Dos talibanes intentan captar la atención de Marjan, el león blanco del zoo de Kabul, para hacerle una fotografía. / Mikel Ayestaran

El zoo de Kabul, la última conquista de los talibanes

Las nuevas autoridades afganas hacen del recinto un destino de obligada visita entre las críticas del personal por violar las normas al entrar armados

MIKEL AYESTARAN Kabul (Enviado especial)

Marjan se echa la siesta a la sombra de la caseta situada en el centro de una zona cerrada con altas vallas de color verde. En uno de los extremos cuelga un cartel en el que se puede leer que es un león blanco y se trata, sin duda, del animal más fotografiado del Zoo de Kabul. Dos talibanes se esfuerzan por hacerle fotografías y tratan de imitar los rugidos para provocar a la fiera, pero no tienen éxito. Insisten con todo su empeño, dejan sus fusiles en el suelo, golpean la valla… pero Marjan no sale de su profundo sueño.

Este zoo abrió sus puertas en 1967 y fue uno de los sueños del rey Zahir Shah, que quiso reunir allí a lo mejor de la fauna afgana. Ha sobrevivido a la ocupación soviética, la guerra civil, el primer Emirato, la intervención de Estados Unidos y ahora al regreso de unos talibanes que acuden cada día a visitar el parque. «Algunos pagan la entrada (30 afganis, 0,30 euros al cambio), otros pasan de largo sin frenarse en la taquilla, dicen que llevan meses sin cobrar y que no pueden pagar. Lo que más nos molesta es que entran armados y nuestro objetivo es tener un espacio libre de armas», informa Najibula, ayudante de un director que ha tenido que salir para ver a las nuevas autoridades y conocer sus planes de futuro con el parque. De momento, a diferencia de lo que sucede en otros lugares públicos, las tres trabajadoras de la plantilla pueden acudir a trabajar.

En el parque siempre hay un león que se llama Marjan, en recuerdo al que vivió hasta cumplir 25 años y que, según la leyenda, se comió a un muyahidín que entró en su jaula. El hermano del miliciano acudió al día siguiente con una granada y a consecuencia de la explosión el animal perdió un ojo y gran parte de la dentadura. Así vivió hasta 2002, lo que significa que se quedó sin ver las grandes mejoras en este lugar que, como buena parte de Kabul, fue machacado durante la guerra civil. Su estatua preside ahora la entrada al recinto.

Quien no tendrá nunca una figura de recuerdo será Khanzir, palabra que en árabe significa cerdo y que llegó a Kabul el mismo año de la muerte de Marjan. Este puerco común, regalo de China, vivió hasta los 17 años y era todo un ejemplo de exotismo porque era el único ejemplar en un país donde está prohibido el consumo porcino. Es toda una incógnita saber cómo habrían actuado los talibanes con un cerdo en el parque.

Menos visitantes

«La llegada del Emirato no ha cambiado el día a día de nuestro trabajo, pero hemos notado que han bajado las visitas, tenemos la mitad de visitantes que antes», señala Najibula, quien insiste en la importancia de dejar las armas en la calle «porque el ambiente es muy familiar y normalmente tenemos muchos niños, sobre todo los viernes». «Los talibanes, en general, entran y no paran de hacer fotos y tomarse selfies con los animales, para ellos es una novedad absoluta, en su vida han visto un mono, un oso o un león. También les dan de comer, aunque los carteles dicen de forma clara que no está permitido», dice indignado el asistente del director.

Los animales del zoo asisten desde sus jaulas a la llegada de un nuevo tipo de visitantes, unos talibanes con sus turbantes, largas barbas y armas al hombro. El rey Marjan no se deja impresionar de momento por esta nueva fauna humana que trata, sin éxito, de captar su atención.