Vox y los demás

LORENZO SILVA

Si el resultado de unas elecciones puede establecerse en atención al cumplimiento de expectativas, y cuando nadie tiene votos para gobernar o reclamar el gobierno no parece un criterio irrazonable, las de este día de San Valentín en Cataluña tienen dos vencedores indiscutibles: Salvador Illa y Vox. Son los únicos a quienes las urnas no sólo han dejado mejor de lo esperado, sino mucho mejor de la situación previa de la que partían.

Lo de Illa es verdaderamente sensacional. Ponerse al frente de unas siglas que venían languideciendo desde hacía años, en dirección hacia la irrelevancia, y convertirlas en las más votadas, sólo es menos impactante que conseguirlo después de haber sido el rostro visible de la gestión de la pandemia en un país que está entre los que han salido peor parados de ella. Se demuestra, y no es descubrimiento menor, que desistir de la polarización y el encono que parecen haberse instalado en el discurso político es una estrategia que tiene rendimiento electoral, y que si encima los adversarios responden a esa actitud uniéndose contra quien la adopta, los resultados se vuelven aún más favorables.

Lo de Vox tampoco es logro menor. Pasar de la inexistencia a ser la cuarta fuerza política en un entorno mayoritariamente hostil –o muy hostil– invita a pensar que la radicalización del independentismo en el último lustro, que no le ha servido para alcanzar ninguno de sus objetivos, sí ha tenido en cambio como resultado, ya constatable, que dentro de la sociedad catalana se consolide una reacción radicalizada que antes no tenía lugar, en detrimento de opciones menos virulentas. Se inaugura así, por voluntad popular, una legislatura en la que el abismo político entre catalanes se planteará en términos aún más viscerales.

Los demás, midiéndose con sus expectativas, no pueden echar las campanas al vuelo. El independentismo tiene escaños para gobernar, como se daba por descontado. Lo que no tiene es manera de salir ni de sacar a los catalanes de la melancolía.