Un grupo de senderistas en las proximidades del cono volcánico de Cabeza de Vaca. / gerardo ojeda-cober servicios audiovisuales

Una caminata al cono volcánico para llevarse La Palma en el corazón

La ruta senderista por el sobrecogedor paisaje próximo al cráter permite a los visitantes conocer los distintos aspectos de la erupción y sus efectos

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Los Llanos de Aridane

El incipiente turismo volcánico está atrayendo a visitantes concienciados del impacto de la erupción. Eligen pasar sus vacaciones en La Palma, principalmente, para contribuir dentro de sus posibilidades a la recuperación de la isla. Estas personas, sensibles a la naturaleza, tienen entre sus prioridades visitar el cono volcánico; una excursión donde se aprecia de cerca la belleza y el poderío de un monstruo destructor que aún exhala fumarolas visibles y que ha construido un paisaje nuevo, transformando para siempre las vidas de los habitantes del Valle de Aridane.

Desde abril, las pistas usadas durante la erupción por los científicos para contemplar las fauces ardientes del Tajogaite están siendo frecuentadas por estos turistas procedentes, en su mayoría, del resto del archipiélago y de distintos puntos de la península. Los primeros en recorrerlas fueron las personas afectadas por la erupción. Unas 1.500 se acercaron al cono a mirar de frente al origen de sus males.

Desde entonces, nueve pequeñas empresas palmeras de turismo activo están autorizadas para organizar estas excursiones por la ruta diseñada por Instituto Geológico y Minero Español (IGME).

Federica Ceiner da instrucciones a los senderistas antes de iniciar ruta. / gerardo ojeda-cober

La seguridad está garantizada. Si la emisión de gases volcánicos afecta la calidad del aire en la zona, la excursión se cancela.

Por suerte, los alisios barren hacia el oeste los gases desprendidos por el cráter. «La excursión solo se puede hacer con determinadas condiciones meteorológicas. Hasta ahora solo la hemos tenido que suspender dos días», explica la guía turística oficial de Canarias, Federica Ceiner, de la empresa La Palma Natural.

El camino tiene el punto de salida y llegada en el Llano del Jable. Allí comienza una ruta circular de unos cinco kilómetros, con cien metros de desnivel, en apariencia sencilla pero no apta para personas que no estén en buena forma física. El jable cubre todo el trayecto. Caminar sobre este terreno es incómodo y agotador, aunque la ruta no es muy larga. Las botas de montaña se hunden sobre el manto negro de arena volcánica y acaban repletas de fino picón.

Una cuadrilla de operarios borra las pisadas de los excursionistas. / gerardo ojeda-cober

Tanto es así, que una cuadrilla de operarios del Cabildo insular se dedica a borrar continuamente las pisadas de los senderistas para evitar que dejen su huella sobre el nuevo paisaje nacido de la erupción. Una tarea sorprendente, sobre todo, cuando las virginales fajanas -un territorio nuevo ganado al mar por las coladas- ya están surcadas por la indeleble cicatriz de una pista construida por el Cabildo palmero para instalar una tubería de riego. «¡No pisen lo barrido!», recomienda Ceiner a los caminantes a los que pide que no sobrepasen el borde del sendero.

En los cuatro turnos diarios de la ruta solo pueden coincidir simultáneamente cuatro grupos, compuestos por un máximo de 14 personas. La demanda es alta y casi todas las plazas disponibles se cubren.

No es una ruta senderista normal. El paisaje es sobrecogedor y la guía turística, instruida previamente por científicos desplegados en la zona, sitúa al volcán en su contexto y aprovecha la ocasión para explicar que Cumbre Vieja es la parte más nueva de La Palma, que con una edad geológica de 2 millones de años es una de las islas más jóvenes del archipiélago.

El camino se salpica de paradas. En ellas la guía ofrece información detallada de cómo se desarrolló la erupción y, sobre todo, cómo la vivió la población. Una experiencia que también le afectó a ella en calidad de vecina de Los Llanos de Aridane. «No quería hacer la ruta hasta el volcán. Después de todo el daño que hizo, no podía. Tardé dos meses en hacerme a la idea», confiesa Ceiner.

Ahora, pasado el tiempo, lo ve de otra forma, pero sigue recordando el temor que causó la erupción en cada uno de los habitantes del Valle de Aridane. «No podemos negar que es una maravilla. Es la máxima expresión de la naturaleza, pero da mucho miedo. Crea mucha incertidumbre. No sabes qué va a pasar. Durante aquellos tres meses, el ruido no te abandonaba nunca y sentías su cercanía en todo el Valle de Aridane. Al final fue una erupción urbana. Sentíamos la explosividad del volcán con las vibraciones de nuestras casas», comenta sobre la erupción.

Transcurridos nueve meses del fin de la erupción, lo que quedan son los daños. « Sientes el duelo colectivo. Siempre conoces a alguien que ha perdido algo. Si no es la casa es su trabajo. Todos vivíamos atemorizados por lo que la colada se podía llevar. Se crea empatía. Hizo mucho daño y causó un dolor que sentimos todos», explica la guía turística que cree que esta catástrofe natural es muy distinta a los incendios o las inundaciones. «En estos casos, cuando todo pasa puedes volver al lugar de donde eras. En una erupción la lava lo borra todo: la casa, los lugares de referencia, la identidad...», lamenta la cicerone de Cumbre Vieja.

Pero el aroma de las higueras y los pinos que sobrevivieron a la erupción perfuman el camino y se empeñan en demostrar que el futuro existe, incluso en la negrura del paisaje cubierto por cerca de medio metro de fino picón.

Federica explica a los caminantes las causas de la supervivencia del resistente pino canario, adaptado a los volcanes tras 13,5 millones de años conviviendo con las erupciones. También desvela el secreto de otras especies que han resistido la lluvia de piroclastos como las higueras o los castaños, que se libraron de sufrir clorosis -falta de clorofila- porque en aquellos días otoñales estaban desprovistas de hojas.

Menos suerte corrieron los animales. Los lagartos, conejos, pájaros y hasta los insectos desaparecieron. Ahora, empiezan a verse libélulas y saltamontes y las aves se animan a realizar incursiones por la montaña quemada. Un cernícalo sobrevuela el grupo y los atrevidos cuervos se acercan a los senderistas en busca de algo de picar. No se les puede dar comida, solo agua.

Un cernícalo sobrevuela al grupo. / gerardo ojeda-cober

Poco a poco, en la pista de Cabeza de Vaca comienza a vislumbrarse el perfil teñido de amarillo por los cristales de azufre del cráter. «Todo este edificio volcánico, que tiene una dimensión de 190 metros de alto y por una longitud máxima de 550 metros, se ha formado en 85 días de erupción. Ahí no existía nada. Era llano. Este volcán es de tipo monogenético. Todos los volcanes de Canarias, salvo el Teide, son de este tipo. Son volcanes que solo erupcionan una vez», indica la guía en el primer encuentro visual con el cráter.

Pero las explicaciones de Federica Ceiner se centran, sobre todo, en el efecto de la erupción sobre la población y en sus medios de vida; la agricultura y el turismo. «Cuando la prensa se va de un lugar donde ha pasado una catástrofe, la gente se va olvidando y aquí hay que tener presente que los habitantes del Valle de Aridane siguen teniendo problemas que hay que resolver, que es normal. Por eso hay que intentar llegar a la gente, que se queden con esta idea, que cuando lleguen a casa recuerden algo más y que no sea solo observar un paisaje, sino hacerles entender qué le ha pasado a la gente de aquí, lo que ha vivido y lo que tendrá que vivir en el futuro porque esto no ha acabado; esto ha empezado», comenta la italiana afincada en La Palma hace once años.

Foto del grupo de senderistas. / gerardo ojeda-cober

Al final del trayecto los visitantes están satisfechos. «Ha sido una experiencia estupenda. Los paisajes son magníficos y el volcán impresiona: ver que todavía está activo desprendiendo humo por las fumarolas, cómo la vegetación ha vuelto a nacer. La caminata no es demasiado cansada y el ambiente es inmejorable. Dan ganas de volver», cuenta el palentino Carlos Escalera, uno de los afortunados senderistas que acabaron el camino con las botas llenas de jable y con La Palma en el corazón.

«No nos olviden», les pide Federica en la despedida y, en efecto, será muy difícil hacerlo.