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Pieza de la serie 'Ulises', de Juan José Gil. C7
Juan José Gil. Pintor-Pintor
Opinión

Juan José Gil. Pintor-Pintor

La muestra 'Mi sancta sanctorum', se exhibe en la Fundación Mapfre Las Palmas hasta el próximo 26 de julio

Carlos Díaz Bertrana

Sábado, 8 de junio 2024, 22:59

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En Canarias la abstracción que se conocía era la informalista, auscultada por tres artistas de la generación anterior: Pedro González en su versión lírica, expresionista en Lola Massieu y la matérica de Manolo Millares. De ahí el impacto en 1978 de la 'Pintura–Pintura' de Juan José Gil, tan distinta a lo que se veía en Canarias; algo 'moderno', en el sentido que Arthur Dato emplea el término: «no sólo lo más reciente, sino una noción de estrategia, acción y estilo que implica una diferencia entre el ahora y el antes». Grandes lienzos sin marco y sin figuras, campos de color y luz que se aligeran por los bordes. Una dialéctica visual que viene de los maestros del expresionismo abstracto americano (Still, Rothko, Motherwell, Diebenkorn…) una dicción pictórica donde las relaciones de formas, luz, texturas, ritmos y color mandan sobre cualquier tema, y que Gil contamina con su idiosincrasia, su «entendimiento» del espacio pictórico.

La piel brilla, centellea, microesferas de cristal cubren el lienzo, traen una nueva luz a su pintura. Efervescencia del color que vibra y atrapa la mirada. Un toque efectista y algo más, la composición se enriquece con los cambios de ritmo, la alternancia de texturas, de zonas frías y cálidas. El temblor de las líneas posa un estremecimiento humano. Ha encontrado su lenguaje en la pintura (el de la tradición abstracta), un expresionismo contenido, y a pensar no en colores sino con colores. Es su obra más luminosa.

A partir de ahora su paleta será la de las medianías donde se crio, brumosa, húmeda. El territorio y la identidad, el paisaje y la melancolía entran en su poética. 'Paraíslas', una de sus series más logradas. Una isla sola, suspendida en el tiempo y el mito. Una obra que supera el debate abstracción-figuración, representación-expresión; más allá del tema, pura pintura: «Siempre he tenido una preocupación por el color y su lenguaje… En el fondo nunca he dejado de hacer un canto al color».

Y en 1985 la serie 'La casa', que para Gil siempre está deshabitada, es el hogar del mito y la utopía. La casa encantada flotando entre una tempestad de nubes. La casa preñada de periódicos que traen noticias del mundo que nadie va a leer. La casa de San Borondón, la isla leyenda y espejismo, el efecto Fata Morgana que ven algunos artistas canarios y Gil frecuenta. Mi casa de Pompeya, sólida y de hermosos colores pastel, a la deriva por un turbulento mar de lava que chorrea del Vesubio. La Casa deseada de colores azul sombrío, enigmática, envuelta en tinieblas y oscuridad: es también la «isla de los muertos» que pintó Arnold Böcklin.

La isla imaginada, que tal vez sean restos de la no menos mítica Atlántida, protagoniza su serie de 'Fragmentos de la isla de San Borondón'. Un mundo de extrañas arquitecturas, de geometría ortogonal, ritmo quebrado y temática bipolar. El título de la serie nombra a la isla que vio el abad irlandés poco después de visitar la Isla de los Pájaros, donde las aves cantan salmos y alaban a Dios. Una isla que aparece y desaparece en el improbable tiempo de los mitos y que Gil emerge del agua o de las brumas, de su imaginación y de su memoria. Sus 'Fragmentos de la isla de San Borondón', húmedos y nebulosos, son también las azoteas y estanques de las medianías por donde discurre su infancia. «Reflexiono sobre los fragmentos de una utopía como decantación de la mirada retiniana y de la mirada interna: testimonio poético de mi tierra, acontecer de un tiempo imaginado».

Entre 1989 y 1990 realiza tres series «etnográficas» en las que prosigue su reflexión poética sobre la identidad. 'Memoria sincrética', una interpretación postcubista de la arquitectura popular; 'Warerhouse', realizada con fibra de platanera y 'La Rama' sobre la ancestral fiesta que se celebra en Agaete. Un episodio lúdico y dionisíaco que explora el movimiento y la sexualidad con cuerpos desnudos y ritmo de percusión. A bailar primero, piensa después, dice Estragón en 'Esperando a Godot'.

En los años que vive en Madrid pinta la serie 'Ciudadano del mar'. Nostalgia habemus, 'paisajes' de las medianías, siempre más sentidos e imaginados que realistas. Luz crepuscular y atmósfera de calígine, vaporosa. El mar, que ya merodeaba sus 'Paraíslas' y 'Fragmentos de San Borondón', y que ya no abandonará su poética. Y una carretera, símbolo del tránsito, del ir y venir; emigrar o quedarse, el eterno dilema del artista canario. «En mis cuadros que se inspiran en la tierra hay humedad; no son estériles ni mesetarios. La humedad y el salitre es parte del amor. En mis lienzos hay también calima y los difuminados aparecen como la visión del mar observada desde el campo, ya que siempre me sentí un poco preso entre la tierra y el horizonte marino».

'Ulises', su nueva serie. Esqueletos de barcos de vela flotando en un mar de 'Pintura-Pintura'. Luz crepuscular, a lo William Turner. El artista en el umbral, duda entre volver a casa o demorarse. Se fue a Madrid como 'Ciudadano del mar' y regresa como 'Ulises'. «Personifico mi soledad en esos barcos, como antes en las casas, las montañas, las islas, las carreteras. Más que personas son retratos del pensamiento; eso es lo que está en la cáscara del concepto. No hay obra sin concepto y el concepto vibra incluso desde el silencio cuando no es explícito».

Y llega a la 'Orilla'. La pasión, dibujando contornos, diluye la imagen en una pintura que es más imagen de la psique del artista que representación. El ambiente es sombrío y húmedo, los colores oscuros, a veces negros. Y la materia, espesa y alquitranada; iluminando la angustia de la creación, supura del lienzo, se retuerce y expande en charcos de luz y bramidos de espuma.

La 'Orilla', metáfora del destino del artista canario, allí donde acaba la isla y empieza el mundo, es el 'tema' de estas pinturas mentales y paradójicas. En el último lustro el color predominante era el azul nórdico y ahora desaparece, justo cuando pinta el mar. Tal vez para recordar que su pintura no es exclusivamente retiniana, tiene un fondo conceptual y lábil. Gil sitúa la pintura en este espacio de incertidumbre, pero inevitablemente sus cuadros son vitamina para los ojos, una epifanía sensorial. Y sabido es que sentir es el preludio de comprender.

Uno de los cuadros de la serie 'Estancias'.
Uno de los cuadros de la serie 'Estancias'. C7

La exposición 'Orilla' viene acompañada de una instalación. Una lámina de agua negra sobre la que cuelga una red con bultos oscuros: la sencilla monumentalidad de un jardín japonés… Y de fondo la monótona música del motor de un pozo, desgranándose como un mantra oriental, o como una inmisericorde música minimalista.

Siempre investigando y renovándose, «la pintura como rastro del discurrir entre mundo y lenguaje», que cita Jarauta. Estancias, obra de madurez, sencilla y enigmática, real y metafísica, una escena local y universal. Un barrio marinero que puede ser el de San Cristóbal y que es el de todos los mares. Pintura de contundente impacto visual y sosiego; atmósfera de calima y salitre, se huele el mar. Arquitecturas de soledad y retrato existencial del artista. Vibración emocional del color a lo Rothko que prosigue en sus poderosas series escenográficas de 'Puertas' y 'Elogio de la salida'. Tramoyas de luz que organizan el espacio, alegorías de la necesidad del artista de salir de la isla para crecer y abrir otras puertas a su poética.

En el catálogo 'Del tiempo. El espacio y la luz', la exposición más completa hasta ahora del artista, la comisaria Alicia Batista Couzi: «las experiencias acumuladas en su memoria desde la infancia ejercen una valiosa influencia que persiste como referentes naturales más allá de lo puramente topográfico. Recuerdos del inconsciente que actúan como nutrientes, van transformando la mirada del artista». Trágica y postromántica en sus últimas obras: 'Réquiem por un barranco', una tenebrosa lección de pintura; el perro de Goya sin el perro, fusión de memoria del paisaje y de la historia del arte. El vértigo de los grandes formatos que vimos en sus primeras obras abstractas es ahora mar tempestuoso, a punto a engullir la isla, o 'ámbito del demiurgo', que ya no es Shangri-La, el paraíso. No más utopías, la naturaleza sola, principio activo del mundo iluminada por una funesta luz. Aun no ha amanecido el hombre, o ya se fue.

«En el transcurso del tiempo he estudiado, leído, pintado y trabajado en mil cosas pero, sobre todo, he vivido, he soñado y compartido el arte y la vida con mis amigos y seres queridos. Sigo viviendo y trabajando en el mundo del arte, pues nunca se acaba de aprender y sólo sé hacer esto para vivir, para poder seguir soñando, para poder seguir amando».

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