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«Han bombardeado casas mientras estábamos durmiendo»

Los ucranianos se debaten entre el pánico y el valor. Unos huyen y otros acuden a los cuarteles para coger las armas

David S. Olabarri

Jueves, 24 de febrero 2022, 21:01

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Una fuerte explosión ha despertado de madrugada a Olexandr Zabigaylo. Oleksandr vive en el centro de Dnipro, la cuarta ciudad más grande de Ucrania con millón y medio de habitantes. El primer misil ha caído a varios kilómetros de su casa, pero se ha sentido en toda la ciudad. Después han impactado varios más en el aeropuerto y en las bases militares de la zona, convertida en la capital militar de Ucrania tras la guerra del Donbass. Dnipro, la antigua sede de la industria de misiles soviética, está a apenas dos o tres horas de la línea del frente. Es la ciudad más grande próxima a Donetsk. «Nos están invadiendo. Los tanques avanzan hacia aquí. Han bombardeado casas de viviendas de militares cuando dormían por la noche. Puede haber decenas de víctimas. Si no se les frena mañana pueden estar ya en Dnipro», advierte Oleksandr, de 50 años, casado y padre de un hijo.

Oleksandr es un hombre tranquilo y pacífico. Habla cinco idiomas y lo que más le gusta en el mundo es viajar. Durante las semanas previas al inicio de la guerra se esforzaba en hacer vida normal. Los enfrentamientos en el este de Ucrania con los separatistas prorusos duran ya 8 años -con 14.000 muertos- y este hombre, como la gran mayoría del país, había aprendido a vivir en la incertidumbre. Quería pensar que la amenaza de Rusia era sólo una maniobra intimidatoria. Hoy está «muy nervioso». Explica que la gente de momento no ha entrado en «pánico» en Dnipro. «Lo que está haciendo la población civil es prepararse para coger las armas. Nos vamos a defender», subraya. Lo que más miedo le da es la posibilidad de que se produzca un «desastre nuclear» ya que Ucrania tiene varias centrales activas y Putin «ya ha demostrado que es un psicópata».

Oleksandr es sólo un ejemplo del estado de shock en el que se encuentran ahora mismo decenas de millones de ucranianos. Los bombardeos rusos a bases militares, aeropuertos e incluso bloques de viviendas por todo el país suponen el inicio de la guerra abierta, el peor escenario posible. Casi todo el mundo en Ucrania se resistía a contemplar esta posibilidad. Todo ha cambiado. Ahora mismo hay miles de personas huyendo de Kiev, la capital, y de otras ciudades. También hay largas colas en las gasolineras, en los bancos y en los supermercados.

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Iryna Kutsenko tiene 28 años y vive en Vinnitsia, una ciudad de unos 370.000 habitantes, a dos horas de la capital. El primer proyectil ha caído en una base militar, a 25 kilómetros de su casa. La ola expansiva ha sacudido todo el edificio. Sus abuelos viven a unos 10 kilómetros de este cuartel y la explosión les ha dejado sin ventanas. Iryna está «muy preocupada». Pensaba salir del país la semana que viene en avión. Pero ahora parece imposible. Aún así ha preparado ya las maletas. Va a reunirse con sus familiares para decidir qué hacer. Posiblemente se refugien en una finca familiar. «La gente tiene mucho miedo».

«Resistencia» civil

No todos tienen miedo. En Kiev vive Irina Sergeeva, una madre de 3 hijos de 39 años que se ganaba la vida organizando eventos. Esta mujer es una de las coordinadoras de las denominadas Fuerzas de defensa del territorio, unos grupos de civiles entrenados por militares que surgieron hace unos años de forma extraoficial a raíz de la guerra del Donbass. Irina era de las que pensaba que la amenaza rusa era muy real y ya había enviado a sus hijos al extranjero. Hoy de madrugada le ha telefoneado un amigo para decirle que habían empezado los bombardeos. A las 8 de la mañana ha salido de casa, con el uniforme militar puesto, y se ha dirigido hacia la base de las Fuerzas de defensa del territorio, donde se ha reunido con otras decenas de civiles convertidos ahora en militares. Ella no piensa marcharse de Kiev. Va a luchar si es necesario. Allí espera ahora a recibir instrucciones.

Arroba. Primeros fallecidos. Un vecino de Chuguev, al este de Ucrania, tapa con una manta a una víctima de los ataques rusos. Debajo. Bombardeos. Un hombre herido en Járkov; y una familia camina a la frontera con Hungría.
Imagen principal - Arroba. Primeros fallecidos. Un vecino de Chuguev, al este de Ucrania, tapa con una manta a una víctima de los ataques rusos. Debajo. Bombardeos. Un hombre herido en Járkov; y una familia camina a la frontera con Hungría.
Imagen secundaria 1 - Arroba. Primeros fallecidos. Un vecino de Chuguev, al este de Ucrania, tapa con una manta a una víctima de los ataques rusos. Debajo. Bombardeos. Un hombre herido en Járkov; y una familia camina a la frontera con Hungría.
Imagen secundaria 2 - Arroba. Primeros fallecidos. Un vecino de Chuguev, al este de Ucrania, tapa con una manta a una víctima de los ataques rusos. Debajo. Bombardeos. Un hombre herido en Járkov; y una familia camina a la frontera con Hungría.

Oleksandr Biletskyi y Olena Biletska también viven en Kiev. Son dos de los precursores de estas iniciativas de «resistencia» civil. Insiste en que hay estar calmados, que este era uno de los escenarios que se preveían y que tienen un «plan» para frenar a Rusia. Desde esta mañana se está encargando de articular diversos caneles de información para tratar de difundir la información en las líneas de combate. Lo que quiere es evitar que se desate el «pánico»entre la población con información «falsa».

En Kiev funciona el transporte público y las comunicaciones. Pero los colegios están cerrados y cada vez hay más colas en las carreteras provocadas por las miles de personas que quieren salir de allí. Hasta ayer a la tarde Iryna Dovmantovych era de las que rebajaba la gravedad de la amenaza rusa. Insistía en que todo el mundo seguía haciendo vida normal. Ella seguía con sus clases de español y pensaba que el conflicto se estaba librando sobre todo en los medios de comunicación, con declaraciones cruzadas entre los distintos gobiernos. Iryna confiaba en que el conflicto se solucionase por la vía diplomática. Ahora tiene «mucho miedo». Valentina Kobylyanska, por su parte, está jubilada. Pero no piensa moverse de Kiev. Su hijo luchó dos años en la guerra de Donbass, donde vio morir a muchos de sus amigos. «No vamos a huir de nuestra casa», insiste.

Las escenas de nerviosismo también se están produciendo en el oeste del país. En la localidad de Sokal vive la familia de Oksana Demyanovych. Están a apenas una hora de la frontera con Polonia. Allí hay gente que ha acudido a sus puestos de trabajo, pero también se están produciendo largas colas en gasolineras y supermercados.

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