Carlos Alcaraz posa con el trofeo que le acredita como campeón del Masters 1.000 de Madrid. / Óscar del Pozo (Afp)

Análisis

La alegría y el buen humor, las armas de Carlitos Alcaraz

El joven tenista enamora no solo por su juego, sino por tomarse la vida con naturalidad y un talante alejado de la gravedad

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

Se niega a que le llamen Carlos. Prefiere Charlie o Carlitos. Y así se refirió a él Alexander Zverev, que sucumbió ante el murciano en poco menos de una hora en la final del Madrid Open. El mundo entero se rinde ante un chaval de 19 años que pronto alcanzará el número 1, como ya vaticinan Nadal, Djokovic y el propio Zverev. Carlitos lo tiene todo y los analistas desgranan sus virtudes con complejos tecnicismos. Pero después de ganar a Djokovic, él reconoció que solo había aplicado lo que le enseñó su abuelo: las tres 'C', es decir, cabeza, corazón y los atributos masculinos que también empiezan por 'C', alusión que algunos pocos han considerado de mal gusto. La mayoría, sin embargo, ha alabado la frescura e inocencia del joven, que se comporta con naturalidad, sin tener en cuenta la repercusión de lo que hace y dice.

Alcaraz deslumbra por un juego versátil y audaz, impensable en un imberbe. Pero seduce, además, porque cae bien. Su desparpajo juvenil, incluso cierto gusto por la picardía, se confirma en cada dejada, en cada globo, pero también en su forma de ser. Dicen que se juega como se es. Y ciertamente, Carlitos despliega una espontaneidad que resulta inconcebible en situaciones tan exigentes. No conozco al abuelo de Carlitos -con el que comparte nombre- pero me atrevería a sugerir que a su infalible receta de las tres 'C', su nieto ha añadido otros dos criterios: carácter y comicidad.

Lo que demuestra Carlitos, fuera y dentro de la pista, es que la épica de las grandes gestas, el abnegado sacrificio y la ambición no están reñidos con el sentido del humor. Es más, como bien sabían tenistas como Jimmy Connors y Martina Navratilova, la risa ayuda a diluir la tensión. Y así, a principios de 2021, Carlitos no tenía empacho en celebrar en las redes el fin de la cuarentena en el Open de Australia con un bailecito gracioso, como los que se marca Joaquín, el futbolista del Betis. Como todo entrenador sabe, el humor es imprescindible para paliar los efectos nocivos de entrenamientos machacones, viajes interminables o las propias rutinas en alimentación y cuidados, que resultan monótonas. Sin embargo, cuando salen a escena, la mayoría de deportistas esconden su faceta humorística, acaso porque alguien les ha dicho que los héroes no ríen.

Hace más de medio milenio, Erasmo de Rotterdam se burlaba del que iba por la vida circunspecto, imperturbable y ceremonioso, como si la gravedad añadiera lustre a su dignidad. Ante un discurso solemne, protestaba: «¿qué le hubiera costado decir lo mismo con un poco de sal y gracejo?». En su 'Elogio de la locura' abogaba por prestar oídos no a los que predican desde el púlpito, sino a los que procuran mostrarnos el lado cómico de la vida, porque encontraba en ellos más sinceridad y lucidez.

La enorme sonrisa de Carlitos, que no se le desdibuja en ningún momento, me recuerda a la de otros deportistas memorables, como Ronaldinho, el último jugador blaugrana ovacionado en Madrid. A «la sonrisa del fútbol» no fue el abuelo sino su madre quien le enseñó las tres reglas de la vida: «Ser feliz, sonreír y nunca hacer el mal al prójimo».

Con 19 años, Carlitos nos inspira no solo por su confianza -otra 'C'-, sino también porque trasmite la alegría por tener la suerte de ganarse la vida y crear una obra perdurable jugando. Tras derrotar al número 1 del mundo en tres horas y media, no se le ocurrió otra cosa que decir: «he disfrutado». Después suscitó en nosotros ternura y una sonrisa, cuando recordó a Juanito al escribir en la cámara: «Un partido en Madrid es molto longo».

Ya en el podio de la final, y después de ofrecer los rituales parabienes al rival y a su equipo en inglés más bien macarrónico, volvió a suscitar las carcajadas en el público: «Voy a hablar en español, que es lo mío». Entrevistado en pista por Álex Corretja sobre sus claves, reiteró lo que repite a sus amigos: por supuesto, el sacrificio y la disciplina son imprescindibles, pero no más que «pasárselo bien» y «disfrutar».

Zverev perdió por su estado de ánimo: salió sin fe, jugó errático y dubitativo, se mostró serio, por momentos desmoralizado, cabizbajo, enfadado ante sus continuos errores. Acabó pidiendo perdón al público por su pobre rendimiento. Tan solo se le vio sonreír cuando en el podio los dos tenistas vertieron sus botellas de champán sobre la cabeza de su adversario y enderezaron un ambiente, proclive a los formalismos. Erasmo hubiera aplaudido.