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Alana no va a crecer en Cho Vito

Alana no va a crecer en Cho Vito

Alana es una bebé vivaracha de dos años y medio y a buen seguro será la desalojada más pequeña de Cho Vito. Ayer jugaba en la casa ya vacía donde ha vivido desde que tenía unos días, ajena al sufrimiento de su madre, sus tíos y sus abuelos; un día más de sufrimiento a la espera de que las piquetas aparezcan sobre el poblado. Ahora esperarán sin comer.

Martes, 13 de noviembre 2012, 00:00

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La pequeña Alana es la muñequita de Cho Vito. Todos tienen que ver con ella, todos le dicen, le preguntan, le hacen bromas que ella responde con un desparpajo para el que apenas alcanzan sus dos años y medio. Ayer ofrecía papas fritas a sus abuelos, Elba y Filiberto, a Tomás, a Antonio... a los seis vecinos que poco antes de las dos de la tarde decidían iniciar un huelga de hambre indefinida para enfrentar la «presión psicológica» a la que, aseguran, los están sometiendo quienes les obligan a abandonar sus viviendas Costas y, luego, no acaban de aparecer a ejecutar el desalojo.

Todos, evidentemente, declinaron la invitación inocente de Alana que, sin darle mayor importancia, los dejaba en la placita de Cho Vito para seguir a su madre «a comer su potaje», le decía Jénifer Cabrera, mientras le daba la mano para ayudarla a bajar los cuatro escalones que dan a la playa, a pocos metros de la casa de la abuela Elba, su casa desde que tenía pocos días.

Alana ha crecido entre la playa de Cho Vito y la casa de Elba, una de las nueve que escapó de la demolición de 2008, pero que esta vez caerá junto al resto. En casa de Elba y Filiberto también ha vivido estos últimos años Jénifer y su hija. Llegaron cuando la niña tenía unos días, justo cuando el padre «se fue» y ella sola «no podía hacer frente» al alquiler del piso en el que vivían. Antes de mudarse, Jénifer solicitó al Ayuntamiento de Candelaria una ayuda social para pagar el piso, «pero no llegaba y nos vinimos a vivir a Cho Vito», relata la madre de Alana, a la que el Consistorio candelariero se niega a empadronar, «dice que por un problema burocrático: porque pedí la ayuda para la otra casa, que no me la dieron, y la iba a empadronar aquí, donde vivimos», explica Jénifer mientras intenta que Alana, que juega en la casa vacía de sus abuelos, se coma el potaje. «Hace unos días que sacamos todo los muebles», dice.

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