El presidente de Rusia, Vladímir Putin, y de Estados Unidos, Joe Biden. /

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, y de Estados Unidos, Joe Biden.

Putin, de matón a criminal de guerra

«No creo que tengas alma», le dijo Biden al líder del Kremlin y este le respondio, «nos entendemos el uno al otro»

MERCEDES GALLEGO Corresponsal en Nueva York

Joe Biden es el quinto presidente al que le toca lidiar con Vladímir Putin, que lleva veintidós años en el poder. A diferencia de sus predecesores, no se hacía ninguna ilusión, le conocía bien. Primero como senador, al frente del Comité de Relaciones Exteriores, y luego como vicepresidente de Barack Obama. «Mi esperanza y expectativa es que seamos capaces de trabajar 'un modus vivendi'», dijo en abril pasado, cuando anunció la expulsión de diplomáticos rusos por la interferencia en las elecciones.

Aún confiaba en que podían tener «relaciones estables y predecibles», basadas en una comunicación directa, pero se equivocó. Desde su llegada al poder ambos líderes han hablado por teléfono en tres ocasiones, la última el 12 de febrero, un día después de que Biden adelantase al mundo que Rusia invadiría Ucrania tras los Juegos Paralímpicos de Pekín. El Kremlin describió la conversación, que duró más de una hora, como «de negocios», pese a la «atmósfera de histeria sin precedentes» que decía ver en EE UU.

Moscú todavía negaba con cinismo que fuera a invadir Ucrania, pero Washington tenía claros sus planes. La Inteligencia podía fallar en la velocidad de los talibanes para tomar Kabul o en la determinación del presidente Ashraf Ghani para defenderla, pero hace tres décadas que estudia arduamente a Putin.

Bill Clinton le vio como un tipo «duro y frío», escribió en sus memorias, pero Boris Yeltsin, aquejado de problemas de salud y severo alcoholismo, le convenció de que su sucesor «estaba suficientemente comprometido con la democracia» y podría «modernizar» Rusia, encontrar «una salida honorable» al problema checheno y manejar las turbulencias económicas y políticas del país. Pronto descubriría que era un tipo frío y pragmático.

Cuando se reunió con él en noviembre de 1999 durante su último viaje como presidente a la cumbre Asia Pacífico, el exdirector de la KGB no tuvo «interés en discutir ningún asunto político con ese 'pato cojo'». Solo quería saber con quién tendría que entenderse, cuando acabase el interminable recuento electoral.

Para cuando se reunió por primera vez con George W. Bush Putin traía preparada una historia con la que vencer su escepticismo: la de un crucifijo que le habría regalado su madre, el único objeto que habría sobrevivido al incendio de su casa de campo. «Le he mirado a los ojos y he visto su alma: es un tipo directo y de confianza», declaró tras ese encuentro de junio de 2001. El senador Biden protestó públicamente: «No confío en Putin». «Espero que el presidente hablase de una cuestión de estilo más que de sustancia».

Seis años después el propio ministro de Defensa de Bush, Robert Gates, le daría la vuelta a la frase de Eslovenia: «Le he mirado a los ojos y he visto lo que esperaba, un asesino a sangre fría». Obama mantuvo a Gates al frente del Pentágono, por lo que la verdadera alma de Putin no era ningún secreto para su vicepresidente Biden. Solo que el presidente de la esperanza prefirió ignorarle y tomarse en serio a su delfín Dimitri Medvédev, al que Putin había convertido en presidente títere mientras esperaba como primer ministro su turno constitucional para volver al poder. Al anunciar en Múnich que era hora de «pulsar el botón y reiniciar las relaciones con Rusia» Obama quiso dar a Medvedev la oportunidad de convertirse en un presidente de verdad y en un nuevo Gorvachov, pero no fue así, le cedió a Putin el poder.

Biden se encontró cara a cara con el mandatario ruso en su despacho del Kremlin por primera vez en 2011, cuando retomó la mirada y le dio otra vuelta de tuerca: «Te miro a los ojos y no creo que tengas alma», contó después que le dijo. Para Biden ha pasado de ser un tipo frío e inquietante, a un asesino, dijo el año pasado, y, ahora, «un criminal de guerra», un calificativo que el Kremlin considera «imperdonable». Según la exasesora de la Casa Blanca Fiona Hill, Putin «no dudará en apretar el botón» nuclear si llega el caso.