Evolución de la ocupación rusa en Ucrania. / G. de las Heras

La difícil resistencia del frente ruso

Los expertos destacan las conquistas, pero creen que la guerra depende del equilibrio final de fuerzas entre Moscú y Kiev

MIGUEL PÉREZ

Los últimos acontecimientos en el Donbás dan la razón a los análisis occidentales que en junio pronosticaban un giro de la guerra favorable a Ucrania. Cabe recordar que, por aquel entonces, el Ejército ruso vivía la euforia militar que hoy muestran sus rivales. Sus unidades tomaban la región de Lugansk al completo e incluso forzaban a las tropas ucranianas a retirarse en desbandada de ciudades tan estratégicas como Severodonetsk y Lisichansk, además de culminar el tristemente célebre asedio a la planta de Azovstal que desembocó en la toma de Mariúpol.

Sin embargo, los analistas vieron en el repliegue urgente de Ucrania, con un número indeterminado de muertos, fuego de artillería y blindados destruidos, un factor que a la postre ha ayudado a consolidar su actual contragolpe en Járkov y la avanzadilla en Lugansk. Advertían que, al ritmo de la invasión, el Ejército ruso se encontraría al cabo de semanas o unos pocos meses (menos de tres exactamente) abocado al agotamiento. Sin fuerzas humanas y reservas armamentísticas suficientes como para mantener el avance. Y con una enorme mochila a la espalda. Lo lógico en cualquier estrategia bélica: estaba destinado a un parón para poder defender lo ya conquistado.

Mientras, Kiev, que en junio había gastado casi todo su arsenal heredado de la antigua Unión Soviética, ha aprovechado el verano para reagruparse y reordenar sus prioridades. Y lo más importante: rearmarse con las sofisticadas armas y los sistemas de inteligencia enviados por Estados Unidos y sus aliados.

Entre Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, Moscú controla 92.000 kilómetros cuadrados de territorio de Ucrania. El proceso administrativo de su anexión, no reconocida por la mayoría de la comunidad internacional, concluyó ayer en el Parlamento ruso. La paradoja es que, respecto a la primigenia franja en conflicto desde 2014, la actual es casi cuatro veces mayor. Supera con creces los enclaves prorrusos en litigio del Donbás hasta extenderse a Crimea. Para Moscú, su valor es muy alto: conecta esta península anexionada hace nueve años con el resto de Rusia, le hace ganar el dominio del mar de Azov y uno de los núcleos industriales más importantes de Ucrania. Pero, además, da a las autoridades rusas la capacidad de control sobre buena parte del Dnieper y la seguridad de que Kiev nunca podría maniobrar para provocar sequías en Crimea. El canal del norte que une este río con los campos de la península llevaba ocho años bloqueado, hasta el pasado abril.

Militarmente, todo esto tiene su costo. La superficie invadida obliga a defender mil kilómetros de nueva frontera. Al Kremlin le lastra de cara a perseverar en la ofensiva y le genera problemas para evitar agujeros, como el de este fin de semana en Liman, puerta de acceso al Lugansk donde las últimas estimaciones consideran que el Ejército de Kiev ha avanzado ya una veintena de kilómetros. Algunos analistas hablan de la teoría de la goma: cuanto más se estira la línea del frente, más se debilita. Ahora aguarda armas y la movilización paulatina de los 300.000 reservistas prometida por el Kremlin. Los blogs rusos especializados calculan, sin embargo, que proteger una divisoria tan extensa necesita al menos de medio millón de soldados bien entrenados y pertrechados.

En Liman, mientras tanto, las fuerzas de seguridad ucranianas recogen los cadáveres de los combatientes asesinados durante el cerco en bolsas negras. Calculan que, tras la retirada a tiros de los rusos, todavía puede haber militares escondidos o desorientados en los campos que perderán la vida al pisar las minas que cubren densamente la zona. La vida es efímera incluso después de huir.

¿Derrota definitiva?

Las banderas rusas han quedado reducidas a cenizas delante de los edificios oficiales de la ciudad. Del Ayuntamiento de Liman han volado mapas y documentos estratégicos de los ocupantes, pero quedan otros papeles, como el que prometía a los vecinos la construcción de dos urbanizaciones a cargo de las arcas rusas para sustituir todas las viviendas que han quedado arrasadas. Los habitantes han perdido una promesa, pero Moscú se ha quedado sin un centro logístico y un emplazamiento artillero de primer orden para su salvaguarda de Lugansk.

¿Supone este giro el anticipo de una derrota definitiva de los invasores? Nadie lo sabe, pero siguiendo las predicciones de los analistas y la cautela de EE UU, resulta aún quimérico. Si bien estos cambios de control territorial son importantes para establecer posiciones de fuerza y mantener alta la moral de la tropa, todavía son muy reducidos respecto al área de exclusión total y quedan al albur de contragolpes. En realidad es más importante el equilibrio de fuerzas entre los dos ejércitos, dicen los estrategas. Si las capacidades de ambos se igualan, cabe una pausa de aquí a finales de año para consolidarse y rearmarse, sobre todo cuando Putin y Zelenski se han ocupado de cerrar el camino a una vía diplomática; el primero con el decreto de anexiones y el segundo con la orden ratificada ayer de no sentarse a una mesa de negociación.

En el campo de batalla, se sabe que Rusia está perdiendo un gran número de soldados, pero nada se conoce de las bajas reales entre las fuerzas ucranianas, ya que su Gobierno ni informa ni permite difundir ese dato, ni tampoco los servicios de Inteligencia extranjeros están interesados en perjudicar la imagen de intangibilidad de su Ejército.

Lo que sí parece más claro es que la capacidad armamentística, formativa y de inteligencia pesa mucho a favor de Ucrania, sobre todo después de las garantías de rearme continuo obtenidas desde Estados Unidos. Kiev y Moscú coquetean con el colapso. Están disparando un número de misiles y proyectiles de artillería tan alto que es imposible de mantener a largo plazo sin ayuda exterior. Nada está escrito. Ni siquiera si Putin utilizará un arma nuclear de baja intensidad. Llega el invierno. Y de mantenerse la actual reescritura de equilibrios, hay militares que aventuran para principios de 2023 el regreso de la guerra a la defensa del Donbás y Crimea por parte de Rusia. Como antes de la invasión. Pero con cientos de miles de vidas destruidas.