Las alfombras son las principales protagonistas de los llamados 'mercados del adiós'. / Mikel Ayestaran

Vender todo para comer o marcharse de Afganistán

Por todo Kabul se extienden mercados improvisados donde los ciudadanos intentan obtener algo de dinero por sus enseres personales

MIKEL AYESTARAN Kabul (enviado especial)

El Emirato cumple un mes y cada día que pasa desde la llegada de los talibanes crece el tamaño de los mercados improvisados que han surgido en diferentes partes de Kabul. Son reflejo de la desesperación y del adiós, lugares en los que los afganos que han perdido sus trabajos venden lo poco que tienen para poder comer y aquellos que planean salir hacen lo propio para poder tener algo de dinero en el bolsillo. «Me da mucha pena esta situación. Antes también se vendían cosas de segunda mano, pero ahora es masivo. El problema es que no hay dinero. Así que compramos barato, pero también vendemos barato. El margen es mínimo», lamenta Abdul Nadim, exfuncionario reconvertido en comerciante de uno de estos zocos situado junto a la carretera Chamane Uzuri. Tiene una televisión por la que pide 1.500 afganis (16 euros al cambio), pero sin esperanzas de venderla a corto plazo. El resto son alfombras de baja calidad, cubiertos, tazas, bandejas…

«Ahora está algo más tranquilo, pero las dos primeras semanas, durante las evacuaciones en el aeropuerto, llegaba gente con todas sus cosas en camionetas y tenían que venderlo todo con urgencia para irse», recuerda Baser, sentado en mitad de varias batidoras y radios. No confía en los talibanes y baja la voz para confesar que «echo de menos a los extranjeros. A este nuevo Gobierno le obsesionan la seguridad y la religión, no que el pueblo pase hambre y la situación va a empeorar. Me quiero ir en cuanto abran las fronteras».

La herencia recogida por los islamistas no es sencilla. Si el anterior Ejecutivo ya tenía serios problemas a pesar de recibir ayuda internacional, ellos lo tienen aún más complicado porque se han congelado partidas externas muy importantes de dinero a la espera de conocer el carácter del nuevo régimen.

Los enseres familiares inundan los zocos de Kabul. / Mikel Ayestaran

Huele a agua podrida. Un canal cercano está colapsado por la basura. A lo largo de todo ese conducto infecto se estira el mar interminable de puestos en los que los afganos dejan parte de sus vidas. Los datos que cada día publica Naciones Unidas dan miedo. El último en sumarse a la lista de alarmas fue el Programa Mundial de Alimentos (PAM), que advierte que «la sequía y el hambre llevan a miles de personas desde las zonas rurales a las ciudades y catorce millones de afganos están en riesgo de hambruna». El lunes el organismo internacional organizó una conferencia de donantes en la que recaudó más de 900 millones de euros, pero de momento en las calles de Kabul la gente se pelea por conseguir 25 afganis (0,28 euros) con los que pagar el medio menú que se vende en los puestos ambulantes (arroz con alubias rojas).

«No he notado gran cambio en mi situación desde la llegada de los talibanes porque antes era pobre y ahora lo sigo siendo», comenta Mir Basar, que se ha hecho con varias camas de madera y trata de venderlas lo antes posible. En su caso, lo que le gustaría destacar «es que en el Emirato hay seguridad. Se han acabado los atentados y podemos viajar por las carreteras sin peligro. Ese ha sido el principal cambio».

Nuevo Ejército

El Gobierno interino da cada día nuevos pasos. Tras la presentación del nuevo responsable de Exteriores el martes, el siguiente en aparecer ante los medios fue el nuevo jefe del Estado Mayor, Qari Fasihuddin, quien admitió «consultas» para la formación de un nuevo Ejército. El portal de noticias local Nunn, recogió las palabras de Fasihuddin, quien tiene el objetivo es crear unas tropas «fuertes» y «bien organizadas» que sean capaces de «defender» el país. Un paso clave para un movimiento como el talibán que desde su creación ha luchado como una guerrilla. Ahora quiere dar el paso de convertirse en la columna vertebral de las nuevas Fuerzas Armadas, las mismas a las que ellos atacaron de forma constante desde 2001.

En los mercados de segunda mano no hay talibanes a la vista, pero se habla «con cuidado sobre los mulás para que no se molesten», dice Daud. El salió del país tras la caída de Kabul, pero ha regresado porque «la vida en Karachi era muy cara y no podía mantener a mis tres mujeres y tres hijos. Así que estoy de vuelta a la espera de que la cosa mejore». Vende varias alfombras que antes del 15 de agosto podían costar 500 euros y ahora no pasan de 50. El límite de dinero que permiten los bancos a cada cliente es de 170 euros a la semana y los funcionarios del antiguo Gobierno llevan dos meses sin cobrar. La imagen de los mercados improvisados con sillones, camas, cortinas y todo tipo de enseres domésticos y las colas multitudinarias ante los bancos son la imagen del impacto del Emirato en la vida diaria de los afganos.