Jordi Ribera, durante un partido con los Hispanos en el Mundial de Egipto. / AFP

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Jordi Ribera, un hombre tranquilo dedicado en cuerpo y alma al balonmano

El seleccionador español, un sabio del 40x20, vive el momento cumbre de una carrera construida a golpe de trabajo metódico

José Manuel Andrés
JOSÉ MANUEL ANDRÉS Madrid

Todo en la vida de Jordi Ribera rezuma balonmano. Hasta la localidad que le vio nacer en 1963, el municipio gerundense de Sarrià de Ter, respira las esencias de este deporte por los cuatro costados. Con poco más de 5.000 habitantes, la cuna del seleccionador español presume de contar con la Unió Esportiva Sarrià, un club que actualmente milita en la División de Honor Plata, la segunda categoría del balonmano español, y que cuida con mimo su tradición de cantera. 'Poble, passió, handbol' (Pueblo, pasión, balonmano), reza el lema de la institución. Un símbolo.

Allí comenzó el joven Ribera a labrar su libreto particular sobre el deporte del 40x20. Contaba con apenas 26 años cuando se le abrieron por primera vez las puertas del balonmano de primer nivel. Fue en Eibar, en el Arrate, donde entrenó entre 1989 y 1992, antes de hacer las maletas y emprender la aventura de dirigir al Gáldar, un proyecto fundamental para entender su desarrollo como entrenador.

En el norte de la isla de Gran Canaria se convirtió en un clásico de los banquillos de la Liga Asobal durante más de una década, jalonada con las cotas más altas en la historia del club. A lo largo de once campañas de presencia ininterrumpida en la máxima categoría, el equipo grancanario fue temido en su pabellón y llegó a alcanzar incluso un cuarto puesto en el curso 2000-01, todo un hito que le abrió las puertas de Europa en la temporada siguiente. Ribera cultivó allí un estilo de juego propio y la pasión por el trabajo con la gente joven y el descubrimiento de nuevos talentos. Uno de ellos, Dani Sarmiento, ejerce hoy de veterano central de los Hispanos.

A lo largo de once campañas de presencia ininterrumpida en la máxima categoría, el Gáldar de Jordi Ribera fue temido en su pabellón y llegó a alcanzar incluso un cuarto puesto en el curso 2000-01.

Aquella bonita historia del Gáldar concluyó de forma abrupta en el verano de 2003, con la desaparición del club por problemas económicos. Por desgracia, un trauma demasiado habitual en el balonmano español, y eso que los años más duros aún no habían llegado. Jordi Ribera continuó entonces su periplo Asobal en el banquillo de un histórico, el Bidasoa de Irún, todo un campeón de Europa en 1995 que entonces comenzaba un periodo de vacas flacas que poco después acabaría con los huesos del club de Artaleku en la División de Honor Plata. Apenas un año en tierras guipuzcoanas y en busca de nuevos horizontes lejanos, otro clásico en tantos profesionales del balonmano español.

Se abrió entonces otra etapa fundamental para entender su figura, la de desarrollo del balonmano latinoamericano. Primero con la selección de Argentina, de 2004 a 2005, y luego ya en Brasil, un gigante dormido al que el profesor de Sarrià dotó de una metodología que hoy le permite mirar cara a cara a selecciones del viejo continente entonces a años luz. Y es que Ribera no es simplemente un entrenador al uso. En Brasil recorrió las abismales distancias que separan algunos de los estados del país en busca de talentos y asesoró a los dirigentes de la federación nacional para crear una estructura acorde para este deporte.

En Brasil recorrió las abismales distancias que separan algunos de los estados del país en busca de talentos.

Sólo la llamada de un grande le separó de un proyecto al que se dedicó en cuerpo y alma durante años. La llamada del Ademar de León en el verano de 2007, tras la salida rumbo al Barça de Manolo Cadenas, mucho más que un simple entrenador, era para intimidar a cualquiera, pues suponía tratar de llenar un vacío difícil de asumir. Sin embargo, el hombre tranquilo acabó conquistando a toda la numerosa y exigente afición leonesa en cuatro temporadas que dejaron la presencia regular del equipo en la Champions y el que hasta ahora es el último título del club: la Copa Asobal 2009.

La gran oportunidad

En 2012 retomó su trabajo al frente de la selección brasileña, generando cada vez más jugadores de nivel para el balonmano europeo. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. Otra vez en sustitución de Cadenas, como en el Ademar. En 2016, después del trauma de quedarse fuera de los Juegos de Río, la selección española acudió en busca del auxilio del hombre metódico.

Cambió la historia en el Europeo de Croacia, con el primer oro continental de España y repitió corona en 2020, un éxito solo al alcance de la intratable Suecia de los noventa.

Tres décadas de carrera, de continua mejora y aprendizaje, ante su gran oportunidad, el reto de guiar a los Hispanos en el ciclo olímpico hacia Tokio'20. No pudo hacerse con una medalla en el Mundial de Francia en 2017, la primera piedra de toque en el banquillo nacional. Cayó en cuartos ante Croacia, pero un año después, cambió la historia en el Europeo de Croacia, con el primer oro continental de España tras cuatro dolorosas finales perdidas. Repitió corona en 2020, un éxito solo al alcance de la intratable Suecia de los noventa, pero de nuevo le quedó la espina de caer a las puertas de las medallas en el Mundial de Alemania y Dinamarca 2019. Con la suspensión de los Juegos de Tokio, el tercer Campeonato del Mundo de la era Ribera era una especie de reválida.

Con una base todavía importante de los campeones del mundo en 2013, los Raúl Entrerríos, Sarmiento, Cañellas, Viran Morros, Gedeón Guardiola, Maqueda o Ariño, y nuevas estrellas como los porteros Pérez de Vargas y Corrales, los Dujshebaev, Dani y Álex, o Ferrán Solé, Egipto 2021 era la oportunidad perfecta para hacerse con la ansiada presea mundialista. El penúltimo sueño cumplido por Jordi Ribera. El hombre paciente, siempre con una instrucción pausada, con un análisis que va más allá, mira de reojo a Tokio en pos de la gloria olímpica.