Trabajadores con equipo de protección en la entrada de un área residencial bajo encierro debido a las restricciones del Covid-19 en Pekín. / afp

Dos años y medio perdidos en China en pruebas masivas y campos de aislamiento

En lugar de potenciar la vacunación y reforzar el sistema sanitario, Pekín ha invertido más en medidas de prevención que han asfixiado la economía y rebelado a la población

PABLO M. DÍEZ

Con lo contagioso que es el Covid, la cuestión no es si te atrapará o no, sino cuándo y cómo. El único remedio es prepararse con una amplia vacunación y un refuerzo del sistema sanitario. Con más o menos éxito, eso es lo que han hecho todos los países para alcanzar la normalidad pero, eso sí, tras pagar un alto precio en vidas durante los últimos dos años y medio.

Eso es precisamente lo que no ha ocurrido en China desde que el estallido de la pandemia en Wuhan fue atajado en abril de 2020, cuando la ciudad fue reabierta tras 76 días de duro confinamiento. Ni China ha sufrido unas tasas de contagios ni mortalidad tan elevadas como el resto del mundo, pues oficialmente solo reconoce un total de 315.000 casos y 5.233 fallecidos, ni se ha preparado para la reapertura.

Ante el virus, su única protección ha sido el aislamiento. Sus fronteras, cerradas desde marzo de 2020, solo se abrieron en verano para los visados de negocios y estudios, pero con cuarentenas al llegar que han pasado de 21 a ocho días. De igual modo, dentro del país las autoridades lo han fiado todo a la prevención y no a la mitigación.

Desde el brote que obligó a cerrar Shanghái durante dos meses antes del verano, las pruebas PCR son obligatorias cada dos o tres días, con su monumental gasto económico. Según calculó en mayo la consultora Soochow Securities, todas las ciudades de primer y segundo nivel, que suman una población de 500 millones, gastarán en un año 1,45 billones de yuanes (205.000 millones de euros) en pruebas PCR. Dicha cantidad es equivalente al 70% del presupuesto en salud, que este año asciende a 2,1 billones de yuanes (296.000 millones de euros).

Junto a las pruebas, por todo el país se han construido gigantescos campos de aislamiento para encerrar a los infectados y a sus contactos en alienantes contenedores modulares. Con una capacidad estimada para 90.000 personas, el mayor de todos ellos se levanta en la sureña ciudad industrial de Cantón (Guangzhou), que sufre uno de los mayores brotes y donde las autoridades están habilitando hospitales de campaña con 250.000 camas. Con 20 millones de habitantes, Cantón se ubica en el corazón de la «fábrica global» y es uno de los motores económicos de China, por lo que también se ha convertido en uno de los principales focos de las protestas.

Al igual que ocurrió durante el confinamiento de Shanghái, cuando el PIB del segundo trimestre solo creció un 0,4%, para el cuarto se espera un nuevo varapalo porque, entre otros motivos, han caído las exportaciones, que eran el principal sostén de la economía. Con 400 millones de habitantes en 48 ciudades sometidas a confinamientos y restricciones, la consultora Nomura calcula que las zonas afectadas suman el 20% del PIB chino.

Hartazgo social

El problema es que la reapertura, que Nomura espera para la próxima primavera tras la reunión anual de la Asamblea Nacional, será también turbulenta porque se dispararán los contagios y la mortalidad. Al haber atajado la pandemia con tantos controles, ni la vacunación ni el refuerzo sanitario se han visto como una urgencia hasta ahora, cuando el hartazgo social presiona por la reapertura. Como una pescadilla que se muerde la cola, las autoridades han invertido más en medidas de prevención en lugar de aumentar el número de hospitales, camas y médicos para mitigar el Covid.

Con grandes diferencias entre las ciudades y las zonas rurales, en China hay 4,53 camas de UCI por cada 100.000 habitantes, así como 2,41 médicos y 3,34 enfermeras por cada mil personas. Para la misma proporción, en Alemania se cuentan 33,9 camas UCI, 4,3 doctores y 13,95 enfermeras. Si el sistema sanitario se colapsó en Alemania y el resto de países desarrollados, en China puede ser una catástrofe. Según un estudio de las universidades de Fudan-Shanghái e Indiana y de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, sin medidas de control ni antivirales habría 112 millones de contagios y 1,5 millones de muertos, de los que un tercio serían mayores de 60 años que todavía están sin vacunar. Más allá de las protestas contra el Covid 0, esa sería la auténtica amenaza para el régimen.