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La Eurocopa y el cabreo político: los mismos que pitaban a Piqué pitaron a Luis Enrique

Profesor Titular de Antropología Social, Universidad Pablo de Olavide

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR

Se acabó la Eurocopa. Nos queda una sensación agridulce con la selección española. Llegamos más lejos de lo que la prensa y los aficionados vaticinaban al principio. Y aun cabe argumentar que, tras la decepción de los dos primeros partidos, pudimos disfrutar de encuentros vibrantes. España nos hizo sufrir con minutos soporíferos que nos recordaron a aquella selección que cayó en octavos de final ante Rusia en el Mundial de 2018 estableciendo un récord de más de mil pases en un solo partido, la mayoría inútiles. Pero también el hincha pudo intuir en Pedri la herencia de Xavi e Iniesta o descubrir en Dani Olmo cómo jugar entre líneas y aliñar el disciplinado tiqui-taca con la imprescindible dosis de desparpajo, ruptura y sorpresa.

Sin embargo, ni en las expectativas, ni en los debates durante el campeonato, ni a la hora de establecer balance, el fútbol es solo cuestión de tácticas, estilos de juego, goles. En semifinales, una buena parte de la afición española había comprado un boleto ganador, más allá del resultado. Si vencíamos ante Italia, nos plantábamos contra todo pronóstico en la final. Si perdíamos, al menos se confirmaban nuestros peores designios sobre la selección orquestada por Luis Enrique, a quien podríamos culpar.

El seleccionador estuvo desde el principio en el ojo del huracán. Muchos aficionados y una parte importante de la prensa pusieron el grito en el cielo cuando no se vio a ningún jugador del Real Madrid en la convocatoria. La interpretación se extendió como una mancha de aceite: Luis Enrique es antimadridista. Como jugador, el asturiano vivió sus momentos más competitivos vestido de blaugrana y como entrenador dio al Barca en tres años nueve de trece títulos posibles, incluyendo el triplete de la temporada 2014/15: Liga, Copa y Champions. Es sabido que si el Barça es «més que un club» es porque en gran medida aglutina algunos de los referentes identitarios del nacionalismo burgués catalán, de la misma manera que el Real Madrid es un símbolo del patriotismo centralista. El CIS lo confirma: hay una relación entre la ideología política, la cuestión nacionalista, y las filias y fobias que despiertan el Madrid y el Barça. Sergio Ramos y Piqué son emblemas de sus equipos no solo porque ejercen de líderes en el campo y porque son muy buenos futbolistas, sino porque representan el espíritu españolista y catalanista respectivamente en una España que traslada al fútbol el cainismo del «Disputado Voto del Señor Cayo» de Delibes o la desarticulación de la «España invertebrada», justo un siglo después de la obra de Ortega.

Los mismos que pitaban a Piqué mientras jugaba con la selección abuchearon a Luis Enrique al no llevar a Sergio Ramos. Cuando falló Morata, el aficionado estalló. Pero sus abucheos iban dirigidos, sobre todo, al responsable de alinearle: su seleccionador. Porque su altiva tozudez se interpretó en términos políticos, asemejándola a la de ciertos dirigentes nacionalistas que, tras aceptar el indulto, manifestaron que no se arrepentían de nada, que volverían a hacerlo. Lucho es igual de tajante con sus ideas, con sus principios: un tipo insobornable. Lo que a muchos les hubiera gustado es pitar a Jordi Cuixart, el presidente de Òmnium Cultural, o al gobierno que le indultó. Pero quien salía a escena era Luis Enrique. Y su elegido, Morata, que pasaba por allí cuando el personal necesitaba liberar su cabreo reprimido. El fútbol como válvula de escape.

La razón es, en gran medida, un mito; el gran mito de la Ilustración. Como han demostrado los psiconeurólogos, incluso cuando creemos que estamos «razonando», la mayor parte del tiempo obedecemos a los impulsos físico-químicos de nuestro cerebro prerracional, que impregnan nuestro juicio. No puedo ni imaginar el concierto de pitos que hubiéramos escuchado en los estadios si Piqué aún hubiera estado ahí, vestido de corto, con la Roja. Entonces, Morata tal vez hubiera pasado desapercibido. Incluso Luis Enrique. Y encontraríamos, incluso, quien habría recordado el pasado madridista de ambos.

Así es el fútbol. ¡Viva el fútbol!