reuters

Las cenizas del granero del mundo

Las minas diseminadas en los campos ucranianos, el cierre de los puertos, la falta de mano de obra y la inflación castigan un sector agroalimentario vital para Occidente

ZIGOR ALDAMA Enviado especial. Kiev

Las interminables llanuras del centro de Ucrania tienen ahora un color ocre que se ve acentuado por el óxido de los tanques y vehículos militares destruidos que las salpican. Adentrarse en los campos tampoco es recomendable, porque en ellos se esconden minas antipersona, explosivos no detonados y, según las autoridades, también municiones de racimo que pueden amputar una pierna o un brazo. Pero los agricultores esperan que los llanos vayan adquiriendo pronto tonos verdes más esperanzadores, y que el amarillo explote en unos meses.

Ucrania es el granero de Europa, y la guerra ha provocado una disrupción agrícola y logística que se siente por todo el mundo. Sobre todo en el bolsillo de los consumidores. El país produce el 46% del aceite de girasol del mundo –por valor de 3.400 millones de dólares– y eso explica que escasee en los supermercados europeos, donde su precio se ha disparado. Por si fuese poco, Rusia aportaba otro 22% de la producción mundial –1.700 millones más– y las sanciones dificultan su distribución.

El problema no solo afecta al aceite. Ucrania exportó el año pasado productos agrícolas por un valor superior a los 27.000 millones de dólares, de los cuales la Unión Europea, su principal cliente, compró 7.600 millones. El mayor negocio está en el maíz, seguido a poca distancia por el aceite de girasol y el trigo. Todas son partidas de más de 5.000 millones de dólares y productos básicos que el bloqueo de los principales puertos del país –sobre todo el de Odesa– impiden sacar al exterior.

La puerta de salida al mar se encuentra en la zona de mayor conflicto, donde las tropas rusas concentran ahora su ofensiva. Para complicar aún más las cosas, el este del país también es el que concentra la mayor parte de la producción de aceite de girasol y de trigo. «Sin el puerto necesitaremos casi dos años para poder sacar la cosecha y distribuirla», comenta Oleksandr Khlan, propietario de una empresa de maquinaria agrícola que abastece a los principales productores del sector.

A estas dificultades se suman otras no menos importantes: «Unos cuatro millones de personas han salido del país y otros ocho millones se han tenido que desplazar internamente. Muchas son mujeres, que se encargan de labores administrativas. Mano de obra en el campo no falta tanta, pero sí para gestionar compras y permisos. Además, hay restricciones a la salida de divisas que afectan a las importaciones de maquinaria y de químicos», añade Khlan.

Alexei Valuyskiy señala el impacto añadido que tiene el encarecimiento de combustibles y fertilizantes, el negocio al que se dedica él. «Curiosamente, eso se debe en gran medida a las sanciones impuestas contra Rusia», analiza. Acaba de regresar a Kiev de un viaje de trabajo por Perú, donde se ha sorprendido por el descontento social que prende la inflación. «La gente empieza a echarse a las calles y esto podría ser solo el principio de protestas mucho más generalizadas», advierte.

Pero no todo es culpa de la invasión rusa. La estrategia de los agricultores ucranianos también se ha vuelto contra ellos. «Suelen guardar el grano hasta febrero o marzo para lograr mejores precios, pero con el estallido de la guerra ahora es imposible exportarlo». Nadia Mazun, administrativa en una empresa agroalimentaria, ahonda en ese problema: «La cosecha estaba vendida y pensábamos ya en la siguiente, pero la logística ha dejado de funcionar. Ahora los graneros están llenos y tememos no poder sacar el mismo rendimiento de la tierra».

Una inversión imposible

Aunque el almacenamiento no reviste un grave problema para el cereal o el aceite de girasol más allá de la falta de espacio para la siguiente cosecha, la imposibilidad de darles salida comercial sí que deja a los agricultores en una situación delicada. «Porque no tienen acceso al capital que necesitan para volver a sembrar y recolectar, lo cual requiere una inversión que no pueden afrontar», explica Khlan.

Irónicamente, esta coyuntura está provocando que los precios caigan dentro del país, el único en el que pueden vender sus productos. «Y es posible que continúen cayendo en el futuro. Pero como los precios de las semillas, los fertilizantes y los combustibles se han disparado, la situación puede acabar siendo insostenible», comenta Mustapaev Altinbek, director general de Zernová Baza, una empresa de molinos y de instalaciones de procesado y almacenamiento de harina de trigo.

Las complicaciones se alargarán independientemente de que la guerra acabe pronto. Lo que nadie sabe es cuánto. Altinbek espera que, si el grueso de la contienda se cierra para el 9 de mayo –el Día de la Victoria en Rusia–, como predicen algunos, en otoño se recupere cierta normalidad. «Al fin y al cabo, llevamos ocho años de guerra en el Donbás y hemos mantenido las exportaciones. Espero que esta vez sea igual aunque los combates allí perduren», argumenta.

Khlan es bastante menos optimista. «Creo que hay que prepararse para dos años de escasez y encarecimiento de los alimentos. La inflación va a ser global y no me extrañaría que alcanzase el 15% en países como España», vaticina. Eso sí, también prevé una reestructuración de la producción agrícola global como respuesta a esta circunstancia. «Saltarán al terreno de juego otros países, como Irán, Venezuela o Kazajistán», enumera.

Todos los entrevistados tienen la esperanza de que el mundo ayude a Ucrania a ganar esta guerra. «No poder adquirir semillas en nuestro país también va a afectar a las cosechas en otras zonas del mundo. Así que el efecto puede ser doble», alerta Altinbek.

«Las vidas de los rusos no se están viendo afectadas por las sanciones»

Pocos negocios viven un buen momento en Ucrania. El de Oleksandr Khlan es uno de ellos. Él importa sistemas de siembra directa que, utilizando nuevas tecnologías y productos agroquímicos de última generación, conservan mejor el suelo y aumentan su productividad. «Son más caros que los procesos tradicionales, pero con las dificultades actuales, los agricultores están más receptivos a adoptarlos», cuenta. Además, subraya que son importantes para combatir el cambio climático, «a crisis que seguirá ahí cuando la guerra acabe».

Algo parecido le sucede a Alexei Valuyskiy, que ahora se dedica al negocio de los fertilizantes nitrogenados. También va viento en popa debido a la necesidad de sustituir los procedentes de Rusia, el principal productor mundial. «Antes me dedicaba a vender armas ucranianas en Latinoamérica. Ahora somos nosotros quienes necesitamos armas de Occidente», confiesa. Quien controla las redes logísticas, disfruta de una gran ventaja sobre sus competidores, y ese es el caso de Valuyskiy.

Veto energético

Ambos señalan que las sanciones a Rusia están teniendo un efecto mucho más limitado del que los gobernantes occidentales quieren hacer creer. «El 70% de los rusos ni siquiera tienen pasaporte y sus vidas no se están viendo afectadas por sancionarles», señala Khlan, incidiendo en que la población rusa está acostumbrada a las dificultades y en que solo un embargo a los combustibles surtirá el efecto deseado, tal y como propugna el presidente Volodímir Zelenski.

«La clave está en la diversificación y en la apuesta por la autosuficiencia energética, que se logra a través de las renovables. Con ellas se matan dos pájaros de un tiro: se puede prescindir de los combustibles rusos y se da una solución a la crisis climática», sentencia Khlan.