Una maqueta del Prado en su actual configuración ante el retrato de María Isabel de Braganza. / efe

El Prado cuenta su propia historia

El museo recorre sus más de dos siglos de vida a través de 265 piezas instaladas de forma permanente en sus salas / Explica la evolución institucional y arquitectónica de la pinacoteca, del diseño original de Villanueva a la ampliaciones de Moneo y Foster

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

El 19 de marzo de 1819 Fernando VII y su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, inauguraban sin pompa ni circunstancia el Real Museo de Pintura y Escultura, lo que hoy es el Museo del el Prado. Exhibía entonces 311 obras, todas de artistas españoles. Hoy, 202 años después, en el Prado brillan más de 3.000 piezas de los mejores maestros de la historia del arte y es una de las grandes instituciones museísticas del mundo. El propio museo cuenta su azarosa y feliz transformación mediante una nueva muestra permanente instalada en los sótanos del Edificio Villanueva.

En las tres salas del museo donde estuvo el Tesoro del Delfín -100, 101 y 102- se despliegan 265 piezas entre esculturas, pinturas, maquetas, fotos, documentos y objetos de toda índole que relatan los cambios de la pinacoteca, concebida inicialmente como Gabinete de Historia Natural bajo el reinado de Carlos III, y que hoy es un conjunto de edificios y un campus científico de primera línea. Cuentan cómo pasó de ser un espacio para la élite aristocrática a recibir mas de tres millones de visitantes al año antes de la pandemia.

Víctor Cageao es el comisario de esta exposición para la que se han necesitado más de tres años de trabajo. «Muestra como el museo se ha transformado de Galería Real en Museo Nacional, y cómo a finales del siglo XIX se enraíza en la sociedad para convertirse en el siglo XX en un tesoro nacional», afirma Cageao, director de Inmuebles y Medio Natural de Patrimonio Nacional y antiguo coordinador General de Programación del Prado.

La maqueta original de Juan de Villanueva ante su busto. / R.C.

La evolución de la arquitectura del Prado es el hilo lo conductor de una exposición que refleja las vicisitudes históricas y políticas que transformaron aquel pionero museo real en la institución pública de relevancia internacional que es hoy. De la maqueta original de Juan de Villanueva, el arquitecto del edificio primigenio, a la de Norman de Foster para ampliación del Salón de Reinos, pasando por las de Rafael Moneo para su intervención sobre el claustro de los Jerónimos, la exposición recorre dos centurias mostrando los cambios y modificaciones de los edificios del museo, de su imagen pública, su personal, sus publicaciones e investigaciones, su público y sus actividades.

«No contamos la historia institucional del museo, sino la de su arquitectura y su museografía, aunque se aborden muchos otros aspectos», destaca el comisario de una muestra en la que se remonta al Prado antes de Prado. Explica cómo se creó por iniciativa de Carlos III en la España ilustrada con la pretensión de higienizar y modernizar Madrid. Cómo se concibió en 1785 como Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias y cómo pasó a ser Museo Real de Pintura gracias a la iniciativa de María Isabel de Braganza, que influyó decisivamente en su marido, Fernando VII, para su creación.

Un gran retrato póstumo de esta reina efímera y empeñada en levantar la pinacoteca en el prado de los Jerónimos, de donde la pinacoteca toma su nombre, es uno de los hitos de la exposición. La segunda esposa de Fernado VII señala el edifico de Juan de Villaneuva con su índice derecho y posa la mano izquierda sobre los planos que lo hicieron posible en un un gran lienzo de Bernardo López Piquer de la colección del Prado.

Picasso y un obús

Dividida en 8 secciones, entre las 265 piezas expuestas hay más de 50 fotografías, muchas históricas, una decena de maquetas, documentos, grabados, planos y objetos de la vida cotidiana de la institución. Algunos más que curiosos, como una de las bombas que los sublevados de Franco lanzaron sobre el Prado el 16 de noviembre de 1936, cuando se preparaba la gran evacuación de las joyas del museo con destino a Valencia y Ginebra, o el nombramiento de Pablo Ruiz Picasso como director del museo el 26 de septiembre 1936. Un nombramiento simbólico, porque el genial artista malagueño jamás tomó posesión de su cargo, al que se le asignó un sueldo de 15.000 pesetas anuales.

Espacio dedicado a la historia del museo en la Guerra Civil. / R.C.

Hay uniformes de los primeros conserjes, que vestían los mismos atuendos que los funcionarios de la Casa Real; un armario de restauración repleto de utensilios, herramientas, ungüentos, pigmentos y productos químicos y que es el origen remoto del prestigioso taller de restauración por el que hoy pasan grandes obras maestras de todo el mundo, o las escupideras necesarias en un tiempo en el que era muy habitual mascar tabaco. También se exhibe el premio Princesa de Asturias concedido al Prado en 2019 o el cartel informativo con el precio de la entrada en 1913: una peseta.

«El Prado es el gran regalo que la nación española se ha hecho a sí misma y nos encanta pensar que para cientos de miles de españoles esta instalación sea casi como un recorrido por la historia su propia familia», aseguró Miguel Falomir, el actual director del Museo del Prado y digno sucesor de José de Silva-Bazán, décimo marqués de Santa Cruz y primer director de la casa.

Armario precursor del taller del restauración del museo. / R. C.

Organizada cronológicamente, la primera de las ocho unidades de la exposición se centra en la creación del museo; la segunda abarca todo el reinado de Isabel II; la tercera va de finales del siglo XIX y principios del siglo XX; la cuarta muestra la «ansiada» ampliación del museo en los años 20; el quinto espacio, «muy pequeño pero tremendamente sentido», se dedica a la Guerra Civil, y las tres últimas secciones hablan de la dictadura, del museo en la primera democracia y del museo moderno «que ha conseguido su modificación jurídica y su ampliación arquitectónica», se felicita el comisario.

Cageao resalta el papel de las «figuras anónimas» del museo, los celadores, conserjes o ascensoristas «que muchas veces quedan en la sombra pero sin los cuales no sería posible sacar adelante la institución».