Alexis Ravelo, con un ejemplar de su nueva novela a la derecha, este viernes en Las Canteras. / cober servicios audiovisuales

«Los monstruos no existen, todos somos capaces de hacer el mal»

El grancanario se hizo con el Premio de Novela Café Gijón 2021 con 'Los nombres prestados' (Siruela)Alexis Ravelo Escritor

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

El próximo 18 de febrero, a partir de las 19.00 horas, la Biblioteca Insular de la capital grancanaria acoge una lectura de 'Los nombres prestados' (Siruela), que servirá como presentación en la isla de este volumen con el que Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971) suma a su poblado palmarés el Premio de Novela Café Gijón 2021.

-¿Con 'Los nombres prestados' estamos ante una novela sobre el peso de la culpa?

-Sí y sobre un montón de cosas más. Destacaría que va sobre cómo curar el dolor que has causado. Es una novela sobre la constatación del dolor que has generado y las posibilidades de remediarlo para redimirse. Te redimes si lo remedias.

cober

-¿Pero de algunas cosas que has hecho no hay forma que te redimas nunca, como le sucede a los dos protagonistas?

-Claro. Ahí entra ese súper ego que te aplasta. Sabes lo que has hecho. Algo que se iba colando en la novela a medida que la escribía era hacerme preguntas. Siempre escribo haciéndome preguntas. En este caso me preguntaba cómo dormían personas que habían ejercido la violencia terrorista y aquellos que han torturado y que son terroristas de Estado. Al pasar los años, cuando se hacen viejos y se acercan a la muerte, ¿esa gente lamentará todo lo que ha hecho? Cuando ves a figuras como famosos comisarios de la Brigada Política Social.

-Billy el Niño...

-Lo dices tú. Sabes que es un infame pero ves a un anciano en su tercera edad y te preguntas si lamentará lo que hizo. Los vemos como lo que son, verdugos, pero tendemos a cosificarlos. Pero hay que pensar si esa persona no es una víctima de la sociedad.

-Entronca esa reflexión con los postulados de Hannah Arendt sobre el nazismo y el Holocausto.

-La banalidad del mal, sí. Este país tiene una triste relación con la violencia política. Cuando pensamos en terroristas que estuvieron en la lucha armada y se metieron en eso con las mejores intenciones y se fueron aislando de la sociedad, según iban cometiendo crimen. En algún momento recapacitarán sobre todo lo que hicieron. Entiendo que si eres una víctima del terrorismo o familiar de una es muy difícil perdonar y comprender. Pero como sociedad necesitamos hacerlo. Si no logramos conciliar nuestro dolor con nuestro pasado no avanzaremos. La película 'Meritxel', de Iciar Bollain, trata ese asunto. Es dolorosísimo, pero muy necesario hacerlo. La novela surgió de una primera idea, en una exposición canina que organizó el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria en 2013. Conocí a unos chicos que adiestran perros para terapias con chichos con problemas de habilidades sociales. Ahí empezó a surgir la idea, con la imagen de un perro y un niño que se hacen amigos. El perro no conoce al niño y tendría que tener cuidado. El niño tampoco conoce al perro y también lo tendría que tener. Y sin embargo se abren el uno al otro. Desde lo emocional y no desde lo intelectual establecen una relación. Carecen de perjuicios. Me parece la metáfora perfecta para avanzar. Olvidarse de los prejuicios y acercarte al otro para ver quién es.

-La novela humaniza monstruos, porque son humanos.

-Soy de los que piensan que los monstruos no existen. No es 'buenismo'. Es peor. Si los monstruos no existen significa que cualquiera de nosotros es capaz de hacer el mal. Cuando alguien hace algo terrible se le pone el apodo de ogro o monstruo. Se trata de una persona igual que el resto, lo que pasa es que ha hecho el mal. Por eso debemos vigilarnos a nosotros mismos, porque podemos caer en hacerlo.

-Se puede pensar que el personaje de Laguna, cuando llega a casa, también trata con crueldad a su mujer. Sucede lo contrario. El personaje de Marta también das por hecho que debe tratar a su sobrino con crueldad. En ambos casos no sucede.

-Tuve una relación complicada con los protagonistas de esta novela. Ninguno de los dos me caía bien. Me tuve que obligar a que me cayeran bien. Incluso con las personas en las que se inspiran, que son varias distintas para cada uno, nunca me habría tomado un café. Pero como autor tenía la responsabilidad de saber quiénes eran, quién los quiso, a quiénes querían y por qué hicieron lo que hicieron. Tomás Laguna es fácil, porque es producto de una época, de una Guerra Civil, de una crianza del macho y de un mundo ultracatólico feo. Ella me daba todavía más miedo. Sus ideas se acercan a las mías, porque es una persona de izquierdas, bienintencionada que cree que la acción es necesaria... pero ha tomado la vía de la violencia. Cruza una línea que no tenía que haber cruzado nunca, por lo que no me cae demasiado bien (risas). Tuve que trabajarme mucho la empatía con los personajes. Pero en el fondo también es una novela que va sobre la compasión y ponerse en el lugar del otro.

-También conecta la novela con el antihéroe tan habitual en el cine. El Travis de 'Taxi Driver', por ejemplo, un monstruo al que acabas queriendo...

-Sí, es un desequilibrado. Podría haber acabado etiquetado como un monstruo y acaba como un héroe, que en vez de ejercer la violencia contra los políticos la desarrolla contra unos chulos. Laguna es un monstruo de los peores que tuvo la dictadura.

-¿Además de por la historia de España, por qué sitúa la acción en los años 80?

-Me venía muy bien porque fue la época de Yoyes, del Grapo y del FRAP. Creo que es una historia que podría suceder en Perú en los noventa, en Colombia en los ochenta, en Argentina, en Italia o Alemania. No me gustaría que se leyera en clave española. Cualquier sitio que tenga un pasado doloso con violencia política es susceptible de que transcurra esta historia. Llevaba tiempo deseando trabajar una historia en esa época porque no había muchos móviles ni ordenadores y eso hace que las ficciones policiacas funcionen mejor. Es más divertido. Como momento histórico me venía bien, porque el país se abría a cosas que habían estado vetadas durante muchos años. Había mucha inquietud política, intelectual y filosófica. Al mismo tiempo me permitía que no se leyera en clave actual. Mis novelas tienen un problema. Como suelo partir de denunciar actitudes de gentes que se dan en la actualidad, en cuanto publico el libro se leen en clave, identificando a los personajes con personas concretas. En este caso pretendo que se lea más en clave alegórica. En esa alegoría se incluye una seria preocupación sobre cómo se está empobreciendo el debate político actual. Mientras escribía la novela, en España nos pasaban cosas muy buenas. ETA dejaba de matar, se acababa el bipartidismo... pero en los últimos años de escritura -tardé siete años en acabarla- se fue polarizando el debate, fue irrumpiendo la extrema derecha. Y sobre todo algo que me parece muy peligroso: intentar fingir que la extrema derecha y la izquierda son lo mismo. No lo son. En España no tenemos una extrema izquierda. No hay motivos para temerla, igual en los años 80 sí, porque existía la Unión Soviética. Estábamos sometidos a ese equilibrio entre la democracia liberal y el estalinismo o sovietismo. No lo llamo comunismo porque no es la misma cosa. Sin embargo, hoy en día no hay motivos para temer a la extrema izquierda. Sí que los hay para tenerle mucho miedo a la extrema derecha y la neo-extrema derecha que viene con unos modos tremendos, empobreciendo el discurso, escupiendo sobre los valores fundamentales de la democracia fundamental. Los mismos que la llamada extrema izquierda sí ha sabido proteger. Arrastran en su empobrecimiento del discurso político a las demás fuerzas políticas. Pensemos en el centro liberal español o en la derecha conservadora, que se dejan arrastrar por el discurso de la extrema derecha. Eso es peligrosísimo. Esta misma semana teníamos a representantes de la ultraderecha europea debatiendo en Madrid sin que les diera vergüenza y sin que nadie se tirara de los pelos.

-De ahí que este «western contemporáneo», como ha definido en varias ocasiones 'Los nombres prestados', incluya pinceladas históricas para saber de dónde venimos.

-No podemos olvidarlo. Un caso que me impactó mucho de niño fue cuando unos terroristas, que eran trasladados de un centro de interrogatorios a otro, intentaron fugarse, fueron ametrallados y el coche se incendió. Me acuerdo de oír la noticia y quedarme impactado. Descubrimos que fueron las víctimas del 'caso Almería'. Hemos vivido ese país. Por suerte, Canarias estaba lejos y tuvimos pocos casos. Lo tremendo es que del 'caso Almería' nos enteramos, ¿de cuántos no? Supimos de aquello porque hubo un juez de instrucción que fue un héroe y tiró para adelante. Somos de la época de los Gal y en el libro se les apunta. La historia no me interesa como anécdota ni para echársela en cara a nadie, sino como recurso para pensar sobre el presente. No podemos volver a ser ese país.

-Y es fácil que suceda.

-Muy fácil. Mira Polonia y Hungría. El extremismo siempre asoma la patita y el de extrema derecha es utilizado por ciertos demócratas que creen que podrán domesticarlo y al final son devorados. La república de Weimar es un gran ejemplo. Esta misma semana, cierto líder de la derecha que se supone liberal en Canarias no se negaba a pactar después de las elecciones con partidos de extrema derecha. Puede acabar devorado.

-¿El gran personaje del libro es el perro, Roco?

-Es la clave. Es un perro poderoso y podría ser peligrosísimo y es un amor. Me sirve como metáfora perfecta, ya que en vez de ser una bestia salvaje es amoroso, fiel y leal. Algo que muchas veces nos ha faltado. La otra idea inicial fue el perro y la segunda un niño con problemas de habilidades sociales. Los dos representan la inocencia y la nobleza y lo que se desencadena en el libro tiene mucho que ver con ellos.

-Este es el tercer libro suyo que llega a las librerías en menos de dos años. ¿Toca ahora esperar mucho por el próximo?

-Sí. Nadie había previsto que me ganase este premio y por eso sale esta novela editada ahora. Cuando cayó el premio me cogió empezando un proyecto de largo recorrido. Estoy con una novela que me llevará varios años y puede que mientras la escriba publique alguna cosa pequeña. Estará ambientada en 1976 y en Canarias...

El novelista Alexis Ravelo, en Las Canteras. / cober servicios audiovisuales

«Jorge, ¿cuánto tengo que pagar por participar?»

- Los próximos días 8, 9 y 10 de febrero participa usted, junto a Elsa López, ambos como narradores del texto de José Saramago, en los conciertos donde Jordi Savall dirigirá a la Orquesta de las Naciones interpretando las '7 últimas palabras de Cristo en la Cruz', de Haydn, dentro del 38º Festival de Música de Canarias. ¿Cómo lo afronta?

- Con mucho miedo (risas). Me subo al escenario con Le Concert des Nations, dirigida por Jordi Savall, con Elsa López y para defender texto de Saramago, que son muy potentes e interesantes. Es la lectura no cristiana de los Evangelios. Con su mirada hacia los olvidados y los perdedores de la historia. Técnicamente son complicados para leerlos en público. Saramago era un autor de periodo largo, con oraciones subordinadas. Yo soy escritor y no un lector profesional, aunque presento mis libros leyendo pasajes de los mismos. Me ilusiona mucho. De hecho, cuando me llamó Jorge Perdigón, el director del Festival de Música, me dijo que ya que aceptaba hablaríamos después de las condiciones. Mi respuesta fue que me dijera cuánto tengo que pagar yo por participar. Es un regalazo (risas).

- Me comentaba antes de la entrevista que le gusta la música clásica y la barroca mucho.

- Sí. Curiosamente, me gusta mucho la música sacra. De Vivaldi lo que más me gusta es su 'Stabat Mater', una obra que no todo el mundo conoce como sí pasa con sus 'Cuatro estaciones'. Soy un forofo de las 'Pasiones' de Bach. Soy un ateo pero con una particular admiración de música religiosa.

- Y con el plus de estar junto a Jordi Savall sobre el escenario.

- Sí. Creo que es uno de los grandes genios vivos que nos quedan interpretando música antigua. Estoy nerviosísimo y a la vez muy ilusionado y expectante por ver cómo sale todo. Además, estaré acompañado de Elsa López, una maestra absoluta y encima yo he asistido a muchas lecturas suyas de poesía. Lee muy bien. Es un placer escucharla.