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Mundial Qatar 2022 Alemania empieza bailando y acaba por los suelos

La 'Mannschaft' se adelantó y dominó durante buena parte del partido, pero careció de pegada y permitió la sorprendente resurrección nipona desde el banquillo en el tramo final

Pío García
PÍO GARCÍA

Alemania se cansó de jugar bien y los japoneses pensaron que quizá ellos no fuesen tan malos. Para que eso sucediera, y se pusieran los cimientos de la segunda gran sorpresa del torneo, tuvo que llegar el descanso. Lo que hoy ha sucedido en el estadio Al Khalifa no fue una novela de suspense, sino un culebrón, una historia alocada e increíble de buenos que acaban siendo malos y malos que de pronto se convierten en buenos.

1 Alemania

Neuer; Sülle, Rüdiger, Scholtterbeck, Raum; Kimmich, Gundogan (Goretzka, m. 67); Gnabry (Moukoko, m88), Müller (Hofmann, m. 67), Musiala (Götze, m. 78); Havertz (Füllkrug, m 78).

2 Japón

Gonda; Sakai (Minamino, m.74), Itakura, Yoshida, Nagatomo (Mitoma, m.56); Tanaka (Doan, m.71), Endo; Ito, Kamada, Kubo (Tomiyasu, m.45); Maeda (Asano, m.56)

  • Goles : 1-0. Gundogan (p.), m. 33; 1-1, Doan, m. 75; 1-2, Asano, m. 83

  • Árbitro : Barton Cisneros (El Salvador)

  • Estadio : Al Khalifa

Al principio, antes incluso de que el árbitro pitara el comienzo, al entrenador japonés le debió dar mucho miedo Alemania. Se conoce que los vio llegar, tan altos, tan fuertes, con esos apellidos tan llenos de consonantes, que echó un vistazo a su tropa, mucho más menguada, y le entró un pánico cerval, el tipo de miedo que sienten los niños frente a los abusones en el recreo. Se le ocurrió entonces una idea. No fue una idea brillante y tampoco una idea nueva. Al señor Moriyasu se le ocurrió otra vez la idea más vieja del fútbol: echarse atrás, aguantar el chaparrón y confiar en que alguno de sus jugadores robase un balón y lo lanzase bien lejos, cuanto más lejos mejor, al lado mismo del córner, para que Ito o Kubo, que corren como si hubieran robado un bolso, lo pillaran y lograran ponerle un balón a Maeda, a ver si había suerte y lo remataba.

Al entrenador japonés su idea, en el primer tiempo, solo le salió regular. Alemania vio que enfrente no tenía samuráis sino azafatos que le franqueaban el paso casi con una sonrisa y decretó la invasión total del territorio japonés. Pero la huella de Löw es persistente y esta Alemania no arrolla mandando al frente la división pánzer, sino bailando al rival, grácilmente, a la española, con un Kimmich imperial que repartía balones con sentido y que de vez en cuando filtraba algunos pases que dejaban a los japoneses noqueados, sin saber cómo había llegado ese balón ahí, dudando entre pedirle un autógrafo al centrocampista del Bayern o irse rápido a tapar los agujeros. Así cayó el primer gol, aunque en las estadísticas figure que lo marcó Gundogan de penalti. Kimmich vio por un rendija a Raum en el área, le puso el balón al pie y el portero japonés, Gonda, salió al borde de un ataque de nervios. El VAR entró, un poco para justificar el gasto en televisiones, pero allí no había duda de ningún tipo. El árbitro sancionó la pena máxima, cogió el balón Gundogan y metió el gol tranquila y burocráticamente, como quien firma un expediente en el Ministerio.

Si al entrenador japonés la idea no le salió del todo mal en el primer tiempo es porque Alemania pudo haberles metido tres tan ricamente. Musiala, primero, y Havertz, después, estuvieron a punto de ampliar el marcador justo antes del descanso, pero el gol del delantero del Chelsea fue anulado por fuera de juego. No lo hicieron y bien que lo lamentaron.

En la segunda parte Alemania pareció pensar que aquello era un jubileo y se propuso jugar a lo mismo, pero con menos garra y velocidad, desganadamente, como si el partido ya estuviese resuelto y solo fuera cuestión de ir pasando el tiempo como los viejecitos en las residencias. Los japoneses, sin embargo, comprendieron en el descanso que así no iban a ninguna parte y decidieron acelerar. Perdieron el miedo. Hasta su entrenador perdió el miedo. Y cuando uno pierde el miedo a los abusones, de pronto todo se vuelve posible. Aún pudo Alemania enderezar la victoria tras un balón que Gundogan colocó quirúrgicamente en el palo de la portería de Gonda, que luego tuvo además varias intervenciones de mérito tras disparos de Gnabry.

Y fue entonces cuando sucedió. Japón se reveló, como un mago que ha estado escondiéndose durante toda la gala una carta maestra bajo la manga, y desarboló a Alemania a golpes de velocidad, de instinto, de puntería, de ganas, de fe. Neuer fue capaz de detener el primer zarpazo, sacando una mano prodigiosa, pero en apenas diez minutos de locura Doan primero y Asano después asestaron dos golpes maestros que derrumbaron de golpe el muro alemán. Sí, esa misma Alemania insolente que les había borrado en el primer tiempo y que acabó encomendándose a que alguien (Rüdiger, Görezka, el que fuera, incluso Neuer) acertara de cualquier manera en el tiempo añadido.