Fernando García de Cortazar. / EFE

Sentido y sensibilidad de la obra de Fernando García de Cortázar

'Breve historia de España' le convirtió no solo en uno de nuestros premios nacionales de Historia más celebrados, sino también en una de las grandes referencias de nuestro tiempo

CARLOS AGANZO Madrid

Una historia de amor. La historia de una pasión inquebrantable por la historia. La de España, la del País Vasco, la de la Iglesia. Por los hechos incontestables, pero también por los paisajes luminosos. Por el patrimonio, el arte, la literatura. Y por las personas y sus ideales, su fe, sus grandezas. Por todo lo que de alto y encendido puede tener el ser humano en el espacio y en el tiempo… Eso es lo que ha significado la vida infatigable de Fernando García de Cortázar: amor pleno de sentido y de sensibilidad.

Sentido para desmontar, con mano de hierro, algunos de los muchos falsos mitos construidos sin pudor por las fiebres nacionalistas desde el XIX. Para retomar con «mirada penetrante» el gran curso de la historia de España, rescatándola tanto de interpretaciones interesadas como de «reducciones», como se señaló, tan acertadamente, cuando se le concedió el Premio Bravo 2020. Para divulgar y divulgar la historia entre todos los públicos, compartiendo y contagiando su devoción. Desde sus textos para Bachillerato hasta sus series de televisión. O hasta esa 'Breve historia de España', que seguramente es el mayor éxito editorial historiográfico de los últimos tiempos. Una labor que ha convertido al discípulo más aventajado de Artola no solo en uno de nuestros premios nacionales de Historia más celebrados, sino también en una de las grandes referencias de nuestro tiempo.

Y sensibilidad, desde luego, para extraer de la historia no solo las enseñanzas, sino también, y sobre todo, las emociones. Una sensibilidad que nos lleva a relacionar a García de Cortázar, una centuria después, con los hombres de la Generación del 98. Con ese amor y ese dolor de España de escritores como Machado y Unamuno, como Baroja y Azorín. Esos Momentos emocionantes de la historia de España que dejó impresos, en 2014, en uno de sus libros más inspirados e inspiradores. La capacidad de integrar los paisajes y los paisanajes del País Vasco o de España en el curso de los acontecimientos. Y de hablar de los hechos y las coyunturas de nuestro devenir común desde la vibración del arte o la pulsión de la literatura. No en vano en sus encuentros, conferencias y jornadas García de Cortázar siempre señalaba el arte y la literatura, de manera muy especial la poesía, como «fuentes historiográficas» fundamentales, capaces de transmitir al lector la verdadera relevancia de los hechos, su trascendencia. Un auxilio al que siempre recurrió como parte primordial de su discurso, predicando además con el ejemplo. En sus libros, además de la precisión y la concisión de los datos, propios tanto del historiador como del divulgador a través de los artículos periodísticos, brilló siempre un estilo literario personal, de palabra cuidada y lenguaje bien pulido. Emociones que se transmitían, además, en sus innumerables comparecencias públicas, donde tantas veces la exaltación de los versos de Quevedo, de Machado, de Garcilaso o de Unamuno corroboraban, cerca de las lágrimas, la conmoción que puede llegar a producir la evocación histórica.

Sentido y sensibilidad que le llevaron también, durante años, a impulsar una aventura intelectual como la de las Aulas de Cultura, primero de El Correo y luego de la Fundación Vocento, de la que era director. Aulas por las que siguen pasando, cada año, decenas de miles de personas de manera presencial y ahora también millones de navegantes de Internet. Con sus periódicos, El Correo y ABC, siempre en la cabeza, pero también con una profunda implicación en la realidad cultural local de cada una de las cabeceras del grupo Vocento. Esa incardinación absoluta de la historia local en la historia nacional que formó parte de una de sus obras señeras, la monumental La historia en su lugar, en la que colaboraron doscientos historiadores españoles y extranjeros. Y un modo de ser, de sentir y de interpretar la historia que le llevó también, en los años del plomo, a arriesgar su propia vida en la defensa de los derechos civiles en un País Vasco y una España amenazadas por la intransigencia y el terror de ETA. Lo nacional como suma de lo local, en un modelo de ciudadanía, de concordia y de cultura, con una mirada de fondo permanentemente iluminada por la historia.

Profesor y jesuita

Un retrato sensato y sensible que inevitablemente debe cerrarse con su otra gran entrega, si no la principal, que fue su labor como profesor y como sacerdote de la Compañía de Jesús. Su proyección hacia los demás. La huella que supo imprimir a sus alumnos, entre otros, de la Universidad de Deusto. Y la proximidad, la compañía y el consuelo, la «alegría» con la que compartió algunos momentos relevantes de sus vidas, pero también la más estricta existencia cotidiana de las personas y las familias que trató a través de su trabajo sacerdotal.

También de un lugar a otro de la geografía nacional, si bien especialmente en Castilla y en el País Vasco. Si realizó el noviciado en Orduña, fue junior de los jesuitas en Villagarcía de Campos, y estudiante de Filosofía y Letras en Salamanca. Si realizó su etapa de magisterio en Pamplona, también estudió Teología en Madrid. Gentes y lugares que contribuyeron a su gran ejercicio de integración de la historia en la propia esencia de los hombres. Esa pequeña historia, esa intrahistoria de la que hablaba Unamuno, que al final siempre convierte la vida de cada uno en el devenir compartido de todos los demás.