Saliva contra las desapariciones

«Lo que haga falta». Así respondió ayer Celestina Lorenzo Arencibia (Firgas, 1928) cuando se le preguntó si aceptaría que se le hiciera una foto mientras se sometía al proceso de extracción de ADN. Celestina es hija de uno de los 18 desaparecidos en Gáldar en la guerra civil.

Celestina Lorenzo y otros 23 familiares de desaparecidos respondieron ayer a la convocatoria de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas (AMHA) y acudieron a la cita con el genetista José Pestano en Gáldar. Los 24 proporcionaron una muestra de saliva, de la que se extraerá el ADN. Puede que alguna de estas muestras sirva para identificar a alguno de los 24 restos humanos extraídos del pozo del Llano de las Brujas (Arucas) o a otros que se exhumen en el futuro de otras fosas clandestinas de la guerra civil en Gran Canaria.

La AMHA y los historiadores que colaboran con ella tienen constancia de 18 desaparecidos en Gáldar a consecuencia de la represión franquista. Por testimonios orales, se cree que muchos de ellos fueron arrojados al pozo de Tenoya, pero no se descarta que alguno de ellos pudiera formar parte del grupo asesinado en Las Brujas.

«Ellos murieron, pero detrás quedaron las familias», afirmó ayer en Gáldar Pino Sosa, presidenta de la AMHA e hija de desaparecido. Sosa se refiere al sufrimiento que vino después. Algunos de los que quedaron tras la desaparición del cabeza de familia aguardaban ayer, 73 años después, a que una pizca de saliva sirviera por fin para saber la verdad. Entre los que acudieron a la cita estaba Prudencio Pérez Vega (Gáldar, 1919), hijo de Prudencio Pérez Perdomo, desaparecido. Y también Manuel Ríos Quesada, de 73 años, que tenía 9 meses cuando mataron a su padre, Manuel Ríos Santana.

Como decía Pino Sosa, les quedó el sufrimiento. «Mi madre se vistió de negro cuando mi padre faltó y así se murió». Celestina Lorenzo Arencibia habla de Rosario Arencibia Marrero, su madre, que murió muchos años después de aquella noche terrible, a los 73. Celestina explica qué fue de su familia.

Manuel Lorenzo Déniz era panadero y secretario de la UGT de Firgas. Tenía 33 años - «un niño, fíjese», apunta ahora su hija-, cuando se lo llevaron. Dejó cuatro hijos. Celestina era la tercera y tenía ocho años. El más pequeño era un bebé de meses.

«Tuvimos que irnos a trabajar al sur, porque mi madre tuvo que dejar la panadería. Ella solita no la podía llevar. Me río cuando hablan de crisis... crisis la de entonces», apunta.

Aquella noche, Rosario salió tras el marido y, con una amiga, caminó hasta Arucas por una acequia que transcurría entre los dos pueblos. «Fue a la policía a preguntar por mi padre y se lo negaron, ya lo habían llevado a los pozos». ¿Sabe a cuál? «No».

La familia se mudó a Arinaga, a una casita en las salinas junto al mar. Con ocho años, la niña Celestina se encargaba de su hermano de meses, porque Rosario salía a las 6.00 de la mañana a trabajar en los tomateros y no volvía hasta las nueve de la noche. «Entonces se trabajaba de sol a sol. Yo nunca he sido una niña, siempre he sido vieja, no tuve niñez, ni infancia, ni pubertad ...»

Después, la madre entró a trabajar en la casa de un doctor que consiguió hacer realidad el sueño de Celestina, que era «estar en un centro y estudiar». Vivió interna en el colegio de Lomo Apolinario Nuestra Señora de los Ángeles, de las hermanas de la Caridad. Entró a los 11 años y salió a los 18. «No tenía 20 cuando me casé y ya tengo cinco biznietos». Ahora, a los 80, Celestina está viviendo lo que no le dejaron vivir. «Allí, en el colegio de Lomo Apolinario estudié mucho, pero sigo estudiando de todo. Tengo montones de títulos, graduado social, de ordenador, de cocina, de taquimecanografía ... ». A las 5.30 ya está en planta, porque también hace deporte.

Rosario siguió esperando a Manuel durante toda la vida y ahora su hija Celestina dice que encontrarlo y enterrarlo junto a ella y a su marido sería «una lotería, la mayor alegría del mundo».

[Texto íntegro, este jueves, en la edición impresa].