Ayman Kelzi celebrando su victoria en los 200 mariposa / Reuter

Tokio 2020 | Natación Ayman, el niño que nadaba entre bombas

El nadador sirio, ganador de su serie en los 200 mariposa, representa la superación de muchos deportistas obligados a entrenarse en circunstancias difíciles

PÍO GARCÍA Enviado especial a Tokio

En las pruebas más concurridas de la natación, suele haber una serie pintoresca en la que se juntan nadadores que vienen de países exóticos y que por unos días comparten piscina con los gigantes de su especialidad, casi todos procedentes de países ricos, con hermosas instalaciones y jugosas becas. No se trata de recordar el caso de Éric Moussambani, aquel guineano que saltó a la piscina en los Juegos de Sydney y que casi se ahoga. Hablamos de nadadores que conocen la técnica, que entrenan muchas horas al día y que consiguen ganar pruebas regionales, pero a los que separan distancias cósmicas de los grandes nombres de su disciplina. Por la competición suelen pasar de puntillas, como si fuesen deportistas de relleno o una cuota que el COI tiene que cumplir para alardear de solidaridad, pero algunos de ellos honran con su ejemplo el auténtico espíritu olímpico. En la primera serie de los 200 mariposa compitieron un sirio, un iraní, un jamaicano, un tailandés, un esolvaco y uno de las islas Seychelles. Ganó el sirio.

Ayman Kelzi tuvo la mala suerte de nacer en Alepo en 1993. Solia ir con sus padres a la piscina y desde pequeño le entró el gusanillo de la natación. Entrenaba con fruición, pero las cosas se empezaron a torcer en el año 2011, cuando la primavera árabe desembocó en una terrible y confusa guerra civil que todavía dura. Alepo, su ciudad natal, fue una de las más castigadas. Nadar entre bombas se había convertido en un oficio de riesgo, así que a los nueve años Ayman decidió coger el tren y trasladarse solo a la capital, Damasco, para participar en un campus de natación que iba a durar un mes. No pudo volver. La guerra se recrudeció y las comunicaciones con Alepo se cortaron. Estuvo cuatro años sin ver a sus padres. Ni siquiera podía hablar por teléfono con ellos. Alejado de su familia, decidió apretar los dientes y seguir entrenando. No era fácil. Las bombas destrozaban cada cierto tiempo el techo de la piscina y las instalaciones quedaban a cielo abierto, con la calefacción inutilizada. El agua estaba heladora, a una temperatura que a veces no superaba los 13 grados, pero Ayman y sus compañeros se zambullían y nadaban lo que podían. No solían aguantar más de 2.000 o 3.000 metros porque se congelaban. Si la situación estaba tranquila, Ayman practicaba incluso de noche. Como los cortes de luz eran frecuentes, su entrenador se ponía con la linternita del móvil en el otro extremo de la piscina para que Ayman completara sus series. Aun así, cada cierto tiempo había que suspender las sesiones porque se oían tiroteos cercanos.

Aunque su país sigue abierto en carne viva, Ayman Kelzi consiguió escapar de aquel horror cotidiano. Ahora vive en Thanyapura (Tailandia), en un centro de alto rendimiento para nadadores de países sin recursos que dirige el canario Miguel López con el apoyo de la Federación Internacional de Natación. A las órdenes del técnico español, Kelzi entrena ocho horas al día sin distracciones. El agua está siempre templadita y no falta la luz. También da clases de natación. Posee catorce records nacionales de Siria y ha participado en varios campeonatos mundiales. Ayer ganó su serie y consiguió bajar de los dos minutos (1:59.57), una gesta personal que no le servirá para pasar a semifinales. Nunca se colgará una medalla en los Juegos, pero hay algo profundamente olímpico en su respeto por la natación y en su obstinada voluntad de sortear dificultades.