTAN ha alertado a sus aliados de la movilización del submarino nuclear ruso 'K-329 Belgorod', que ahora mismo estaría navegando por aguas del Ártico. Así lo ha informado este domingo el diario italiano 'La Repubblica', que advierte que el buque equipa el proyectil Poseidón, también conocido como el arma del Apocalipsis, un supoertorpedo nuclear capaz de desplazarse hasta 10.000 kilómetros bajo el agua una vez disparado. Pese a su espectacular presentación como el arma definitiva, los expertos nucleares sostienen que los misiles intercontinentales almacenados desde hace décadas por Rusia pueden conseguir una devastación parecida.

Mientras Occidente escruta Moscú, Zelenski ha festejado de nuevo esta mañana la operación militar de desalojo de Liman. En su discurso matinal a la población, el presidente ucraniano ha dicho que la ciudad y su entorno se encuentran «completamente liberados». Anoche anunció también que en esta semana entrante «ondearán nuevas banderas ucranianas sobre el Donbás», convencido de que las tropas seguirán haciendo retroceder a los invasores.

Poco ha durado en el Kremlin la alegría por la anexión de las regiones ocupadas de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. El Ejército ucraniano entró a primeras horas de la tarde de este sábado en Liman, una localidad perteneciente al óblast de Donetsk y lindante con Lugansk que contiene un gran valor militar debido a su condición de nudo de comunicaciones y a su ubicación estratégica dentro del Donbás invadido. La reconquista se produjo menos de veintiséis horas después de que el presidente Vladímir Putin firmase en una ceremonia solemne en el Kremlin los decretos de adhesión de las cuatro regiones de Ucrania para formalizar su regreso a la «patria histórica». La absorción ha sido ratificada hoy por el Tribunal Constitucional ruso y entre este lunes y el martes serán aprobada por las dos cámaras parlamentarias. Una vez hecho, los ucranianos que viven en estos territorios pasarán a convertirse en ciudadanos rusos.

La recuperación militar de Liman se produjo de la manera más bochornosa posible para Moscú en estos momentos de euforia. Los ucranianos lograron cercar a unos 5.000 soldados rusos y rebeldes separatistas acantonados en la ciudad en poco más de una madrugada. Este sábado por la mañana les pusieron incluso unas grabaciones donde una voz femenina les instaba a rendirse por los altavoces.

Embolsados, abatidos hasta el extremo de pedir la retirada a sus mandos y a punto de verse sometidos a un intenso fuego desde tres direcciones diferentes, el Ministerio de Defensa ordenó finalmente a sus tropas que dejaran el enclave. Toda la fuerza que Putin pretendía conseguir para justificar la invasión con las anexiones -repudiadas por la mayoría de los países occidentales y no reconocidas ni por Turquía, que brega en favor de unas conversaciones de paz y este sábado las rechazó por contravenir el Derecho Internacional- se agotó en una carrera donde lo importante era salvar la vida.

Desde el viernes los ucranianos llevaron a cabo una envolvente que les permitió rodear la localidad y bloquear todos sus accesos. El propio Denis Pushilin, jefe de la autoproclamada república de Donestk, mencionó esta pinza una vez terminados los discursos de Putin en el Kremlin y en la Plaza Roja con motivo de la firma de los decretos. Pushilin admitió que la operación militar era «preocupante» y un mal broche a las anexiones. Durante la madrugada Moscú lanzó intensos bombardeos contra las unidades rivales pero no pudo romper el cierre. Se había consumado el mayor asedio sufrido por el Ejército ruso desde el inicio de la guerra

Su portavoz, el general Igor Konashenkov, confirmó a media tarde del sábado la retirada. «Dado que existía una amenaza de cerco, las tropas aliadas fueron retiradas del asentamiento hacia líneas más ventajosas». El mando ruso admitió que «las unidades ucranias tenían superioridad tanto de hombres como de armamento», pese a que el fuego artillero de la madrugada había causado cientos de bajas y destruido un buen número de tanques y blindados de dos brigadas mecanizadas.

La tensión alcanzó momentos indescriptibles. El gobernador ucraniano de Lugansk, Serhii Haidai, relató que los ocupantes llegaron a pedir una salida segura, pero los kievitas les respondieron que sus únicas posibilidades consistían en romper el cerco, «rendirse o morir». Al final, los rusos optaron por la primera y huyeron a sangre y fuego. Más tarde, dos soldados ucranianos fijaron la bandera nacional al cartel de entrada a Liman.

La victoria «abre paso hacia la liberación del Donbás. Psicológicamente resulta muy valioso», destacó el portavoz del Grupo Oriental de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Serhii Cherevatyi. Esta es su segunda gran victoria tras la caída del frente ruso en Járkov hace tres semanas. La conquista de Liman priva a los invasores de uno de sus grandes centros logísticos, una pérdida trascendental en un ejército que necesita abastecerse para defender mil kilómetros de frontera.

Además, allana el camino de Ucrania hacia dos ciudades estratégicas del óblast de Lugansk: Kreminna y Severodonetsk. No obstante, el Instituto de la Guerra de EE UU ha pronósticado que Rusia construirá ahora una nueva línea defensiva para dificultar que las fuerzas locales puedan maniobrar desde allí pensando en una eventual incursión en la región.

Se trata, si cabe, de una las mayores humillaciones del presidente ruso desde el comienzo de la guerra. No solo porque lastra su último desafío a Occidente presentado a todo lujo hace dos días, sino porque se trata de la primera conquista de Ucrania de un pedazo de territorio que el propio Putin había jurado horas antes que nunca sería devuelto a Kiev.

El peor escenario

Pero el mandatario se enfrenta a preocupaciones mayores. El descalabro enardecerá previsiblemente las críticas a la invasión y las manifiestas incapacidades del Kremlin conduciendo al presidente a un laberinto de difícil salida. El líder checheno Kadirov tardó este sábado apenas unos minutos en condenar el «nepotismo» del Ejército ruso y arrojar a Putin el peor desafío posible: «Hay que tomar medidas más drásticas, hasta la declaración de la ley marcial en las zonas fronterizas y el uso de armas nucleares de baja potencia». Aunque la amenaza atómica es un elemento recurrente en la dialéctica reciente del jefe del Kremlin, nunca antes un líder militar la ha puesto en serio sobre la mesa.

El último fiasco ensombrece aún más la misión rusa, pese a haberse anexionado un nada desdeñable 15% de Ucrania, equivalente a la superficie de Portugal. El mantenimiento del Donbás ocupado se está convirtiendo en un esfuerzo titánico y una hemorragia de sangre. Distintos observadores han recogido el desánimo de los primeros reservistas enviados al campo de batalla: más allá del efecto psicológico de verse en la línea de fuego, la desmoralización cunde por la falta de suministros, medicinas y equipamientos. El aluvión de hombres movilizados -300.000 en total- ha hecho esfumarse las reservas de uniformes e incluso resulta complicado encontrar pertrechos en los comercios de ropa militar. Algunos soldados ya están acudiendo al combate con ropas de camuflaje de pescador.

El Kremlin aplaza la llamada a filas por el colapso de los centros de reclutamiento

El presidente ruso, Vladímir Putin, ha aplazado un mes la llamada a filas para los jóvenes que deben cumplir el servicio militar debido a la saturación de los centros de reclutamiento. La movilización parcial de unos 300.000 reservistas para dirigirse al frente en Ucrania ha colapsado la mayoría de estas oficinas y provocado problemas de suministro de equipamientos a los soldados. «Para no agravar aún más esa congestión, se ha tomado esa decisión», dijo este sábado Dmitri Peskov, portavoz de la Presidencia. El Ministerio de Defensa ha llamado a filas a 120.000 ciudadanos de entre 18 y 27 años, que comenzarán el servicio obligatorio el 1 de noviembre en vez del primero de octubre, como es tradición en el país.

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