Sabotaje al montaje, un artista consagrado en la calle

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

Sabotaje al montaje por fin se siente algo más libre. Después de 26 años pintando en paredes de todo el mundo, el artista -cuyo verdadero nombre es Matías Mata- al fin puede poner sus condiciones a encargos que no son de su gusto. Lo ha conseguido tras recorrer un camino lleno de obstáculos, los propios con los que se encuentran los grafiteros. «Durante 23 años he sido un mercenario del arte para no tener que irme de las Islas. Si me hubiera ido, habría sido más fácil. Probablemente mi trabajo más personal ha avanzado de forma más lenta por haberme quedado aquí», dice el creador.

Un ejemplo de ello lo sufrió hace unos días. El artista vino a Gran Canaria a impartir un taller de grafiti organizado por La Regenta. Justo horas antes de que empezara el proyecto, el Ayuntamiento de la capital grancanaria informó de que no autorizaba la realización de un mural en la fachada solicitada, la tapia que rodea la comisaría de la Policía Nacional de La Isleta. Finalmente, el proyecto se ha realizado en otro lugar; un muro de un solar la calle Presidente Alvear que será derribado cuando empiece la construcción de un edificio. «El grafiti sigue siendo algo ilegal en Canarias», comenta el creador. «Cualquier artista -abunda- tiene problemas con la policía. No se entiende que el espacio público sea de todo el mundo, no solo del Ayuntamiento», apunta el pintor lanzaroteño, criado en Escaleritas y que lleva 15 años viviendo en Tenerife. «Allí la problemática es la misma. Aunque te suelen dejar pintar, hay más diálogo con la policía. Los puedes convencer de que estás pintando en un muro abandonado, que no estás haciendo daño a nadie, ni a un propietario ni a una empresa, pero no hay respeto hacia esta disciplina artística», subraya Matías Mata. De hecho, según explica, pintar un edificio entero con uno de sus murales «está pagado al mismo nivel que si lo pintara un señor solo de blanco», lamenta el artista al que no le queda más remedio que aceptar esa realidad. «Lo hago porque crecí aquí y me he quedado en Tenerife. Siempre, con altibajos, van saliendo cosas», cuenta el artista que ha hecho de su arte su medio de vida, algo extraordinario en Canarias. «Yo no esperaba vivir del grafiti. Terminé la carrera de Bellas Artes hace 30 años y empecé a pintar locales. En 2002 y 2003 empezaron a invitarme a festivales», explica el creador que, en estos 26 años, ha atravesado épocas complicadas «como todo el mundo que intenta vivir del arte en Canarias». Mata, además, se queja de las personas que tienen su medio de vida en otra profesión y luego compiten con los creadores profesionales. «Están frenando la estructura laboral del arte porque abaratan el mercado», afirma respecto a estos creadores que practican el arte como un hobby.

Los artistas urbanos solo gozan de consideración cuando entran a los museos y son asumidos por el mercado del arte. Un fenómeno añejo que se viene produciendo en Estados Unidos desde los años 80 y que tuvo como uno de sus ejemplos a Jean-Michel Basquiat. «Conocí a Daze, un amigo suyo, que me contó cómo paso de ser pobre a ser rico. Muchos artistas se volvieron yonquis porque se dejaron llevar por la lujuria, el dinero y el glamour. Solo algunos pudieron digerir aquello», explica Mata que en 2014 coincidió con el pionero estadounidense del grafiti trabajando para el Museo de Arte Público de Baton Rouge, en Luisiana.

En este proyecto, Sabotaje al Montaje pintó, a mano alzada, fachadas del barrio con los rostros de algunos vecinos para este museo promovido por una sola persona -un dentista- con el objetivo de devolver la autoestima a una comunidad aún traumatizada por el efecto del huracán Katrina (2005).

Recientemente también pintó en una fachada de tres plantas al vecino más longevo de Penelles, un pueblo de Lleida de solo 400 habitantes.

Otro de sus trabajos recientes ha sido Tanausú, en la casa de la cultura del municipio palmero de El Paso. Se trata de un retrato de 12 metros de alto por 7 de ancho en el que aparece un aborigen con el cuerpo formado por la flora autóctona de La Palma, excepto la cabeza. «Ha dado la vuelta al mundo. Esta obra se ha incluido en los mejores portales de arte urbano del mundo», reconoce orgulloso.

También destaca entre las obras que ha realizado últimamente la recreación de El Correíllo, realizada en la terminal de cruceros de Puerto del Rosario. «Es el más grande que he hecho. Es un mural de 900 metros cuadrados que hicimos durante 25 días entre dos personas. Ha tenido impacto a nivel nacional. Fue una locura», cuenta.

Dos jóvenes construyendo un pueblo canario, pintados en una pared medianera de 12 metros de alto por 20 de ancho, en Puerto del Rosario, o los retratos de Benito Pérez Galdós que cubren dos edificios de la calle Zaragoza, en la capital grancanaria, son otros trabajos realizados en los dos últimos años.

«Solo me falta tener obra en La Gomera y en El Hierro para estar en todas las Islas», comenta sobre sus murales enmarcados en el hiperrealismo y el retrato. Aunque, últimamente, se está sumergiendo en las geometrías abstractas de colores psicodélicos.

«Todos los que venimos de la calle, pintamos a mano alzada», explica el artista que ha sido capaz de pintar fachadas de edificios de cinco plantas durante festivales que solo duraban dos o tres días. «Hay que pintar durante, al menos, diez horas al día. Solo paras de trabajar para comer, saludar a otros artistas, y vuelves a la grúa», explica.

Este año, su técnica a mano alzada se ganó el respeto de los grafiteros locales de Miami, que pintan sobre los trabajos de la mayoría de los artistas internacionales invitados al festival Street Art Miami. «La ciudad se convierte en un centro comercial del mural. Hay artistas que incluso pagan por pintar muros. Se hacen cientos de murales y la gente de allí que hace grafiti, el último día, los tacha todos, menos los hechos con spray y a mano alzada. Estoy orgulloso de que otros artistas respetaran mi trabajo», explica sobre su participación en el evento de Miami que, según cuenta, se convierte en una lucha a cielo abierto entre los artistas locales y los internacionales. «El grafitero ilegal pinta sobre los murales hasta de día y la policía no sabe quién es quién», relata sobre esta experiencia que compartió con otros artistas urbanos canarios como Iker Muro y Txemy.

Mata sigue viviendo momentos de tensión. Se los proporcionan las vallas publicitarias vacías, algunas de ellas ilegales, en donde interviene con pinturas textuales con un mensaje social o político. «Son intervenciones ilegales que no firmo. Las hago para que mi sangre fluya, para volver a la infancia», confiesa el artista que en dos años ya suma cien actuaciones de este tipo. La última, de hace solo tres días, está en el barranquillo de Don Zoilo, donde pintó en una valla la palabra EMBESTIR, refiriéndose a la investidura de Rajoy. «Te da mucha adrenalina. Solo tienes cinco minutos para que no te pillen. Lo hago de día. Pinto solo y voy con alguien que vigila», cuenta el artista que solo ha sido detenido una vez. «Fue en 2001. Pasé por el calabozo por pintar un paso de peatones de colores», comenta Mata, que recuerda que el año pasado se pintaron de este modo algunos pasos de cebra en Madrid.

Mientras en las Islas no se promueve este tipo de manifestaciones artísticas, Mata ve cómo en ciudades como Berlín, Lisboa o Kiev, el arte urbano está tomando un gran protagonismo, al igual que en ciudades latinoamericanas, sobre todo de Chile y Paraguay. «Aquí se pintaron muchos murales, pero los más políticos fueron desapareciendo por la alineación social que se produjo en torno a lo cívico. El espacio público ahora solo es un lugar de tránsito. No vivimos los espacios y el poder político se piensa que la ciudad es de ellos», lamenta el grafitero dispuesto a ir conquistando nuevos territorios para los futuros artistas.