Carlos Alcaraz levanta los brazos tras ganar el Masters 1.000 de Miami. / AFP

¿Es una chulería que Carlos Alcaraz diga que va a por un Grand Slam?

La determinación del joven tenista representa la cultura del esfuerzo, mientras para otros es signo de ensoberbecimiento y falta de realismo

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

Después de ganar el Masters 1.000 de Miami, con tan solo 18 años, Carlos Alcaraz ha dicho que es un chico normal, que la victoria y el premio (1,2 millones de dólares) no le van a cambiar y que no tiene miedo a decir que va a por un Grand Slam. Por las primeras declaraciones, el chico ha recibido todo tipo de parabienes, pues apelan a la humildad, la sencillez y a no creerse más que nadie. Sin embargo, explicitar su propósito de alcanzar este año la cima del tenis mundial ha suscitado comentarios en las redes y las tertulias deportivas: ¿No es demasiado joven? ¿Es un signo de prepotencia intentar emular al mismísimo Nadal que también ganó su primer Masters 1.000 con 18 años y conquistó Ronald Garros dos días después de cumplir 19?

La ambición no goza hoy de buena prensa. En la Universidad, escucho una y otra vez que los jóvenes están sometidos a demasiada presión, que la competitividad es esencialmente tóxica, que hay que enseñarles a aceptar sus propios límites, que no deben obsesionarse con el Sobresaliente y que es preciso cultivar la compasión y la comprensión con uno mismo cuando las cosas salen mal. Tal vez los mensajes tengan algo de razón. Pero lo que me disgusta es no oír nada sobre la otra cara de la moneda: que intentar superarse cada día supone una maravillosa aventura, que uno llegará más lejos si se fija metas difíciles, que en la vida no es obligatorio hacer cosas extraordinarias, pero sí al menos intentarlo, y que algunas de las figuras que más han inspirado a la humanidad lucharon apasionadamente por alcanzar lo que otros desdeñaron por imposible.

En el siglo I a. C., los viejos senadores romanos dijeron que Pompeyo era demasiado joven para aspirar a la máxima honra que un general podía soñar: procesionar triunfalmente por las calles de Roma después de una sonada victoria. Lo logró no una, sino tres veces, en otras tantas memorables batallas en África, Europa y Asia. Le criticaron porque en su primer triunfo —cuando contaba con tan solo 24 años— no solo se comparó con el gran Sila, sino que dijo que «los adoradores del sol naciente son más numerosos que los del poniente». Cierto: el poderío de Sila decaía, mientras Pompeyo no solo creció, sino que acabó superándole en gloria.

Ni los militares, ni las guerras, gozan de prestigio hoy en día. Pero, aunque algunos conflictos —como la invasión rusa de Ucrania— resultan execrables, nos recuerdan que la guerra es la norma en la historia, y en ellas el hombre ha aprendido algunas de las verdades que después ha aplicado a otros ámbitos. Douglas MacArthur, comandante de las fuerzas aliadas en el Frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, hablaba de la juventud como un estado de ánimo, una actitud: «Eres tan joven como lo sea tu fe, tu confianza en ti mismo, tu esperanza. Eres tan viejo como tu temor, tus dudas, tu desesperanza».

Sé que citar en clase a un militar un tanto arrogante no es lo que uno espera de un profesor contrario a todo tipo de violencia. Pero me digo que merece la pena hacerlo para contrarrestar la corriente dominante de conformismo y sobreprotección a la que se ven expuestos los jóvenes. De la misma manera, y excusado por las excentricidades a las que están acostumbrados mis alumnos, a veces me tomo la libertad de escribir en la pizarra alguna frase que me voy encontrando en mis lecturas. Como la de Castiglione: «Demasiada sensatez en los jóvenes es mala señal». O de Nietzsche: «Siempre que un hombre se eleva, los que no saben volar procuran empequeñecerle». Amparado en la convicción de que a veces es más importante estimular y provocar a los alumnos que instruirles, les digo —antes de un examen— que prefiero a un joven embriagado de ilusión que a otro paralizado por la prudencia, que sean valientes y originales, que se atrevan. ¿Cuándo, sino a la edad de Carlitos Alcaraz?

De vez en cuando surge un joven deportista, osado e intrépido, dispuesto a volar hacia lo más alto, como en otra época hicieron otros héroes que merecieron triunfos imposibles. El próximo día, cuando hable en clase de Pompeyo Magno, escribiré en la pizarra, mientras proyecto la imagen del general romano, lo que él habría dicho hoy: «Voy a por un Grand Slam».