Un empleado electoral traslada urnas electrónicas a un colegio en Brasilia. / AFP

Lucha encarnizada en el final de la campaña electoral en Brasil

Lula juega a la esperanza para ganar este domingo, mientras Bolsonaro vuelve a plantear dudas sobre el proceso

DAGOBERTO ESCORCIA

Falta muy poco para que Brasil elija presidente este domingo. Los candidatos, Lula da Silva (que cumplió 77 años el pasado jueves) y Jair Bolsonaro (67), apuraban esta noche de viernes para captar el voto de los electores indecisos en el último debate televisivo. El sueño de muchos ciudadanos no es otro que poner punto final a una de las campañas más intensas, duras y no exentas de violencia que ha vivido el país en su historia democrática. La realidad, en cambio, indica que la estabilidad de la nación más grande de Latinoamérica tardará en llegar.

Nadie se atreve a asegurar si el actual presidente, Jair Bolsonaro (Partido Liberal), sabrá aceptar una posible derrota cuando parte de su campaña se ha basado en desacreditar el proceso electoral. También resulta difícil predecir lo que pasará con el electorado de Lula da Silva (Partido de los Trabajadores), confiado una gran parte del mismo en salir de la pobreza y otra en recuperar el progreso de Brasil. Este domingo es la final de un match que ha cansado y dividido aún más al pueblo brasileño.

En una carta de ocho folios dirigida al Brasil de mañana, Lula habló este viernes nuevamente de devolver la esperanza a su pueblo. Dijo que el país necesita un Gobierno que cuide «de nuestra gente, especialmente de aquellos que más lo necesitan». Añadió que Brasil «necesita paz, democracia y diálogo». En el documento, el líder de la izquierda promete el rescate de 33 millones de personas del hambre y de 300 millones de la pobreza.

También asegura un desarrollo social en el que impondrá un salario mínimo fuerte, con un crecimiento cada año por encima de la inflación, y una nueva bolsa de familia que rondaría los 600 reales (casi 113 euros) más 28 euros extra por cada niño hasta los 6 años. Afirma el expresidente que hará una reforma tributaria, que aquellos que perciban un salario de 5.000 reales (941 euros) no tendrán que tributar, y que, además, hombres y mujeres que desempeñen la misma función tendrán una remuneración igual.

Mientras Lula enviaba ese mensaje, Jair Bolsonaro proseguía su campaña de descrédito al proceso electoral. En esta ocasión, aliados del candidato a la reelección presentaron una auditoría al Tribunal Supremo Electoral (TSE) en la que denunciaban que unos 154.000 anuncios de radio no fueron publicados, lo cual interpretaban como un desequilibrio de la campaña a favor de Lula. Estos cuestionamientos constantes han provocado no solo la sospecha por parte de partidarios de Lula de que Bolsonaro prepara el terreno para impugnar las elecciones, sino también del presidente del TSE, Alexandre Moraes. El tribunal se negó el pasado miércoles a abrir una investigación sobre estas supuestas irregularidades al considerar que podrían constituir un «crimen electoral». «No hay dudas de que los autores apuntan a un supuesto fraude electoral sin una base documental creíble», señaló el presidente del TSE, que remató con el comentario de que esta acusación podría provocar disturbios en los días previos a la votación.

Divulgación de falsedades

Según aseguran asesores de Lula, la campaña de Bolsonaro es la principal fuente de 'fake news'. Con el objetivo de proteger la integridad de la institución democrática del país y el derecho de los ciudadanos a la libertad de expresión, Moraes también tiene el poder para que las empresas tecnológicas retiren contenidos de internet con el fin de evitar la divulgación de bulos antes de la votación de este domingo.

Lula y Bolsonaro han desarrollado una campaña que, a juicio de muchos analistas, ha resultado pobre en ideas y propuestas nuevas para el país. El expresidente, que gobernó entre 2003 y 2010, ha basado su discurso en el pasado, en lo que logró para esta nación durante su Gobierno, que fue mucho, desde equilibrar un país envuelto en las desigualdades hasta conseguir cierta estabilidad económica. Todo, por supuesto, ocurrió antes de la pandemia, el otro punto fuerte utilizado por Lula para atacar a Bolsonaro, al que acusa de ser el culpable del fallecimiento de más de 800.000 brasileños debido a su mala gestión al comienzo de la crisis sanitaria.

Hasta el Papa Francisco ha intervenido en la campaña. Hace un par de días dijo que oraba a Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, patrona de Brasil, para que protegiera y cuidara al pueblo brasileño, para que lo liberara del odio, la intolerancia y la violencia, características principales que ha vivido este país en el año de las elecciones presidenciales. Lo hizo después de conocerse que un ex congresista de Bolsonaro disparó y lanzó granadas contra la policía cuando iba a ser detenido.

Bolsonaro perdió la primera vuelta de las elecciones celebradas el pasado 2 de octubre. Lula obtuvo el 48,4 % de los votos por el 43,2 % del presidente. Las encuestas, que en sus predicciones en la primera vuelta no fueron tan certeras, continúan anunciando una victoria de Lula. El margen es muy estrecho, 49% por 45% del presidente Bolsonaro. Hablan las mismas de un 5% de votos blancos y nulos, mientras sitúan a los indecisos en un 2%. Al mismo tiempo dicen que el 50% de esos encuestados está convencido que no votará por el candidato del Partido Liberal. Y un 45% asegura que no lo hará por Lula.

Para esta segunda vuelta, Bolsonaro ha contado con el apoyo de futbolistas importantes de Brasil, como Neymar, Dani Alves y Rivaldo, decisiones públicas que han provocado reacciones contrarias entre los partidarios de Lula más activos en las redes sociales, donde han manifestado el deseo de que la selección fracase en el Mundial.