Simpatizantes de Lula festejaban el domingo el resultado electoral en la capital, Brasilia. / AFP

El triunfo de Lula en América Latina

Su gran reto será compaginar la gran mezcla ideológica que supone el progresismo regional, del gobierno autoritario de Venezuela al socialdemócrata de Chile

CARLOS MALAMUD

En la noche del domingo la casi totalidad del progresismo latinoamericano elevaba sus cánticos de agradecimiento al cielo, pero muy especialmente a Lula, que les había permitido recuperar la autoestima después de la brutal derrota sufrida por el «apruebo» en el plebiscito constitucional chileno. Como tituló un periódico español intentando dar un marco continental a la victoria del expresidente brasileño: «Las cinco principales economías de América Latina estarán gobernadas por primera vez por la izquierda».

Junto al carácter coyuntural del aserto (en octubre de 2023 hay elecciones presidenciales en Argentina, con muchas opciones para una derrota oficialista), importan más que el color de la camiseta del mandatario de turno algunas cuestiones básicas como las políticas públicas a desarrollar para salir de un momento tan complicado como éste. Tampoco se puede olvidar la composición del Parlamento, la distribución del poder territorial, las alianzas con el centro y la derecha formalizadas para llegar a la presidencia y la cantidad de votos prestados y ganar en aquellas elecciones que requirieron de una segunda vuelta. En el caso que nos ocupa, todas menos México.

Tanto dentro como fuera de América Latina buena parte de las miradas y los análisis estaban puestos en cómo un probable triunfo de Lula afectaría la política medioambiental, los equilibrios regionales e incluso la posición internacional de Brasil. Y si bien la política exterior no fue un factor de mucho interés durante la campaña electoral, al igual que en el resto del mundo, no es una cuestión secundaria, como se ve en Bruselas.

En los últimos años, y como consecuencia de decisiones del presidente Bolsonaro, Brasil se retiró de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y mantiene una relación gélida con la Argentina kirchnerista y con Alberto Fernández. Ambas orientaciones se van a revertir, aunque el entusiasmo brasileño por la CELAC, una institución tutelada por México, es bastante limitado. De ahí, que en la línea tradicional de Itamaraty, el Ministerio de Exteriores, ya se hable de serios intentos de relanzar Unasur, aunque sin el sesgo político-ideológico de antaño.

El gran problema de Lula será hacer compatible América del Sur con América Latina y compaginar la gran mezcla ideológica que supone el progresismo regional, que va de los gobiernos autoritarios de Cuba, Venezuela y Nicaragua hasta los más «social-demócratas» de Chile y Colombia, sin olvidar los experimentos populistas de Argentina, Bolivia, Honduras, México y Perú.

No será una tarea sencilla y más en un momento tan complicado como el actual donde muchas de las respuestas más pragmáticas de Lula entrarán en abierta contradicción con las políticas de sus colegas más ideologizados. Pese al esfuerzo del candidato ganador para conquistar al menos una parte del voto evangélico, su capacidad de hacer milagros es bastante limitada. De ahí que si bien su triunfo incidirá en la recomposición de los equilibrios regionales, el nuevo presidente será totalmente incapaz de hacer que América Latina hable con una sola voz. Por no poder, ni siquiera podrá lograr que los progresismos lo hagan de una manera armónica y conjuntada.