Cultura

El luthier, una profesión que aún despierta pasiones

25/06/2018

El arte de hacer timples en Canarias era un secreto reservado solamente para algunos grandes artesanos pero, en la actualidad, el deseo de éstos por elevar la categoría del instrumento y la llegada de internet ha generado una cantera que viene pisando fuerte

En los últimos años se ha vivido un nuevo fervor relacionado con la recuperación del timple como un instrumento con valor independiente, pero también de los profesionales que lo ponen al servicio del músico: los luthieres. Estos artesanos han guardado durante años los secretos para su peculiar construcción, recelosos de la posible competencia. Sin embargo, el cambio de siglo y el aperturismo que trajo consigo internet ha terminado por diluirlos y ellos mismos han pasado el testigo a una cantera que viene pisando fuerte. «La luthería nace de la unión con el músico», explica Alejandro Cardona, que habla del oficio como si se tratara de un sastre que confecciona trajes a medida. «Cada uno tiene una manera de tocar y te pide una cosa distinta, así que es fundamental estar en sintonía con él».

Encontrar un modelo original en su estado más puro frente a la fabricación en serie es el objetivo de los nuevos luthieres. Las diferencias radican en los matices que cada instrumentista requiere y la competencia significa desafiarse a uno mismo. «La industria es la industria, lo que nosotros buscamos es la excelencia», afirma el italiano afincado en Fuerteventura, Luca Canteri. «Para mí, esto es una manera de expresarme, igual que un pintor con sus cuadros». Para Cardona, la clave está en equilibrar lo artesanal y lo moderno. «El timple ha evolucionado en el tiempo, y también su sonido, incluso los propios intérpretes, pero hay que mantener cierta esencia».

Una afición

Si bien en Canarias existe un considerable número de artesanos dedicados a la luthería, la mayoría no se dedica en exclusiva a esta profesión. «Hay que pensar que el mercado del timple es muy reducido: la mayoría de compradores son de aquí y adquieren uno que espera que le dure años. Eso, económicamente hablando, no genera ningún beneficio», señala Alberto Cárdenes, que asegura necesita una media de 40 horas de trabajo por instrumento. «Nos dedicamos a esto porque nos gusta, es como un estilo de vida».

Canteri, por su parte, tarda al menos tres meses y Cardona, seis. Pero los tres coinciden en la importancia de realizar el trabajo de manera artesanal, con barnices hechos a base de resinas naturales y, sobre todo, maderas antiguas. «Lo más importante es la calidad del material, aunque en el mercado hay poco», indica Cárdenes, que alberga entre sus manos un timple «de muestra» hecho con madera de pino de más de 2.000 años, con certificado incluido. Un pequeño lujo que consiguió fortuitamente en Estados Unidos, aunque sus principales proveedores proceden de la península. «Al menos en mi caso, necesito verlas, tocarlas, olerlas... porque no es lo mismo seleccionarlas en persona que en una foto», admite. Coinciden sus compañeros de oficio: Canteri importa la mayoría de Estados Unidos, mientras que Cardona suele encontrar juegos de maderas antiguas aún guardadas por algún vecino, ebanista o luthier.

Nuevas generaciones

«No creo que este arte se llegue a perder, además porque timplistas como Germán López, Yone Rodríguez o, en su momento José Antonio Ramos, están haciendo un gran trabajo de promoción del instrumento», afirma convencido Alejandro Cardona, que posee una réplica hecha por sí mismo del modelo del músico, ya fallecido. «El problema es que para dedicarte enteramente a ello tienes que producir más y más rápido, lo que implicaría perder algo de calidad, o vender más caro, lo que significa vender poco», afirma.

Luca Canteri es, de los tres, el único que ha podido abrirse paso en el mercado, pero reconoce que ha sido gracias al público que reclama sus guitarras, sobre todo en ferias en Estados Unidos.

En lo que sí coinciden estos luthieres, que aún se consideran aprendices, es en que los secretos de este arte no morirán con ellos, porque «lo bonito», dicen, «es compartirlo al mundo».

El luthier, una profesión que aún despierta pasiones
Alberto Cárdenes

Construyó su primer timple con las cajas de madera de pino que almacenaba la frutería de su barrio. «Enseguida se me estalló por todos lados, pero lo que buscaba era aprender la técnica, no esperaba que me saliera bien». Alberto Cárdenes afirma que empezó, como muchos, por afición y terminó dedicándole la mitad de sus días. «Toqué muchas puertas, pero no tuve suerte, así que terminé desarmando yo mismo unos timples que tenía e intenté aprender de forma altruista», cuenta desde su taller en Carrizal. Asegura que, al final, tuvo que invertir en algún curso formativo en la península de la mano de luthiers de guitarra clásica y flamenca. «Te hablo de mitad de los años 80, no había formación y ahora, concretamente de timples, tampoco hay nada», explica.

Primero la técnica, después el sonido. Su sello, un caballito de mar

Fue a partir de la llegada de internet cuando los constructores empezaron a compartir ideas e impresiones en foros, pero fue la disciplina lo que le permitió mejorar su técnica, también en la afinación del sonido. «Mi intención siempre fue orientarme al sector profesional, aunque si alguien me pide otra cosa no me niego», afirma Cárdenes, cuyas creaciones han pasado por las manos de Germán López o El Colorao. Lo que nunca falta en sus instrumentos es una incrustación en madera en forma de caballito de mar y algunas perlas de nácar: «Es mi marca personal, un animal un tanto único, y quería tener un sello que rápidamente me identificara». Para este perito, que se define como un hombre muy exigente, lo que no pase su «filtro», no sale de su casa.

El luthier, una profesión que aún despierta pasiones
Luca Canteri

Se embarcó desde su tierra natal, Verona (Italia), en 2001 porque afirma que le encantaba la tranquilidad y la seguridad de Canarias. Luca Canteri descubrió en Fuerteventura el amor y las olas, pero también la inspiración para comenzar su propio negocio. «Siempre me encantó tocar la guitarra, pero estaba aburrido de los modelos que veía en las tiendas. Quería un diseño único, que sonara diferente, así que tuve que hacerla yo mismo», explica el italiano, que asegura se pasó dos años entre libros, cursos y ferias antes de ponerse manos a la obra. «Contacté con luthiers de Estados Unidos a través de foros y cuando hice la primera, como le gustó a mucha gente, me encargaron un modelo igual».

Innovación con sentido. Su sello: un modelo original

Cuenta que todo empezó «de broma», ya que no se había planteado que pudiera ser una verdadera profesión. Actualmente se dedica a tiempo completo, pero admite que «no ha sido nada fácil» porque «tienes que generar confianza en la gente». El salto hacia la construcción de timples también fue para él un experimento, a raíz de un amigo canario que le animó, a pesar de que él reconocía no saber nada del instrumento. Sus creaciones, sin embargo, han llegado a estar en manos de algunos de los mejores timplistas de nuestras islas.

El luthier, una profesión que aún despierta pasiones
Alejandro Cardona

Lo más cerca que había estado de un juego de maderas fue en una ocasión en la que se empeñó en que podía recrear el baúl del escaparate de una tienda de muebles. Sin embargo, no fue hasta que quiso desprenderse de un armario cuando conoció a Jesús Machín, veterano luthier, a quien terminó regalándoselo a cambio de que le enseñara algunas nociones en el arte de construir timples. Desde entonces, Alejandro Cardona ha construido ocho, cinco de ellos para amigos y profesionales como Rosana. «Fue Francisco de la Rosa quien me la presentó: probó uno que ni siquiera estaba electrificado aún, le gustó y se lo llevó», cuenta visiblemente ilusionado por el hecho de que la cantante use su creación en lugares tan lejanos como Argentina para sus conciertos.

Estar en total sintonía con el músico. Su sello: la forma de la pala

«Para mí, esto es sólo un hobby que se me da bien, trabajo en mis ratos libres, pero no es lo que sostiene a mi familia», explica este policía local cuyo taller consiste en un pequeño cuarto, sorprendentemente ordenado, en la parte baja de su propia vivienda. Sus dos hijos, afirma, le ayudan de vez en cuando, aunque no con el mismo entusiasmo. «Al año hago unos dos timples, aproximadamente, pero estoy todo el día dándole vueltas para ver cómo puedo hacer cosas diferentes», señala. «Hoy en día, los timplistas te exigen un montón, porque son gente muy especializada y eso te obliga a adaptarte». Su sello personal, la pala, de forma curvilínea con una pequeña muesca, aunque admite que el secreto de un buen timple no es el exterior sino lo que no se ve: el varetaje, el grosor, la curvatura y, por supuesto, la calidad de las maderas.