«Soy feminista, pero no soy anti-hombre»

07/09/2019

Gioconda Belli Pereira (Managua, 9 de diciembre de 1948) visita por primera vez el archipiélago en el marco de este festival, convertida desde hace décadas en una referencia literaria internacional, sobre todo tras su celebrada ‘La mujer habitada’

— ¿Qué le convenció para asistir al segundo Festival Hispanoamericano de Escritores, que se celebra en la isla de La Palma? ¿Con qué expectativas acude?

— Nunca he estado en Canarias, pero tengo amigos queridos que proceden de allí: Juan Cruz, Juancho Armas Marcelo, Elsa López, Pedro Guerra, Nicolás Melini. Hay una canción que hace años compuso un grupo de música canario, en el que estaba Pedro, con la letra de un poema mío que se llama La Muchachita. La manera de hablar español de las Canarias se parece mucho a la nicaragüense. En fin, muchas cosas me llamaron para visitar La Palma. Estos encuentros nos acercan a la gente y también a otros escritores que, entre tantas reuniones como éstas, se convierten en amigos con quienes compartir este oficio tan solitario.

— En su novela Las fiebres de la memoria trasciende el fenómeno migratorio, que está muy de actualidad. ¿Es un ejemplo de que el ser humano no aprende de su pasado para lograr solventar las situaciones del presente?

— Esa novela nace de la pregunta ¿quién soy? ¿qué ancestros traigo en la sangre? ¿Qué larga cadena de acontecimientos me precedió? En este mundo cada vez hay menos personas que permanecen en su lugar de origen. Cada persona que se traslada o migra, se reinventa. En el caso de la novela, ésta se basa en la historia familiar mía que afirma que el segundo apellido de mi abuela paterna: Graciela Zapata Choiseul de Praslin, procede de un personaje noble francés que tuvo que huir de Francia, porque lo acusaron de un crimen pasional. Fingió su propia muerte. Huyó con la ayuda del Rey Luis Felipe de Orleans. Hizo un largo periplo, muy interesante y de paso por Nicaragua, en ruta hacia California durante el tiempo de la Fiebre del Oro, decidió quedarse en el país y refugiarse en un pequeño pueblo donde se enamoró. Es la historia de alguien que debe inventarse otra identidad y que pierde todo, pero en el proceso se humaniza. Me fascinaba esa historia familiar y pensé que con tantas migraciones ahora, era un buen momento para contar ese proceso de reinvención del ser. Es una novela llena de aventuras, un poco detectivesca, que muestra la compleja evolución del personaje dentro de esa época, a mediados del siglo XIX. Me encantó escribirla e investigar el entorno.

— Esa novela está escrita en primera persona, pero el protagonista es masculino. ¿Le resultó complicado?

— Para nada. Siempre digo que uno de los oficios de las mujeres para sobrevivir, es aprender a conocer muy bien a los hombres. Mis personajes han sido femeninos y me intrigaba poder imaginar cómo vería un hombre a las complicadas mujeres de su vida. Pero además la voz del personaje la sentí desde el principio, como si él me estuviese contando a mí la historia.

— ¿Queda mucho camino para lograr la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Considera que se ha avanzado o actualmente se vive un momento de estancamiento o de retroceso?

— Sí queda mucho camino, pero creo que hemos avanzado. Las mujeres hemos hecho un buen trabajo en mostrar que nuestro mundo no puede seguir tolerando la desigualdad y perdiendo el potencial de desarrollo que existe en el 52% de la población del planeta. Es un trabajo difícil, a menudo incomprendido. Los hombres siguen temiendo perder sus privilegios en vez de ayudar en un proceso que contribuiría a enriquecer sus vidas y humanizar la manera en que nos relacionamos. El acoso, los femicidios tienen una causa y esa causa es la que debemos trabajar todos si queremos que se terminen esas manifestaciones terribles de la desigualdad.

— ¿Le gusta o le molesta que algunos la etiqueten como exponente feminista, sobre todo tras La mujer habitada (1988)?

— Pienso que todos, hombres y mujeres, debíamos ser feministas, como dice la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en un ensayo brillante publicado hace dos o tres años. Yo soy feminista, pero no soy anti-hombre. Una de las razones por las que el feminismo ha sido malversado es porque amenaza la manera desigual de existir y demanda cambios que para muchos siguen siendo amenazantes. Pero yo creo en esos cambios. Mientras no se termine esa explotación primigenia, seguirá reproduciéndose la explotación de unos seres humanos por otros a todos los niveles.

— El compromiso político y social ha sido uno de los puntos neurálgicos de su producción literaria. ¿Entiende la literatura sin un compromiso del autor con su época?

— El ser humano existe dentro de una sociedad y lo que sucede en ella le afecta, incluso si opta por no involucrarse. Pero no sólo la política demanda un compromiso. Creo que uno puede escribir sobre los dramas o los ridículos de la condición humana y eso también es dejar testimonio sobre la época que vivimos y cómo nos afecta individual y colectivamente. Yo creo en la libertad creativa. Coincido en que el compromiso más importante de quien escribe es hacer una obra que lo trascienda.

— Si echa la vista atrás, ¿cómo valora sus años de lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza?

— Estoy acongojada por la repetición de la dictadura en Nicaragua. Nunca pensé que alguien que fue sandinista y vivió ese tiempo podría llegar a convertirse en un tirano también. Pero la lucha contra Somoza fue necesaria y nos enseñó que las tiranías son abominables. Por eso el pueblo nicaragüense se levantó ahora contra Ortega y estoy segura de que no cejará hasta recuperar su libertad. En la lucha contra Somoza aprendimos que lo imposible es posible.

— ¿Nos puede adelantar algo de su próxima novela?

— Todavía es una isla en la niebla. Tengo que construir el puente para acercarme y empezar a verle los perfiles más claramente.