Armas, junto a Luis Ibarra en un acto reciente en las instalaciones de CANARIAS7. / c7

El ejemplo de emprendedor

En su último acto público, en la sede de CANARIAS7, dejó constancia de su oficio, una memoria de antología y fina ironía

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

Hace años -en realidad, unos cuantos-, ante una petición de entrevista a Germán Suárez Domínguez, presidente de Astican, la respuesta fue muy suya: «Yo no tengo nada interesante que contar. Al que hay que entrevistar es a Antonio Armas, el sí que tiene una historia. Es uno de los empresarios más importantes que tenemos en Canarias y mucha gente ni lo sabe». Recuerdo que le dije que a ver si mediaba, porque, efectivamente, Antonio Armas era casi un misterio: sabíamos que estaba ahí, al frente de la naviera que fundó su padre, pero apenas tenía relevancia pública. Evidentemente, Germán Suárez obró el milagro y en aquella entrevista surgió un Antonio Armas sin afán de protagonismo pero con mucha historia a sus espaldas: la de una naviera que jugó un papel determinante en la articulación del archipiélago como un espacio unido, sin islas de primera y de segunda. La anécdota con Germán Suárez Domínguez vino a la memoria hace apenas diez días, cuando desde la entrada de la sede de CANARIAS7 se veía a lo lejos caminar a Antonio Armas. Iba por la acera de la calle Profesor Lozano acompañado de Paulino Rivero, expresidente de Canarias. Acudía el presidente de Naviera Armas a un encuentro organizado por este periódico y que se publicó el pasado día 11, en el marco de un suplemento especial sobre el negocio portuario. Se nos ocurrió sentar, con el recinto del Puerto al fondo, al presidente de la Autoridad Portuaria, Luis Ibarra, y a dos empresarios de fuste. Estaba claro: Antonio Armas y Germán Suárez Calvo daban el perfil sobradamente. De nuevo alguien había advertido que «ojo con Antonio», que no era dado a intervenir en ese tipo de eventos. Pero la realidad fue bien distinta: llegó sonriente, se sintió a gusto y habló largo y tendido. Lo hizo como era él: una persona clara, muy directa, con un bagaje amplísimo y una memoria de privilegio -recordaba el primer furgón que metió en un barco, de qué iba cargado, de dónde partió y cuál era el puerto de destino-. Todo ello lo salpimentaba con un rico anecdotario y con ironía, de manera que en un encuentro ya fuera de cámara lo mismo elogiaba a Luis Ibarra por su gestión que le recordaba que había que bajar las tarifas para que otros puertos no ganasen en competitividad.

En aquel encuentro informativo, Antonio Armas reconoció que lo suyo tenía un punto de 'locura': la bendita y tan necesaria locura del empresario que no para de pensar en cómo progresar, buscando -faltaría más- el beneficio porque para eso arriesga su capital, pero convencido de que si le iba bien, le iría igualmente bien a los que están -estaban-a su alrededor. En ese sentido, sus 'locuras' acabarán siendo estudiadas en alguna facultad de Economía: convertir una empresa local de una mal llamada isla menor en una naviera que no solo se extendió por el archipiélago, sino que saltó a la península e incluso se hizo cargo de lo que fuera Trasmediterránea tiene mérito. Mucho mérito.

Supongo que en ese cielo de los portuarios, ahora Antonio Armas se reencontrará con Germán Suárez y juntos se pondrán a comentar las novedades del sector: los grandes barcos que están por llegar, la irrupción de los nuevos carburantes, el atasco del comercio mundial e incluso los efectos de la guerra de los rusos en la economía mundial...

Desapareció, de manera repentina, un empresario que hizo historia. Deja un legado tan grande como los últimos barcos que compró la naviera familiar y deja la enseñanza de que solo progresa el que es inquieto pero da pasos seguros, al tiempo que se sabe rodear de quienes le asesoren y también quienes le digan en algún momento que no.