Interior del campamento de la isla griega de Lesbos, en el que la mayoría de los migrantes son de origen afgano. / jaime garcía

Un año de la crisis humanitaria

Regreso al campamento de Lesbos

Un año después de su creación, en el asentamiento sólo viven 3.000 migrantes -llegó a haber el triple- y en mejores condiciones, pero la férrea seguridad y el aislamiento impuestos por el gobierno griego dificultan la labor solidaria de las ONG

F. J. CALERO

En el centro temporal de recepción Lesbos RIC, en la tercera isla más grande Grecia, a tan solo 30 kilómetros de las visibles costas turcas, el oleaje golpea la orilla en la que empieza el campamento. Levantado en septiembre de 2020 para acoger, entre otros, a los migrantes varados tras el incendio del infame campamento de Moria, el también conocido como Mavrovouni es de facto el único centro de detención, tal y como lo describen las ONG, que queda en pie en Lesbos. En este antiguo campo de tiro, la presencia militar y policial es evidente. «¿Qué narices hacéis aquí?, ¿quién os ha dado permiso para hacer fotos?», nos gritan en inglés unos policías antes de entrar en el centro. Uno de los agentes, visiblemente alterado, nos exige la documentación. Tenemos permiso del Ministerio de Migraciones para entrar, pero los gritos no cejan. Lesbos RIC es uno de los campamentos más opacos de la nueva hornada de centros para gestión de refugiados y migrantes en Grecia. Con la pandemia llegó el apagón informativo de los campamentos: existen, pero son contadas las organizaciones que pueden acceder. Apenas han entrado medios de comunicación y en internet no aparecen fotos de su interior, solo vistas aéreas.

Este incidente con los agentes de policía muestra el cambio de 180 grados del Gobierno del conservador Kyriakos Mitsotakis con respecto a su predecesor de la izquierda, Alexis Tsipras. Del descontrol y las puertas abiertas para las ONG y activistas griegos y extranjeros, periodistas y por supuesto mafias de la inmigración, la nueva administración griega ha cambiado -con ayuda europea- de fórmula: mejores condiciones para los solicitantes de asilo en los campamentos y trámites de expedientes exprés (hasta de dos semanas) a cambio de una mayor vigilancia, presencia policial y férreo control de entradas y salidas (únicamente puede salir una persona por familia durante dos horas, solo para cubrir necesidades básicas y no cada día) que varios observadores comparan con el que se sufre en las cárceles.

Una de las primeras víctimas de esa nueva estrategia griega han sido decenas de ONG que han visto sus permisos cancelados. Alrededor del recinto Lesbos RIC, merodean varios voluntarios. Una vez dentro, los responsables del campamento se ofrecen a guiarnos por los corredores y las secciones de Mavrovouni: «Pueden ver que el ambiente es tranquilo y la situación está controlada. No hay peleas ni cuchillos como tanto saca la prensa». El orden y la seguridad han llegado a la isla después del agujero de Moria.

Nada más entrar en Mavrovouni, frente a la caseta de control, decenas de solicitantes de asilo hacen cola para hacerse fotos y conseguir su correspondiente pasaporte azul griego o la protección subsidiaria, después de haber pasado con éxito los trámites y las entrevistas para el asilo.

En distintos idiomas

El campamento está dividido en cuatro secciones, señaladas también por varios postes que incluyen letreros con vocabulario en distintos idiomas (en la entrada de una se enseña la palabra 'conejo') para acotar las zonas de juego de los niños, ajenos al drama que viven sus padres: la azul, para los más vulnerables; la roja, para las familias; la amarilla, para los hombres solteros; y la verde, que linda con el mar y se ha deshabilitado ante el notable descenso de la población del campamento. Solo 3.000 personas, en su mayoría hombres -cerca de 950 menores-, viven en el campamento. Un 70% procede de Afganistán, un 10% de Somalia y un 6% de República Democrática del Congo. Hace un año, la cifra de personas en el campamento era el triple, según las autoridades.

En las últimas semanas, el campamento apenas ha recibido nuevas llegadas y los que entran suelen ser de África subsahariana. De momento no se atisba la temida ola de afganos tras la llegada de los talibanes al poder hace dos meses (la mayoría de los que residen ya habían llegado a la isla). A la entrada del centro se encuentra la sección sanitaria, gestionada por el Estado griego en colaboración con las ONG, que evalúa a la población más vulnerable. A los nuevos se les aísla en la zona de cuarentena, que actualmente ocupan 14 personas. Muchos se están vacunando, en un proceso voluntario para los residentes del campo.

JAIME GARCÍA

«¡Hola! A las dos voy a conseguir mi pasaporte. ¡Es un día estupendo!», celebra Mohamed, un joven somalí en bicicleta. Menos alegre se muestra Kamel (29 años), solicitante de asilo que trabajaba de decorador en bodas en Camerún, país que abandonó por su condición de gay, orientación sexual perseguida en su país con penas de entre seis meses y cinco años de prisión. Dice no tener familia. Está solo en su nueva vida en Europa. Llegó por mar desde Turquía «en un viaje muy peligroso». Precisamente, esta semana han muerto tres niños y una mujer que iban a bordo de un bote naufragado al este de la isla de Quíos, en el mar Egeo.

En el campamento cuentan con servicio de comida, asistencia sanitaria, una biblioteca, clases de inglés, griego y matemáticas, zonas de rezo y por supuesto wifi y asesoramiento legal gratuito. Cuando visitamos el centro, se había detenido la ayuda económica directa a los solicitantes de asilo en pleno traspaso de competencias de Acnur al Estado griego. Las ayudas oscilan entre 75 euros para una persona en un alojamiento proporcionado por el gobierno con comida incluida hasta 420 euros para una familia de cuatro o más que reside en un alojamiento con cocina propia.

El campamento de Mavrovouni tiene fecha de caducidad: es temporal a la espera de construir el nuevo campamento de Lesbos, previsto para finales de 2022 y que seguirá los patrones del de la isla de Samos, inaugurado en septiembre y que reemplaza al peor de todos los existentes en Grecia. Representa la nueva era: mejor calidad en los servicios prestados pero de alta seguridad, con concertinas y aislado de núcleos urbanos, comentan fuentes conocedoras del proceso de construcción, que se financiará completamente con fondos europeos y se levantará en medio del bosque en un paraje de la región de Vastria (a 45 minutos en coche de la capital de la isla). Era condición 'sine qua non' de las comunidades locales que el campo se encontrara aislado, lo que para los críticos supone un paso atrás en la integración.

«Desde Cáritas vemos varios problemas a la gestión actual de las llegadas del Gobierno: por un lado, con las tramitaciones exprés no se puede identificar correctamente las carencias; otro es el reconocimiento de Turquía como país seguro, por lo que las personas (procedentes de Siria, Afganistán, Pakistán, Bangladesh y Somalia) ya no podrán pedir asilo si llegan a través de territorio turco. No hay colaboración entre los dos países para las devoluciones», reconoce Maria Alverti, directora de Cáritas Hellas.

JAIME GARCÍA

Grecia niega devoluciones

Acnur ha documentado hasta 450 casos de devoluciones en caliente desde principios del pasado año, acusaciones que niega Grecia, que responsabiliza a Turquía de conducir masivamente a los migrantes para colapsar las islas helenas. Hace un mes, la comisaría europea de Interior, Ylva Johansson, dijo estar «extremadamente preocupada» por la información destapada por una investigación periodística sobre supuestas expulsiones violentas en Croacia y la propia Grecia.

Al contrario que los de la Grecia continental, claves para descongestionar las islas (donde se ha pasado en año y medio de 21.500 a solo 5.000 residentes), el centro de Lesbos es de recepción y detención -más parecido a los Centros de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) españoles- gestionados por Interior, lo que conlleva mayor presencia policial. «El incendio de Moria supuso una situación muy dramática que dio lugar a la petición de 'No más Morias'. Un año después, se han establecido campamentos cerca de Atenas que tienen mejores condiciones. Hemos visto que no eran tan tóxicos», describe la eurodiputada española Maite Pagazaurtundúa.

La política de la UE de recepción en los puntos de entrada, con la cooperación de los gobiernos griegos, ha convertido a Lesbos y las demás islas del Egeo «en miserables y peligrosos almacenes de almas», critica el eurodiputado comunista Kostas Papadakis (no inscrito), de la Delegación para UE-Turquía de la Eurocámara. Papadakis recuerda cómo el pasado año la tormenta 'Lanos' que azotó el país provocó que «los solicitantes de asilo que se alojaban allí se quedaran sin calefacción ni electricidad». Además, añade, la zona donde se ubica el campamento es un antiguo campo de tiro y los estudios han demostrado que existe una alta concentración de plomo, «lo que pone en peligro la vida y la salud de los bebés, niños e incluso mujeres embarazadas que se alojan en el campamento».

De vuelta a Mitilene, capital de la isla de Lesbos (114.800 habitantes), que se prepara para recibir al Papa Francisco entre finales de noviembre y principios de diciembre, pocos quieren hablar de la inmigración después de una década en la que han recibido decenas y hasta cientos de miles de llegadas en pocas semanas.

De ser símbolo de la solidaridad con la guerra de Siria y las llegadas masivas por Turquía, un lustro después los vecinos no quieren ni oír hablar de solicitantes de asilo merodeando por sus calles. Esa exigencia se ha hecho realidad. A las nueve de la mañana de un miércoles laborable no se ve a migrante alguno pese a que Mavrovouni se encuentra a apenas 15 minutos en coche. En cambio, sí que se hacen notar las patrullas del Ejército y las motocicletas policiales, que vigilan los parques, en búsqueda de alguien que haya podido dormir en los bancos. La inmigración es un tema tabú.

Pasaporte para no quedarse en Grecia

El Gobierno griego se jacta de que en la primera mitad de 2021 han llegado la mitad de migrantes que el pasado año, en plena pandemia. Y las ONG se quejan de que «su estrategia se centra en poner aún más obstáculos para que los que llegan no se queden en Grecia», explica Raquel Verdasco, del Servicio Jesuita de Refugiados. Pocos de los que llegan a Grecia quieren permanecer en el país. «En los campamentos no solo hay solicitantes de asilo», explica, «sino también personas rechazadas ya y quienes tienen estatus de refugiado».

«Están en un limbo: como refugiados reconocidos tienen los mismos derechos que los griegos, pero no conocen el idioma y por lo tanto no tienen opciones de obtener un trabajo. Muchos eligen seguir viviendo en los campamentos», agrega. Están en un callejón sin salida. Por ello, muchos descartan aprender griego y se centran en llegar a Alemania gracias a su nuevo pasaporte.