Pregón de las fiestas del Pino

29/08/2015
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"La Virgen del Pino: luz y camino"
1.
Sra. Alcaldesa del Ilustre Ayuntamiento de Teror, Sr. Presidente del Excelentísimo Cabildo de Gran Canaria, Sr. Cura Párroco de la Basílica de Nuestra Señora del Pino, autoridades civiles y eclesiásticas, vecinos de Teror  y Gran Canaria, amigos, familia, buenas noches.
Es un gran honor para mí haber sido invitada para dar el pregón de las fiestas patronales de este año 2015. Un honor que, como es natural por ser este un año de elecciones, debo a la Corporación anterior. A esta, por tanto, debo agradecer de forma especial el ofrecimiento. Me considero una  profesional de esta Villa, que siempre ha  mantenido predilección por los hijos de este pueblo, asesorando y aportando soluciones, dando servicio y gestionando respuestas. Estoy muy agradecida por la oportunidad. Muchas gracias por las muestras de cariño y afecto que tanto mi familia como yo  hemos recibido  por parte de ustedes durante estos últimos meses. Es un privilegio que valoramos profundamente.
He sido educada y criada en este pueblo que, también, me vio nacer. Aquí compartí mis vivencias, con gran parte de los que se encuentran presentes en este día de San Agustín.
Quiero comenzar mis palabras recordando, con cariño y respeto, a dos personas que ya no están entre nosotros (nos han dejado en el último año), en particular por haber sido también pregoneros de estas importantes fiestas. Me refiero a don Antonio Castellano Auyanet, presidente de Unelco entre 1985 y 1996 (que, como muchos saben, es la empresa donde trabajo desde hace 25 años), y a don Manuel Caballero Herrera, médico estomatólogo, Hijo Predilecto de esta villa, con cuya familia me unen lazos estrechos, ya que con sus hijos compartí juegos y estudios desde mi infancia.
Cuando me propusieron trasladar el mensaje de abrir la Fiesta sentí desconcierto, compromiso, responsabilidad y emoción. Por ese orden. Era un encargo imprevisto. ¿Cómo ser capaz de cumplir con las expectativas de todos? ¿Cómo hacer frente a la responsabilidad de la tarea encomendada? En mi memoria se aglutinaron, de repente, una gran cantidad de sentimientos  y recuerdos. 
Fundamentalmente de eso les hablaré esta tarde. De sentimientos, emociones y recuerdos. Y de los más antiguos, los que han quedado acumulados como los posos del té en un rincón de la memoria y que esta oportunidad ha permitido reavivarlos. Los de mi infancia. Gracias a este encargo he podido volver a revivir las sensaciones de una niña para quien la llegada del verano era el preámbulo de la fiesta. Días de muchos nervios y acontecimientos compartidos con amigos y familia, con la Virgen del Pino como estandarte en el que reconocernos. Una niña para la cual la Basílica, la alameda, el parque Teresa  de Bolívar, la plaza y alrededores fueron el escenario de encuentros, camaraderías, convivencias y tertulias. Lo son, lo seguirán siendo.
2.1.
El pregón es un capítulo imprescindible en la historia de los pueblos. Los de las fiestas de Nuestra Señora del Pino datan de 1948. Con antelación al 8 de septiembre, desde Teror y desde la prensa se anunciaban las fiestas. La iniciativa  del Cabildo de Gran Canaria de patrocinar oficialmente las fiestas del Pino, dado su carácter de principales de la isla, le dio auge y encauzó el fervor de todos los canarios por nuestra patrona.
La función principal del pregonero es dar brillo al acontecimiento, es el primer acto oficial de la fiesta. Anímense todos, vecinos, visitantes y peregrinos a disfrutar. Y cumplan las promesas que durante el año le han ofrecido a nuestra Madre, La Virgen.
La Virgen del Pino ha sido durante siglos, principal referencia espiritual de muchos canarios. Para mí también lo es. Su luz ha unido procedencias diversas, culturas diferentes, todo tipo de edades y géneros. La Virgen da luz, esperanza y fortaleza. Para muchos es el aliciente que necesitan para luchar por lo que creen, hasta las últimas consecuencias, en las situaciones más difíciles. La Virgen es refugio, amparo y protección. Su misericordia no conoce límites.
2.2.
En mis recuerdos de niña, la fiesta del Pino son los preparativos que la preceden. Se les dedica mucho tiempo, trabajo, detalle, cariño, amor. Todos unidos por un destino: la Virgen. Y no se improvisa nada. La mujer, madre, esposa, compañera, toma el papel fundamental. Es la protagonista de esta bonita película con final feliz, la auténtica directora de orquesta.
Todo pasa por su mano, personas, comida, indumentaria, dinero. Las madres fomentan la participación, el compromiso, compartir, ofrendar, hacen que nos sumerjamos en el corazón de la fiesta. La madre gestiona los recursos, organiza, planifica. Mucha disciplina y más control con un único objetivo: ver cumplidas las expectativas de cada unos de los visitantes, adelantándose a los contratiempos. En los preparativos la comida tiene también un papel fundamental. Todavía recuerdo los viajes a la Fuente Agria, antes y durante la fiesta,  años más tarde cuando el camión dejaba el agua en casa y mis hermanos, mirando por la ventana, se preguntaban dónde  se dejaban más cajas, si en nuestra casa o en la tienda de Esperancita.
Las madres nos mandaban a hacer recados y eso nos permitía estar en la calle. Era la disculpa perfecta para que una niña curiosa disfrutara de la sensación de fiesta, de la gente, de la música, de los olores, de ver cómo se colocan las guirnaldas, las flores, las luces. Cómo de la noche a la mañana aparecían los puestos y, entre estos, el que no debía faltar, el de artesanía, donde era obligado comprar  algún cesto, algún farolillo  o alguna escoba de las de barrer las azoteas. Cuando te mandaban a hacer un recado siempre te enredabas con excusas para alargar la vuelta. Salías a las diez de la mañana y regresabas a la hora de comer.
Desde antes del verano comienzan los trabajos. Se pone la casa a punto. Es el momento de pintar, barnizar y renovar con la vista puesta en el 1 de septiembre, Día de la Subida de la Bandera en la Basílica. Ese primer día de septiembre, a las 12 horas, el repique de las campanas y el estruendo de tracas y voladores son la señal para correr al balcón a dar un último retoque a los paños colgados. En la plaza, vecinos, peregrinos y turistas se agrupan para ver ondear la bandera blanca con su pino. La Calle Real de La Plaza, patrimonio histórico, luce sus mejores galas. Se respira festividad. Empieza la semana grande. Todo es consecuencia del trabajo de la gente de Teror y sus instituciones.
Durante las fiestas, La Madre, La Virgen del Pino nos ha preparado muchos días de acoger y compartir. Los Días de la Bajada de la Virgen, 7 y 8 de septiembre, son jornadas de romería y procesión, las de mayor afluencia de visitantes. La casa se convierte entonces en lugar de encuentro, descanso y refresco. Le siguen los días conocidos por la Novena, el día del regreso de la Virgen al camarín y, finalmente, el día de la Verbena Canaria como cierre de la fiesta. Era un mes completo de celebraciones.
Siempre llamaron mi atención los peregrinos. Vienen a ver a la Virgen durante todo el mes de septiembre como una marea incesante. “¿Por qué son tantos?” me preguntaba de niña, “¿cuáles son sus motivos?”  Aprendí la diversidad de senderos que los traían aquí. “Todos los caminos llevan a Teror”, dice la copla. El camino del mar,  el del norte, el de la Cumbre, el sendero de Pino Santo, el de la Hoya Alta, el de La Laguna.  Cuando llegan, suspiran, respiran. “Ya estoy aquí”, parecen decir. Cuando alcanzan la calle principal, la Basílica les da la bienvenida con sus puertas abiertas de par en par. 
Hasta no hace mucho podíamos ver peregrinos que llegaban de rodillas al pie de la Virgen, con pañuelos para amortiguar el dolor y protegerse de las heridas y el polvo del camino. Otros dejaban los zapatos que habían usado para andar (alpargatas y zapatos estropeados) en algún rincón a la entrada del pueblo. Allí se ponían los nuevos, porque ante nuestra Madre La Virgen había que presentarse de forma digna, con respeto y consideración. A mis ojos de niña le llamaban la atención que en sus rostros no se reflejara el cansancio acumulado. Todo lo contrario, sus expresiones eran de dicha y satisfacción.
Todos los caminos llevan a Teror…. y apuntan hacia la Cruz de la Hoya Alta. Es la brújula, el faro que señala el camino. Hoy en día contamos con dos cruces y cada una con su historia, la primera fue instalada a finales del siglo XIX por indicaciones del Papa León XIII. Sus maderos fueron llevados a hombros. Fue bendecida el 1 de Enero de 1901. Años más tarde fue sustituida por un lado para conservar la original (en la actualidad se encuentra en el jardín de la casa de la cultura) y por otro lado para renovarla por otra  que al menos, dure otro siglo.  La segunda Cruz , La Cruz Mayor, luz guía de senderos  para los romeros data de 1950, a iniciativa de Néstor Alamo cuenta con una estructura metálica y un nuevo sistema de luminarias. Así se aseguró la llegada de peregrinos también de noche. Para los terorenses la Cruz de la Hoya Alta es motivo de excursión, disfrute y oración. ¿Quién no ha subido alguna vez? Nosotros partíamos de la plaza del pueblo hacia el Chorrito, por el barrio del Pedregal alcanzábamos el sendero de la carretera de Teror con San Mateo. Cruzábamos la calle y tomábamos el camino de subida a la cruz, dejando a la izquierda la finca de la Agujerada. En dos horas aproximadamente  estábamos arriba.
Para participar de los actos se preparaba la vestimenta con antelación. Primero la necesaria para la Bajada de la Virgen. Es el día de apertura del programa religioso, un acto especialmente emotivo. Ropa de los domingos, como se decía antiguamente.  Desde la víspera notas que sucede algo importante. La camarera de la Virgen y el párroco tienen el honor de vestirla eligiendo en su ajuar de más de diez trajes y mantos. Aprovecho aquí para resaltar, como indica el cronista de la Villa, Jose Luis Yánez, que quien les hable tiene el honor de descender del capitán Blas de Quintana, casado con Isabel Pérez de Villanueva, quienes se consideran primeros pobladores de la Villa Mariana, el primer patrón y la primera camarera de Nuestra Señora del Pino.
Unos de mis trajes preferidos es el manto verde confeccionado por Francisco Herrera y Juan Carrasco en 1980. ¿Quién no recuerda verles bordar en el  taller de la sacristía?. Solicitaron la tela a Francia y realizaron una réplica  del que se estrenó para la Coronación Canóniga  de la imagen en 1905,  encargado por doña Maria del Carmen Bravo de Laguna, camarera de nuestra Madre La Virgen  con motivo del 75 aniversario de  dicha Coronación.
Elegido el traje, la camarera de la Virgen y el párroco la visten.  El momento exige máximo respeto y extrema intimidad.  La Virgen se prepara para una aparición en todo su esplendor.
"Ante el solio de luz esplendente
Donde llena de gloria te vemos
Deja ¡Oh Madre! que alegres cantemos
inflamados los pechos de amor."
La Bajada de la Virgen son miles de personas. Recuerdo ese momento de forma especial por poder participar. Subía en silencio a la tribuna por las escaleras de caracol, estrechas y oscuras. Allí se encontraba  el organista y el coro, formado por parte de la familia Álvarez. La Virgen en el camarín comienza su bajada al altar mayor. Esa Bajada simboliza su cercanía. Son  minutos especiales, emocionantes, reconfortantes. El olor a incienso lo inunda todo. Dicen que lo que se le pide a la Virgen en este momento se cumple.
"¡Oh Madre Querida!
nuestra luz siempre has sido y consuelo pues nos muestras la senda del cielo
y mitigas la cruz del dolor."
"Haz que siempre nos cubra en la vida
de tu pino el verdor sacrosanto y hasta el cielo nos lleve tu manto
con su dulce y materno calor."
Por otro lado, estaba la vestimenta típica, la del día de romería, que celebraríamos unos días más tarde. Prepararla conlleva  hacer arreglos, ajustar, buscar complementos, almidonar. También se confeccionaba alguno nuevo, en cada familia según sus necesidades. En la mía somos seis. De jovencita, recuerdo ir con las amigas a comprar las telas, diseñar el traje y buscar quien nos lo cosiera. No solo el vestido para la romería, sino también para la Verbena Canaria, que se celebraba el último sábado de septiembre. Vestido que aún continua en casa y es usado por la siguiente generación.
En mi primera romería tendría 7 años. Vestí un traje precioso, diseño del pintor Néstor, falda de paño roja y sobrefalda de hilo azul celeste, el pañuelo del mismo color que el de la sobrefalda por ser morena, para que favoreciera. Me llevaron al barrio del Castañero Gordo y me subieron a lomos de un burro. Llevaba un ramo de lluvias en el regazo que debía presentar a la Virgen. En la comitiva, me encontraba sobre el burro entre el ganado de ovejas y los camellos.  Todo iba bien, hasta que llegamos al puente. Noté al animal nervioso. En ese momento sentí que saldría disparada al barranco si perdía el control. Nadie se daba cuenta de mi angustia. Cerré los ojos y pensé: “Si voy a llevar este ramo de flores a la Virgen, seguro que llego bien”. El burro aguantó el tipo. No me caí al barranco. Dos años después, ya disfrutando de las fiestas en la carroza y con mantilla canaria, aquel traje precioso había pasado a mi hermana.
Tras la romería comienza el Día Grande. La noche anterior se anuncia con fuegos artificiales. El pueblo despierta remozado, el equipo de limpieza ha hecho un gran trabajo, hay que levantarse deprisa para recoger la casa, reconvertida en un  albergue para la ocasión. Hay que estar listos para recibir, en poco tiempo empezará la misa y la procesión. Y el balcón será el protagonista de la casa.
Aún hoy me veo asomada a la ventana, viendo gente con sus sillas en las aceras, el turronero con su sombrilla y la típica caja de madera, fijándome divertida en alguno sin gafas de sol y cara de no haberse ido a dormir,  abriéndose paso entre el gentío para llegar a su casa lo antes posible. Equipos de seguridad y protocolo, Cruz Roja, Protección Civil, municipales. Todos pendientes de todo. Y los soldados en estado de revista a la espera de las autoridades militares y civiles. Aquello era un ir y venir de señores y señoras engalanados, buscando su lugar ante la inminente llegada del representante de la Casa Real. Se rinde honor a la bandera y se rompen filas. Desde el balcón esperas a que el Obispo de la Diócesis de Canarias se acerque a la puerta de la Basílica. Sabes que es la señal para que se inicie la concelebración de la Solemne Eucaristía.
A medida que sale la Virgen, la expectación en la calle va en aumento. Hace calor,  las horas de espera han provocado desmayos. Por fin asoma el trono y, en él, la Virgen, parece que nos estuviera mirando. Comienza la procesión, el casco histórico le abre paso. Políticos y militares escoltan a nuestra venerada Madre La Virgen del Pino. Las señoras de Teror, ataviadas con la mantilla canaria, también tienen un lugar en el séquito. Y no falta el regimiento con su banda de cornetas y tambores. La salida y la entrada de la Virgen son los momentos más esperados. El ambiente es de algarabía, hay un estruendo de aplausos y vítores, repican las campanas. En ese momento te das cuenta de que vives en un lugar privilegiado. Y poder compartirlo es una inmensa alegría.
Los días de fiesta continúan. Se conjuga lo lúdico y lo religioso. La Novena congrega  básicamente a los vecinos de Teror y  a aquellos creyentes que se acercan a la Basílica a pagar la promesa de agradecimiento al favor concedido por nuestra Madre La Virgen del Pino. Es un acto sereno y muy especial por tradición y fe. La Novena, además, nos marcaba los horarios de vuelta a casa. “Nos vemos a la salida de misa” o “Cuando las campanas den las nueve, ¡a casa!”. No teníamos móviles, las tecnologías de entonces se concentraban en el reloj de la iglesia y sus campanas. Y así pasan los días, entre idas y venidas del puente a la alameda, de los banquitos, frente al hotel Royal ,al banco redondo. Nos preparábamos para la Verbena Canaria, el equinoccio de otoño estaba a la vuelta de la esquina, el día y la noche empezaban a coincidir.
No solo íbamos a la Verbena Canaria, sino que la preparábamos. Allá a finales de los años 70 del siglo pasado nos organizábamos para habilitar y engalanar la alameda desde varios días antes. Se unían varias generaciones. El trabajo era en equipo, pero cada uno con su misión. El día de la verbena atendíamos los puestos de tapas y bebidas y también nuestro favorito, el de los telegramas, que permitía hacernos bromas y hasta alguna declaración amorosa anónima. Este trabajo que señalaba el final de la fiesta reforzaba el sentido de pertenencia a la comunidad terorense. Unos días después nos íbamos de excursión, recuerdo la de  Los Llanos de la Pez.  Los lazos de amistad se han mantenido a lo largo del tiempo.
2.3.
No quiero finalizar estas palabras sin hacer referencia a otros recuerdos memorables. Por ejemplo, el que se remonta a la noche del 16 de enero de 1975, fría y oscura como todas las noches de invierno. Silencio absoluto, en la plaza ni un alma. Salí a un recado hacia la cercana casa de mi abuela, en la misma calle Real de La Plaza. Ese día me paré al pasar por la esquina y volví la mirada hacia la plaza y la iglesia. Algo había llamado mi atención. Lo tengo estampado en la memoria porque no era un día cualquiera, mi madre regresaba a casa después de haber dado a luz a mi hermano Pedro. Olvidé aquel pálpito inusual. Al día siguiente corría la noticia: en la madrugada había tenido lugar del robo de la joyas de la Virgen. El impacto se oyó lejos de Gran Canaria.
El delito quedó sin esclarecer. Los ladrones se llevaron un tesoro fruto de la fe y el sacrificio de los canarios a lo largo de siglos. ¿Quién no recuerda el colgante de esmeralda conocida como “la Rana” que tal día como hoy, 28 de agosto, estrenó nuestra Virgen hace 248 años? Para el creyente fue toda una profanación, aunque de todo aprendemos y, el robo no logró dejar en penumbra la propia luz de nuestra Virgen, que siempre ha estado y estará por encima del valor de lo material. La fe no nos la robaron.
2015 es el Año Internacional de la Luz. La electricidad llegó a Teror en 1925. Fue de los primeros pueblos en Gran Canaria. Pero hoy la Basílica luce más. Desde el año pasado cuenta con una nueva iluminación interior moderna, eficiente y segura. Se renovó el cableado, se modernizó el alumbrado interior, se añadieron lámparas  LED. Se restauraron las lámparas colgantes y se legalizó el grupo electrógeno, básico para asegurar el suministro de energía. Todo se ha conseguido gracias a aportaciones de feligreses y empresarios de Teror. La Basílica brilla hoy con más y mejor energía. Transmite sencillez, transparencia, respira la ornamentación, el techo, las columnas, resalta e ilumina el altar mayor.
La fiesta que pregono es la fiesta de siempre,  la fiesta del pueblo, que se adapta  a los nuevos tiempos, que mantiene sus raíces y su identidad. El 8 de septiembre, los canarios, también los que se encuentran lejos, tienen su lugar. Es el día grande, la fiesta de la Virgen del Pino, la fiesta de Teror.
Madre, mujer, señora y patrona, continúa iluminándonos con tu misericordia y generosidad. Y permite que nosotros, aquellos a los que queremos y quienes nos acompañan,  sepamos interiorizar tus valores, tu mensaje de esperanza. Así  seguiremos haciendo de estas fiestas las más grandes de todos los canarios.
¡Sean todos bienvenidos!
¡Viva la Virgen del Pino!