Lloyd Austin junto a Joe Biden. / EFE

Biden sacude el avispero del Pentágono

Para confirmar al primer Secretario de Defensa negro el Senado tendrá que aprobar una dispensa

MERCEDES GALLEGO Corresponsal. Nueva York

El péndulo del poder en la Casa Blanca oscila de un extremo al otro. Frente al impulsivo e irreverente Donald Trump que fichaba las caras de Fox, Joe Biden estudia cuidadosamente a los candidatos de acuerdo a sus votantes, solo para descubrir que es imposible contentar a todos. Su elección para jefe del Pentágono se anticipa como la más controvertida hasta el momento.

Biden quiere hacer historia. Su primera apuesta, Michelle Flournoy, hubiera sido la primera mujer Secretaria de Defensa de EEUU, pero sus ánimos belicistas la han puesto siempre en el lado equivocado de la historia -y de la izquierda. La subsecretaria de Defensa de Obama, que sirviese antes en el gobierno de Bill Clinton, defendió arduamente la invasión de Irak, la escalada en Afganistán, la intervención de Libia y la de Siria. En su vida de civil se ha beneficiado de los contactos trabados en el Pentágono con los contratistas del Ministerio de Defensa para hacer dinero.

La tardanza en anunciar su nominación, largo tiempo rumoreada, barruntaba complicaciones, que resultaron en su sustitución por otro fichaje con el que contentar a una minoría y hacer historia. Solo que para poner a un afroamericano al frente de las fuerzas armadas tenía que ser alguien que ya se hubiera ganado la confianza de sus camaradas con una sólida reputación a sus espaldas. Así es como Biden ha llegado hasta el general retirado Lloyd Austin, un hombre tan respetado entre los mandos castrenses como James Mattis, que tiene exactamente el mismo problema que él: hace menos de siete años que dejó las filas.

La ley federal requiere ese mínimo para asegurar el control civil de las fuerzas militares, esencial en una democracia. Por lo mismo, diecisiete senadores demócratas se opusieron en 2017 a la elección que hiciera Trump, impresionado por el mote de «Perro Loco» con el que se conocía al sosegado comandante de los marines que estudiaba las Meditaciones de Marco Aurelio y las enseñanzas de Confucio. El Senado acabó aprobando una dispensa con la mayoría republicana y un buen número de demócratas, porque sabían que sería una voz calmada en el gabinete de un presidente impredecible que, contra todo pronóstico, no desató ninguna guerra, ni con Mattis ni sin Mattis (seis hombres han pasado por el cargo en los últimos cuatro años, aunque solo Mark Espero sustituyó oficialmente a Mattis). Trump era partidario de un Ejército potente con el que disuadir a sus enemigos, pero en su 'America First' no entraba gastar el dinero de los contribuyentes estadounidenses para defender al mundo.

Los que se opusieron a dispensar a Mattis dijeron hacerlo por principios, sin tener nada en contra del general que comandara la I División de Marines durante la invasión de Irak. Ahora esas declaraciones vienen a perseguirles cuando un presidente de su partido pone sobre la mesa otra dispensa, que sería solo la tercera de la historia pero la segunda consecutiva. Incluso quienes la aprobaron entonces enfatizaron que tenía que ser algo muy excepcional que no ocurriera más de «una vez por generación», dijo el senador demócrata Jack Reed, presidente del Comité de Servicios Armados.

Como él, muchos demócratas se enfrentarán al proceso de nominación de Austin atrapados entre la espada y la pared, tras haber defendido a capa y espada la necesidad de un civil para garantizar «una saludable relación» con el cuerpo castrense. Los cuatro años de Trump han acercado a los estadounidenses a escenarios nunca antes imaginados dentro de sus fronteras, con el presidente utilizando al Ejército dentro de sus propias fronteras para reprimir manifestaciones pacíficas. Fue precisamente eso lo que costó el puesto al segundo secretario de Defensa Mark Esper, que se arrepintió públicamente de haber sido parte del operativo con el que se disolvió por la fuerza una manifestación frente a la Casa Blanca.

Con Trump se han pronunciado las palabras «golpe de estado» y «autogolpe» que la prensa estadounidense nunca había utilizado para referirse a la situación política de su propio país. Austin es negro, como el 40% de las fuerzas armadas, siempre en los rangos más bajos, carne de cañón. Oponerse a su nominación podría percibirse como un gesto de racismo que enfureciese a los votantes afroamericanos y al #BlackLivesMatter. Un general en la encrucijada, dispuesto a hacer historia.

Fogueado en mil batallas:

Lloyd Austin, de 67 años, nació en Alabama y se graduó en West Point. Biden le conoció cuando dirigía la Comandancia Central de EEUU (Centcom), donde le llamaban «el general invisible» por su renuencia a hablar en público.

Durante la invasión de Irak fue asistente para maniobras del comandante de la 3ª División Mecanizada de Infantería que disparó contra el Hotel Palestina y causó la muerte del cámara de Telecino Jose Couso y el de Reuters Taras Protsyuk.

Con Obama regresó a Irak para una misión muy distinta, la de organizar la retirada de todas las fuerzas, con tanto éxito que al año siguiente se le nombró en Washington director del Estado Mayor y luego volvió a Irak para sacar el equipamiento militar.