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Castillo en cerrado

Lunes, 10 de febrero 2014, 13:17

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La rehabilitación iniciada en el año 2001 pretendía adecuar sus espacios al «futuro Museo del Mar», decían los pliegos. Los hallazgos arqueológicos aconsejaron un trato delicado cuando ya se habían derribado piezas irrecuperables, cuando la historia enterrada desde finales del siglo XV ya estaba en el vertedero. Los ciudadanos, en su infinita paciencia, contemplaron el ejercicio de parsimonia desplegado por los administradores, los municipales y los del Estado, de quienes dependía una obra que en la última década estuvo más parada que activa. Todo ello sin comentar en detalle los gastos, que duplicaron los 3 millones de euros inicialmente previstos, pagados en silencio por el respetable.

Dicen algunos expertos que uno de los grandes problemas actuales del patrimonio histórico de las ciudades es el afán de los gobernantes de turno por convertirlo en espectáculo, con todo el esfuerzo concentrado en exponer la historia en el escaparate comercial. Algunos incluso llaman la atención sobre el creciente parecido que muestran los espacios señeros de la mayoría de las ciudades, de forma que los visitantes se ven sometidos al mismo patrón de museos, terrazas y souvenirs, con teatro callejero en verano, da igual que lleguen a Mérida o Santander, a Funchal o a Cádiz. Un mecanismo similar al uniforme se impone en el territorio urbano, el visitante apenas puede romper el circulo vicioso que atrapa al turista porque lo que importa no es que dialogue o descubra una experiencia cultural distinta, sino que la consuma.

Si el Castillo de La Luz es la joya de la capital grancanaria, el desdén que se aplica para atraer a vecinos y viajeros ridiculiza los esfuerzos aplicados en su rehabilitación. Cien visitas a la semana obligan a esperar 79 años para que toda la ciudad lo contemple. Y sería un tremendo error creer que la obra de Chirino pendiente de instalar justifica el candado a la memoria colectiva.

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