Totoyo Millares: «El timple auténtico ya ni se oye ni se construye»

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

Todos los días va a la playa. Nada unos 500 metros o más. Pasea entre el Auditorio y El Confital ocho veces. «Eso no lo hace ningún hombre de 80 años», comenta Luis Millares Sall, más conocido como Totoyo Millares, quien cumplirá esa edad el próximo 13 de julio. «Mi médico dice que tengo 60 años biológicos», subraya el timplista que el sábado 30 de mayo vivió con la ilusión de un niño su reconocimiento con el Premio Canarias de Cultura Popular.

- ¿Cuándo supo que iba a pasar el resto de su vida con el timple? - Mi pasión era el violín. Lo que pasa es que empecé con el timple porque fue el primer instrumento que oí, con mis hermanos tocando... furrunguiando, como se decía en aquella época. Con cinco años, por la tardecita, antes de irme a acostar, me alongaba a la ventana a escuchar a un guarda de Las Canteras -que no sé qué guardaba, porque ahí vivían cuatro familias-. El señor se sentaba justo delante de mi casa a tocar. Era majorero. Se llamaba Gopar. Era un personaje muy curioso, pero tocaba muy bien. No es que punteara. En esa época no se punteaba el timple. Eso lo inicié yo. Parece raro que un niño de esa edad tuviera esa inquietud. Era un niño hiperactivo. Oyendo a este hombre, yo decía: Contra, qué bonito suena el rasgueo este. Me llega mucho. Además, en casa, mis hermanos lo tocaban. Pero me escondían el timple encima de un ropero porque no querían que lo cogiera. Pero yo me alongaba, lo cogía y empezaba a imitar lo que hacían. Ahí empezó todo. A casa venía un guitarrista que se llamaba Cabral, un gran guitarrista canario, que a veces se ponía a tocar la guitarra. Yo veía que mis hermanos tocaban el timple y no punteaban. Y pensé ¿por qué no toco yo estos temas canarios punteando en el timple? Eso ¡con cinco años! Yo tengo nietos de esa edad, uno de cinco y otro de siete años. Y no me imagino a esos niños, sin que nadie les diga nada, y que se pongan a tocar. Eso yo lo he visto en mi hija, que con diez o doce años, se ponía a improvisar al piano y a sacar cosas. Eso se hereda. Tocó de oído un preludio de Bach y pensé ¡cómo es posible eso! Tiene una memoria musical tremenda. Eso se hereda. ¿De dónde viene esa facilidad de mis hermanos para pintar y crear? Eso viene de familia.

- Pero, sin embargo, lo que le gustaba era el violín. - Sí, me gustaba. Con 7 u 8 años fui al Pérez Galdós. Hubo un concierto de la Filarmónica donde tocaban la 5ª Sinfonía de Tchaikovsky y escuchando el segundo movimiento, un solo de trompa, me impactó tanto que dije: yo quiero tocar el violín. Me entró pasión tremenda por la música.

- ¿Cuándo comenzó a formarse? - Empecé a estudiar en la Sociedad Filarmónica con el maestro Agustín Conch. Por cierto, -ya lo denuncié en su momento, cuando Néstor Álamo vivía, pero se empeñan en ocultarlo los que lo defienden a capa y espada- que Néstor Álamo no es autor de nada. El que escribió las canciones de Néstor era Agustín Conch. Él las compraba. Conch hacía la música. Néstor les ponía las letras. Era un hombre que escribía bien. Agustín Conch estaba muy mal de dinero. Ganaba una miseria y pasaba calamidades. Fíjate que venía a La Isleta a los cabarets a tocar el contrabajo. Y eso que no tenía hijos, pero no le alcanzaba el dinero. Néstor le compraba las partituras, las llevaba a Madrid y allí las inscribía como su autor. Eso es una verdad como un templo. Dicho por Agustín Conch y por Luis Prieto, el subdirector de Orquesta Filarmónica de Las Palmas en aquella época, a mediados de los años 40. Fue cuando me enteré de esto. Conch fue mi profesor de violín. Estudié con él seis años, pero lo dejé porque me metí en el timple por las necesidades. También yo pasaba unas calamidades del demonio, sobre todo en la época que mi padre no podía ejercer la carrera, porque estaba castigado por republicano por el Gobierno franquista y, más que por eso, por un presbítero: Manuel Socorro. Estaba empeñado en machacar a mi padre. Era un cura franquista. Un cura franquista era lo peor que pueda haber. Además, era un sinvergüenza, quería la cátedra de mi padre. Mandó misivas al gobierno franquista diciendo que mi padre era un peligro porque daba mensajes sus alumnos sobre libertades. Total, que consiguieron quitarle la cátedra de profesor de Literatura.

- Pero es difícil imaginarse a una familia burguesa pasando calamidades. ¿Cuántos hermanos eran? - Éramos diez. Yo soy el número diez. Hay uno que no se menciona nunca, Antonio, que murió recién nacido. Estaba entre Jane, la pintora, y mi hermana Yeya, la violinista de la Orquesta Filarmónica. Después vine yo. Se han muerto seis hermanos, todos los varones menos yo, Jane y Yeya. Éramos una familia de clase media-alta. Mi abuelo era notario y mi tío Luis médico, que escribían novelas y eran músicos además. Tocaban la viola y el violonchelo. Hacían sus recitales familiares.

- Entonces, ¿hasta qué punto pasaron penurias? - Hasta el punto de que en casa a veces no había ni qué comer. Mi madre nos metía en la cama a los nueve para engañarnos, para evitar que pidiéramos de comer. Nos hacía tazas de manzanilla, le metía gofio o pan, lo que sea... Era miseria. No teníamos entradas de ningún tipo. Me vi con 8 o 10 años cargando papeles y libros viejos a los muelles de San Telmo, a unos almacenes que compraba por kilos los papeles. Por un saco me daban dos reales y me iba a la dulcería de Angelito El marica, era un gay muy simpático, una bellísima persona, que me decía; ¡este niño siempre está hambriento! Y le compraba una berlinas tan ricas... Me alimentaba con eso. Mi hermano Sixto, que era el cuarto, era un poeta extraordinario que no pudo hacer todo lo que pudo haber hecho. Fue la primera víctima del franquismo en mi familia. Murió con 20 años de una tuberculosis provocada por el hambre. En casa éramos muchas bocas, once para comer. Recuerdo cosas terribles.

- Eso le obligó a dar clases. - El primero fue un médico Luis Alonso, una bellísima persona que conocía a mi padre y quería que su hijo tomara clases de timple conmigo porque me había oído. Tenía yo 10 años. Ahí di clases a mi primer alumno, Juanito Alonso, el ginecólogo. Mi padre no quería que no le cobrara. No quería que me dedicara profesionalmene a esto. Yo, callado la boca, y el señor me daba 50 pesetas. Para mí era un tesoro.

- Cuando empezó a tocar el tim-ple estaba poco extendido, ¿no? - En Tenerife apenas se tocaba. Llegó muy tarde allí. El timple empezó en Lanzarote. Allí entrevisté a Jeremías Dumpiérrrez, el primer timplista que se pudiera llamar así. Se dedicaba a vender con una furgoneta por las calles, iba por las Islas. Era un tipo curioso y manejaba el rasgueo. En aquella época, no existía punteadores de timple, el timple era para rasguear. No hacía vibrar esos rasgueos. Eso pasa en todos los países. Hay instrumentos pequeñitos que marcan el sentimiento de los pueblos. Oyes el timple y parece que te identifica como canario. Es una música nuestra, de siglos. Como la balalaika en Rusia. Un ruso ve una balalaika y se desmorona, en Venezuela es el cuatro, en Argentina o Bolivia es el charango.

- También el violín formaba parte de las viejas parrandas. - Antiguamente, las parrandas en los campos tenían guitarra, timple, violín y laúd. El violín se ha perdido. Como el timple auténtico. Yo no estoy oyendo tim-ple ya. Oyes timple, pero no es el sonido del timple de verdad. Ni se construye como era. Lo empezaron a hacer la familia de los Morales Tavío, en la villa de Teguise, en la Caleta de Famara, de los carpinteros de ribera que hacían barquillos. Porque, contra lo que se dice, -que es majorero y está inspirado por la corcova del camello, ¡eso son cuentos chinos!-, el timple es un barquillo es un barquillo y la barriga es la quilla. Le pones un mástil y dos velas y es un barquito de pesca.

- ¿Y cómo era el timple? - La caja no tiene la forma del timple. Se ha perdido. Asistí a una reunión en Fuerteventura con luthiers nuevos y no había uno que hiciera un timple siguiendo la tradición. Lo han hecho Pepe Aleman, Juan García, Antonio Juan Negrín y la raíz es el timple de Simón Morales. Los nuevos timplistas se encuentran cortos para ejecutar. La escala de timple era de cinco trastes, yo fui el primero que pedí que me lo hicieran de siete trastes y otros como Jeremías Dumpiérrez. El timple aquel mantenía la forma. Tener un timple de Simón es como tener un Stradivarius. Ahora el brazo del timple tiene un diapasón amplísimo, como una guitarra. Se parece más un charango que a un timple. El original se ha perdido. Son más guitarristas que timplistas. Salvando a El Colorado, que es único y extraordinario. Y el revolucionario del timple, que fue José Antonio Ramos. Las cosas que compuso las hizo con calidad. No como ahora, que se hacen cursiladas, salvando a Belsech Rodríguez y a Germán López y algún otro, que están haciendo cosas interesantes.

- Y los grupos folclóricos... - Se ha perdido hasta eso. ¿Dónde hay un grupo folclórico serio? Hoy todo el mundo quiere figurar como cantante de música popular canaria. Hay programas que quieren imitar a Tenderete, pero dan pena. Son una auténtica basura. Todos están copiando lo que se le encargó a Nanino. A Nanino lo empujé yo a que se metiera en la música popular. Era periodista deportivo. Le dije ¿por qué no te pones a escribir música popular? Y me hizo una entrevista, por ahí empezó.

TIMPLEANDO PARA PAUL NEWMAN O AVA GARDNER Música para famosos. Totoyo Millares tiene una trayectoria plagada de anécdotas. Entre ellas, las que acopió cuando lo llamaban del Cabildo para agasajar con un timple a visitantes ilustres. Recuerda especialmente a Ava Gardner. «Era una mujer impresionante, con una belleza que llamaba la atención, y yo era un chiquillo de 17 años. Tenía la edad del pavo y me vi aquel cacho mujer delante de mí, que me recibió en su suite y en salto de cama. Le enseñé a mover un poco los dedos. Venía conmigo un fotógrafo, Hernández Gil, que tenía un archivo increíble», comenta Millares.

En el yate. También tocó para Aristóteles Onassis que hizo escala en la Isla. «Estaba yo en el salón del yate, con Sr. Wiston Churchill sentado a mi derecha, que me observaba con su guayabera, su puro y colorado como un pimiento, del whisky, me imagino, y Maria Callas, escuchándome de pie, asombrada del sonido que salía de aquello tan pequeño», explica sobre aquel insólito recital.

El torpe y el mañoso. El joven Totoyo también tocó para Gregory Peck cuando estuvo en la Isla rodando Moby Dick. «Era un tipo malcriado y Paul Newman todo lo contrario. Además sabía tocar el banjo, cogió el timple y enseguida empezó a tocar», relata Millares. Sin embargo, Peck tenía las manos torpes. «Cuando estuvo aquí, tuvo la estupidez de coger un piano de cola de la habitación del Hotel de Santa Catalina y tirarlo al jardín. No tenía talento ninguno», sostiene. La Casa de Colón tiene, gracias a Millares, un timple firmado por Picasso que llevó a Francia su amigo Plácido Fleitas.

48.000 alumnos. Según Millares, esa es la cifra de aprendices de timplista que tomaron clase con él. Desde José Manuel Soria a Juan Fernando López de Aguilar, cuenta el intérprete, que va por la calle saludando a sus exalumnos.

Fundador de Los Gofiones. Millares fue el primer director de Los Gofiones, que se creó en 1969, ocho meses después que Los Sabandeños, un proyecto fraguado por Enrique Martín El Peta. «Era el alma del grupo y se le ha querido enterrar después de muerto», dice sobre el creador de la parranda lagunera que, opina, «no es la sombra de lo que fue». Mejor suerte ha corrido Los Gofiones con Víctor Batista. «Es un director extraordinario», dice.

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