El príncipe Andrés camina junto a su madre en una imagen de archivo realizada en Ascot. / EFE

El momento de limpiar la Corona

Carlos III tendrá que lidiar con el daño causado a la Casa Real por el duque de York y su relación con el 'caso Epstein'

ÓSCAR B. DE OTÁLORA

Uno de los cadáveres en el armario que hereda Carlos III es el futuro del príncipe Andrés, el miembro de la Casa Real que se vio implicado en el escándalo sexual del magnate Jerry Epstein y cuya imagen es sinónimo de ignominia. El reto del nuevo rey británico, al que también se enfrentan otras monarquías europeas, incluida la española, es cómo mejorar la imagen de la Corona en un momento en el que la exigencia social ya no perdona comportamientos que en otro tiempo fueron tolerados. Y además, en una época en la que el escrutinio sobre los palacios ya no se realiza con lupa sino con un microscopio de precisión.

Felipe VI ya verbalizó este desafío de las monarquías en abril de este año, en el comunicado en el que hizo público su patrimonio. En ese texto afirmó que recorría el «camino de la modernización» de la Corona «para hacerla merecedora del respeto y la confianza de los ciudadanos bajo los principios de ejemplaridad, transparencia, rectitud e integridad de sus comportamientos». El comportamiento del príncipe Andrés, y por extensión de la Casa Real británica, se halla muy lejos de estos principios.

Andrés, duque de York, está implicado en uno de los mayores escándalos de la 'jet set' mundial de comienzos de este siglo. Fue acusado de utilizar la red de prostitución de menores tejida por el magnate norteamericano Jerry Epstein y su socia, Ghislaine Maxwell. El príncipe fue procesado en Estados Unidos después de que Virginia Giuffre explicara en los juzgados las relaciones sexuales que mantuvo con el hermano del nuevo monarca cuando ella tenía 17 años y había sido abducida por Epstein. El suicidio del multimillonario proxeneta de lujo en la cárcel no cerró un proceso que se estaba convirtiendo en una daga envenenada que apuntaba al corazón de la Casa Real británica.

Andrés, tras haber asegurado en público que jamás había conocido a Virginia Guiffre, tuvo que humillarse. En febrero de este año se hizo público que había alcanzado un acuerdo extrajudicial con la joven para cerrar el caso. Aunque los términos del pacto son secretos, los medios británicos publicaron que el príncipe desembolsó 14 millones de euros para evitar un juicio que habría sacado a la luz sus miserias el mismo año en el que Isabel II celebraba su jubileo.

En todo caso, ese convenio extrajudicial no evitó el desgaste de la familia real. En primer lugar, porque no se ha explicado de dónde salió el dinero para silenciar a la víctima y varios periódicos publicaron que los pagó la reina para proteger así al que había sido su hijo favorito. Además, el veredicto de los medios de comunicación fue tajante. «Andrés tendrá que vivir su retiro en la ignominia», señaló el diario 'The Sun'. Yla cadena pública BBC acusó al descendiente real de «pagar en lugar de limpiar su nombre».

Para entonces, al príncipe le habían suprimido ya sus cargos militares –llegó a participar como piloto en la guerra de las Malvinas, en 1982–, así como los nombramientos en instituciones dependientes de la Casa Real. El título de Alteza Real también lo perdió. El duque de York ya estaba retirado de la vida pública y con su decisión, Buckingham le apartó del escenario de forma definitiva. Sin embargo, su sombra sigue siendo tóxica.

El fin de un ducado

La Casa Real española, en este sentido, se ha mostrado más proactiva a la hora de alejarse de la contaminación que supone para su futuro la relación con actitudes poco edificantes. Es lo que sucedió cuando salieron a la luz los escándalos del entonces duque de Palma, Iñaki Urdangarin, ahora exmarido de la Infanta Cristina. En 2011, días antes de su imputación por apropiarse del dinero del Instituto Noos, la Casa Real hizo pública la decisión de apartarle de todos los actos públicos. En 2015, Felipe VI retiró el ducado de Palma a su hermana, una decisión que impedía a Urdangarín –que ostentaba el título como consorte– volver a emplear esa denominación.

La Zarzuela también ha tenido que gestionar la situación del Rey emérito, retirado en Abu Dabi desde hace dos años tras verse salpicado por distintos escándalos. Tras su polémica visita en mayo a las regatas de Sanxenxo, Juan Carlos I y Felipe VI celebraron una larga reunión en la que el primero se comprometió a envolverse en la discreción.

Pero otras monarquías europeas también se enfrentan a escándalos que deterioran su legitimidad ante la sociedad que deben representar. Dentro de las casas reales europeas, se dan casos como el de Bélgica, cuyo rey, Felipe, tiene problemas para controlar a su hermano menor, Laurent. El propio Gobierno belga llegó a amenazar al hijo pequeño del rey Alberto –quien una vez que abdicó de la corona reconoció a una hija nacida fuera del matrimonio– con retirarle parte de su estipendio anual si continúa jugando con fuego al tomar decisiones como asistir a eventos del Ejército chino en contra del criterio del Ejecutivo.

En Dinamarca, el escándalo llegó de la mano del propio marido de la reina Margarita, el exdiplomático francés Enrique de Laborde de Monpezat, rebautizado como Henrik tras su boda real. Fallecido en febrero de 2018, se quejó continuamente de no haber recibir el título de rey consorte, sino el de príncipe. Esta circunstancia le llevó a mostrar su deseo de no ser enterrado junto a su esposa. El príncipe llegó a decir en público: «La reina me toma por tonto» o «me hacen menos caso que al gato».

En Noruega, los problemas han surgido de la princesa Marta Luisa, cuarta en la línea de sucesión al trono. La joven estuvo casada con Ari Behn, un polémico escritor que se quitó la vida en diciembre de 2019. Marta Luisa se había divorciado de él en 2016 y ahora ha anunciado su compromiso con el chamán afroamericano Durek Verret.