Ara Malikian, violinista de origen armenio con pasaporte español. / J.L. Cereijido

Ara Malikian: «La música no para la guerra, pero cambia a quien la hace»

Con el alma rota por la destrucción de Beirut, su ciudad natal, el violinista sigue con su gira «hasta que el señor Covid nos deje»

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Simpático y políglota, habla español, árabe, armenio, inglés, alemán, francés e italiano. Pero domina un idioma universal: la música. Con el alma rota por la devastación de su ciudad natal, Ara Malikian (Beirut, 1968) hace de tripas corazón y sonríe a la vida. De gira con 'Garage Tour' «hasta que el señor Covid nos deje», este virtuoso de origen armenio y pasaporte español cree posible que la magia emerja de un violín común igual que de los Stradivarius y Guarnerius con los que ha tocado.

–¿Qué sintió al ver Beirut destruido?

–Se me rompió el alma. Tras una guerra veinticinco años, Líbano buscó la paz con ansia. Cuando por fin parecía tenerla, que se superaban las diferencias políticas y religiosas, sufre la explosión más fuerte de la historia tras las bombas atómicas. Es terrible. Tengo allí parte de mi familia y los beirutíes además de ayuda económica necesitan una reconstrucción emocional.

–Allí, en un garaje y bajo las bombas, inició su viaje musical. ¿Cómo ha sido?

–Largo, muy duro a veces, pero con grande recompensas. Siento sobre todo agradecimiento. Me he encontrado con el arte, conmigo mismo y con personas maravillosas. La pasión por la música me rescató de una situación muy difícil. Y sigo en marcha. Queda mucho camino y quiero crecer y aprender.

–Siempre sonríe ¿Es un optimista nato?

–El Líbano me enseñó a poner al mal tiempo buena cara. La guerra estalló cuando tenía siete años. Pude salir y cuando llegué a Alemania no podía creer que hubiera una parte del mundo sin guerra. La gente no estaba preocupada por las bombas, el hambre o las necesidades básicas, pero estaban tristes y deprimidos. No lo entendía. Vivimos en una parte del mundo privilegiada. Podemos movernos y expresarnos con libertad. Lo agradezco cada día.

–¿No le pasa factura a sus semejantes?

–No. La vida está llena de gente maravillosa. Hay personas que se entregan con todo su ser para hacer el mundo mejor. Y son más que quienes hacen todo lo contrario. Hay que creer en los otros. Toco pensando en ellos.

–¿Para quien no tocaría nunca?

–La música es para todos, para los malos y para los buenos. No puede parar la guerra, pero tiene el poder de cambiar a quienes la hacen. Si muestras la belleza y lo haces desde edades tempranas, los seres humanos crecerán con una sensibilidad diferente. Puede evitar que te dediques a la violencia, a engañar y hacer el mal a los demás. El arte nos acerca a la belleza y de ahí surge una sociedad mejor, más respetuosa y de mentes más abiertas.

–Su padre le impuso el violín y le marcó el camino. Su hijo, de cuatro, años se lo tira a la cara.

–Sí. Lo ha hecho varias veces y hay que aceptarlo. Son épocas diferentes. Lo que mi padre decía iba a misa. Ahora hay otros métodos educativos. Quiero que mi hijo sea feliz y que decida su camino. Si es el de la música seré muy feliz. Pero no le obligaré como hizo mi padre.

Concertino enjaulado

-Fue concertino y huyó del foso ¿La orquesta era una jaula?

–A veces. Pero no fue tan terrible. Me enriqueció tocar ópera, sinfonías....Tuve años felices, pero la orquesta me impedía encontrar mi personalidad y desplegar las alas. Para lograrlo debía dejarla, abandonar la seguridad y la tranquilidad de un sueldo y un horario. La incertidumbre y la aventura me vinieron bien. Cometí muchos errores, claro, pero los errores son los maestro de la vida. En la orquesta no salía el artista que soy. No me arrepiento de nada.

–¿La música clásica es clasista?

–La música no, pero el mundo de la música clásica sí. Los grandes compositores son súpermodernos. Visionarios que crearon para la eternidad como Bach, Mozart o Brahms. Su música me enamora, pero no me siento cómodo en el mundo de la música clásica en el que nunca encajé.

–Ha tocado Stradivarius y Guarnerius ¿Le tembló el alma?

–He tocado violines históricos como el Guarneri de Paganini o el Stradivari de Sarasate. Si soy sincero, no me emocionó especialísimamente tocar instrumentos tan únicos y valiosos. El sonido lo hace lo haces tú y te tienes que buscar la vida tengas un buen o un mal violín. Lo que me emocionó es saber que mis ídolos habían tocado con ellos.

–Su violín encierra todas las músicas ¿Qué conecta a Bach con Camarón o los Rolling Stones?

–La belleza. No hay músicas mayores o menores. Te llega o no. Sea flamenco, rock, jazz o clásica, si hay emoción, te toca. No soy un experto en nada. Lo hago todo a mi manera en busca de la esa esencia que me satisface.

–¿El milagro de la música es que necesita del otro para existir?

–Sí. He aprendido en estos años que tiene pleno sentido cuando conectas con el otro. En el cerrado mundo de la música clásica te dicen que lo que importa es tu visión, lo que digan de ti los críticos, los puristas y el promotor de turno. Y es al revés. La música llega a otra dimensión cuándo la compartes con los demás y te alimentas de su energía. Da igual que estés ante 30 personas o 30.000.

–Paganini, Sarasate, Yehudi Menuhin, Stéphane Grappelli... Elija contrincante para un duelo de violines.

–Con cualquiera de ellos lo tendría perdido de antemano. Pero sería un aprendizaje impagable.

–¿Bach o Mozart?

–Si me obligaran a responder apuntándome con una pistola diría que Bach. Su música me inspira muchísimo. Pero Mozart es un genio como no ha nacido otro, y quizá no nazca. Hoy habría sido como una estrella del rock.

–¿Cómo de importante es el silencio para un músico?

–Importantísimo. A veces es agobiante, da miedo si se hace eterno. Pero cuando aprendes a utilizarlo como un aliado, es una herramienta muy poderosa. En los conciertos, en los espectáculos, en las composiciones....Tardé muchos en aprender que es parte de la música.

–En casa del herrero ¿cuchillo de palo? ¿El violín siempre en el estuche, como eso chefs que no cocinan en casa?

–Siempre que saco el violín lo hago con alegría. En casa o donde sea. Espero que sea así el resto de mi vida. Jamás lo sacaría del estuche por obligación.

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