Cientos de haitianos se congregan frente a la Embajada de EE UU con la esperanza de que les concedan una visa para abandonar su país. / o. barría / efe

Haití pide a la ONU que esclarezca el asesinato del presidente Moise

Un mes después del ataque al mandatario, muerto a tiros en su casa, la caótica investigación hace temer que nunca se conozca la verdad

MERCEDES GALLEGO Nueva York

Al día siguiente de que el presidente Jovenel Moise fuera asesinado en sus aposentos por un comando de mercenarios que hablaba español, la Policía de Haití se embarcó en un enfrentamiento armado con los presuntos sicarios y anunció triunfante que había detenido a 18 de ellos y dejado cadáver a tres. Las detenciones políticas llegaron después. En total, más de 40 personas han sido arrestadas en el mes transcurrido desde la fatídica noche del 7 de julio, pero cuando la cadena de televisión CNN preguntó a la primera dama si no creía que ya han detenido a los culpables, Martine Moise sacudió la cabeza con una carcajada de incredulidad. «¡Por supuesto que no!».

Lo que ella quiere saber no es quién apretó el gatillo, sino quiénes estaban detrás del crimen. Se llevó la primera ronda de disparos. Su marido le había dicho que se tumbase en el suelo. «Ahí estarás más segura». Y no se equivocó. Todo lo que vio fueron las botas de los sicarios que irrumpieron en su dormitorio después de un intenso tiroteo. A su marido le dio tiempo de hacer algunas llamadas de auxilio sin que nadie llegase a salvarle, y a ella a decir a sus hijos que se escondieran en el baño. «A esa hora no pensaba que pudieran llegar hasta nuestros aposentos», confesó en la entrevista. «Teníamos entre 30 y 50 personas fuera, encargadas de nuestra seguridad, es una locura que ninguna resultara herida». Al menos dos de los responsables de su seguridad están en la cárcel.

Los sicarios la dieron por muerta. Recuerda que la enfocaron con una linterna. Les oyó hablar en español, pero apenas les entendía. Tenía el brazo destrozado y la boca tan llena de sangre que no hubiera podido hablar aunque hubiese querido. Sabe que buscaban algo mientras revolvían los papeles y ponían la habitación patas arriba. «No es eso, no es eso...», les oía repetir. Hasta que dieron con lo que buscaban. Uno de los jueces asegura que el cadáver del mandatario tenía signos de tortura, pero ella, la única testigo, ha dicho que fue una muerte rápida. El hombre que hablaba por teléfono le describió para que al otro lado de la línea confirmasen su identidad. Entonces le metieron 12 balas.

Ella ni siquiera sabía que estaba muerto cuando sus hijos llegaron a socorrerla. Con la ayuda de una sirvienta y un cargo policial que llegó al lugar más de una hora después, bajó las escaleras y fue trasladada a un hospital local sin medios, que la derivó a otro de Miami, donde le han hecho varias operaciones y trasplantes de nervios en el brazo que tal vez nunca pueda volver a usar. Sigue escondida, presumiblemente en alguna parte de Florida, desde donde ha dado varias entrevistas a medios estadounidenses para influir en el Gobierno que espera ayude a esclarecer la muerte de su marido.

El ministro de Asuntos Exteriores, Claude Joseph, ha hecho llegar esta semana una carta al secretario general de la ONU, António Guterres, pidiéndole que se encargue de la investigación de un crimen internacional que se extiende al menos a tres países y que, claramente, supera con mucho la capacidad de Haití. Para cuando se permitió el acceso a los jueces encargados de levantar el cadáver, la escena ya estaba contaminada. Qué decir del escenario en el que presuntamente se llevó a cabo la batalla entre la Policía Nacional haitiana y los mercenarios acusados de asesinar al presidente.

Las turbas callejeras quemaron los coches en los que podían haberse encontrado huellas dactilares. Ni rastro de los 42.000 dólares que, según los primeros informes, incautaron a un cadáver, cuyo número de serie podía haber sido otro hilo de la madeja. Al menos tres de los jueces y fiscales que llevaban a cabo la investigación han tenido que huir al recibir estremecedoras amenazas de muerte por no haber querido incluir entre los sospechosos los nombres de prominentes políticos y hombres de negocios.

Mercenarios entrampados

La Policía, mientras, dice tener el caso prácticamente resuelto. Tiene en la cárcel a los sicarios que ejecutaron el crimen, y ha pedido la extradición del jefe de la empresa de seguridad que les contrató (el venezolano Antonio Intriago, jefe de CTU Security), del banquero ecuatoriano afincado en Miami que le prestó el dinero para pagarles (Walter Veintemilla, presidente de Worldwide Capital Lending Group) y del pastor haitiano residente en Florida que concibió el magnicidio para convertirse en nuevo jefe de Estado y transformar el país, Christian Emmanuel Sanon. El problema es que nadie se lo cree.

«La gente a la que han acusado hasta ahora no creo que tuviera la capacidad para hacerlo», reconoció al periódico 'The New York Times' el actual primer ministro interino, Ariel Henry, por el que ha tenido que presionar la comunidad internacional para que llegue al cargo. «Creo que hubo mucha gente involucrada, gente con acceso a mucho dinero», especuló. «A lo mejor yo también estoy en riesgo de que me maten. ¿Podrían hacerlo de nuevo? No lo sé».

Las familias de los mercenarios colombianos sostienen que les contrataron para proteger al presidente, pero en realidad les tendieron una trampa para usarles como cabezas de turco. Cuando llegaron a la habitación el presidente ya estaba muerto. Al bajar por las colinas de Petionville se encontraron barricadas policiales cerrándoles el paso. E incluso cuando se refugiaron en una casa deshabitada y uno de ellos, que había sido informante de la DEA (la agencia antidrogas norteamericana), llamó a su contacto en el Gobierno de EE UU, éste le aconsejó entregarse y delató su posición a las autoridades haitianas.

El diario 'The Wall Street Journal' ha visto los mensajes que uno de ellos, Duberney Capador, envió por whatsapp a su esposa antes de morir. «Nuestra misión se ha complicado. Llegamos demasiado tarde para cumplirla. Nos quieren colgar la muerte de un hombre. Esa fue siempre su intención, nos engañaron».

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