Josefina y Eliezer arropan a Anastasia y Mateo, hija y nieto de Gregory, para quien, 20 años después, Valsequillo sigue siendo un refugio seguro. / Arcadio Suárez

Un viaje de 20 años de Ucrania a Valsequillo

Solidaridad. Eliezer y Josefina acogieron hace dos décadas en su casa a Gregory. Su vida varó en el puerto de La Luz. Ahora rescatan de la guerra a su hija, Anastasia, y a su nieto, Mateo

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Valsequillo

Duerme con una luz encendida. Le debe procurar cierta paz, porque aunque Anastasia sabe que ella y su hijo Mateo pueden dormir sin miedo a las bombas en Valsequillo, su mente no descansa tranquila. Convive con la angustia de saber que sus padres están a 6.050 kilómetros, en Ucrania, en un enclave urbano muy cerca de Jerson. «Están atrapados en una zona ocupada por los rusos, no funcionan los corredores humanitarios para que les llegue la comida y tampoco pueden salir», apunta triste. Los invasores se han apropiado hasta de las gasolineras. Han confiscado todo el combustible para sus tanques. Y le inquieta mucho el estado de salud de su padre, Gregory Glushakov. Es diabético y solo le quedan medicamentos para un mes. A él no le dejan salir del país por la ley marcial. Tiene menos de 60 años (54) y puede hacer falta. Su madre sí puede, pero no quiere. «Si tenemos que morir, morimos juntos», cuentan que le dijo.

Vídeo. Foto que conserva Eliezer de 1993, en la que posa con Gregory. Lo rescató del abandono en el Puerto de la Luz y se lo llevó a su casa. Desde entonces se consideran como hermanos. / c7

Anastasia, de 31 años, y Mateo, de 4, llegaron a la isla hace poco más de una semana. Les acogió Eliezer Pérez, el hermano canario que le salió a Gregory allá por 1993, cuando la flota rusa quedó abandonada en el puerto de La Luz y este valsequillero y su mujer, Josefina Suárez, recién casados, también le dieron cobijo en su casa hasta que todo se normalizó. Gregory y otro compañero suyo, Serguei, luego convertido en otro medio hermano de Eliezer, convivieron con el matrimonio casi un año. Aquella experiencia les unió tanto que nunca perdieron el contacto, así que en cuanto Eliezer supo que los rusos habían invadido Ucrania, le recordó a Gregory que sigue teniendo familia en Canarias.

Primero se resistió, pero al final, cuando se dio cuenta de que Putin no solo iba en serio, sino que ya tenía sus tanques cerca de casa, le lanzó un SOS. «Me mandó un mensaje por Facebook: 'Solo te pido un favor, salva a mi hija y a mi nieto'». Eliezer no puede evitar emocionarse. Anastasia se resistió. No quería dejar allá a sus padres, a su marido, que se quedó en Polonia, y a su hermano, de 20 años, que está en Kiev, pero al final aceptó por alejar a Mateo de la barbarie. «Empezamos a enterarnos de que ya estaban muriendo niños y sentí miedo».

Es higienista dental, pero ahora se estaba dedicando a cuidar de Mateo. Todo iba bien. Como cualquier familia. «Teníamos planes. Éramos felices». Hasta que se les cruzó Putin. «Nos habían dicho que teníamos que preparar bolsos de emergencia por si acaso, pero yo no me lo creía, no podía imaginar que en el siglo XXI iba a empezar una guerra con bombardeos». No lo pensaba hasta que llegó. «De repente una noche nos llamaron a las cuatro de la mañana, estábamos durmiendo, y me dijeron: levántate, porque empezó la guerra».

Hasta que ella estuvo en el país no habían llegado las bombas a su zona, así que aguantó unos días hasta que el Ejército les instó a evacuar. «Sonaban las sirenas, pero yo nunca me metí en los refugios, en esos sitios hace mucho frío, hasta 5 grados bajo cero, y Mateo y yo estábamos mejor en casa, me sentía más segura». En todo caso, tampoco fue nada fácil salir. «Era muy difícil coger un autobús». Anastasia no lo consiguió hasta el tercer intento. Logró subirse a una guagua que iba atestada, con 100 personas y solo 60 plazas, y después de pagar el triple del precio que valía. Cogieron rumbo a Polonia, donde les acogió una familia de amigos. De allí los sacó Eliezer, en un vuelo que salió de Varsovia y aterrizó directo en Fuerteventura.

Vídeo. Anastasia besa a su hijo Mateo, el motivo por el que decidió escapar de su patria, Ucrania. / arcadio Suárez

«Me dieron 20 minutos para prepararme, así que salimos con un bolso, ropa de invierno y documentos, ya está, lo demás lo dejé atrás», afirma con un rictus de amargura. Tardaron 12 horas cuando lo normal son 5 o 6. «Paramos varias veces, cuando escuchábamos bombardeos, y también en Leópolis; allí los soldados del Ejército ucraniano hicieron una inspección, vigilabam que solo saliésemos mujeres y niños». ¿Y qué pensaba mientras salía? «Miedo, miedo, miedo», repite. «Miedo al futuro, con la cabeza vacía». No terminaba de creerse lo que estaba viviendo. «Me sentía como en un mal sueño».

Mientras su madre habla, arropada por Eliezer y Josefina, con los que solo se entiende vía traductor de móvil, Mateo no para quieto, a lo suyo, jugando. Su corta edad le permite vivir en mundos de fantasía en los que no hay lugar para Putin, pero sí es cierto que ha notado que no está en su casa y que hace días que no ve a su padre y a sus abuelos. «Me dice que quiere volver a casa; yo le explico que allí hay tanques y él pregunta: si hay tanques, quién los va a parar». Anastasia le responde que Zelenski. Ella cree que el pueblo ucraniano tiene suerte de tenerlo de presidente. «Con Poroshenko (el anterior) ya lo habríamos perdido todo». Lo que no tiene claro es cuándo ni cómo va a terminar esta invasión, pero su esperanza es que sea pronto. «Lo que más necesitamos es que la UE o la OTAN cierre el espacio aéreo». Y como no lo hacen, no oculta su decepción. No entiende que permitan los bombardeos.

Su tabla de salvación actual, aquello a lo que se agarra, es a que al menos mantiene el contacto con sus padres vía redes sociales, por Facebook. «Ella no es persona hasta que no logra confirmar cada mañana que siguen bien, es lo primero que hace cuando se levanta», apunta Eliezer. «Mis padres tienen miedo, porque han colocado minas en los campos para que no puedan plantarlos y porque temen que cuando termine todo esto y regresen a Crimea destruirán toda la ciudad», sigue Anastasia.

Ahora vive con la ilusión de que este próximo miércoles podrá reencontrarse con su marido. Eliezer ha logrado traerlo también. Se siente tranquila y muy bien acogida por esta familia valsequillera a la que hasta ahora solo conocía por fotos. Pero sus pensamientos no viajaron con ella. Siguen allá, con su pueblo y su familia, que sobrevive en sótanos-refugio, sin agua ni comida. La guerra le persigue.