El Pollo de La Barranquera. / C7

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El tortuoso regreso a Cuba del Pollo de La Barranquera

Manuel Trujillo vuelve a casa con dos meses de retraso por el virus. A sus casi 84 años, el histórico exluchador llegó a acudir al consulado para suplicar ayuda y poder reencontrarse con su hijo.

Ronald Ramírez Alemán
RONALD RAMÍREZ ALEMÁN Telde

Aterrizó en Gran Canaria a finales de julio en uno de los últimos vuelos humanitarios procedentes de Cuba para pasar, lo que el Pollo de La Barranquera esperaba, unas plácidas y no demasiado extensas vacaciones en la que fuera su casa hasta 1997. Pero si este histórico exluchador supiera lo que le depararía su estancia en la isla, probablemente hubiera aplazado su viaje hasta que la situación sanitaria se normalizase del todo.

Manuel Trujillo, uno de los mayores exportadores y embajadores de la lucha canaria fuera de las islas, con un bagaje inigualable que le otorga la creación de más de 100 escuelas del deporte vernáculo al otro lado del Atlántico, tenía el billete de vuelta a La Habana para el 3 de septiembre, sin embargo su sorpresa fue mayúscula cuando, a sus 83 años y cargado de maletas, llegó al aeropuerto y le notificaron que el vuelo había sido cancelado. Ni se molestaron en avisarlo.

Ese fue el inicio de una odisea que se alargaría dos meses más y que contaría con otros dos viajes suspendidos. La desesperación de este hijo predilecto de Ingenio fue tal que incluso acudió a la cónsul de Cuba en Canarias, Elsa Agramonte, suplicando ayuda para regresar a casa. «Ni deshice las maletas desde la primera cancelación hasta que pude volver. Nunca me sentí tan incómodo en mi propia tierra como en esta última vez», relata Trujillo, ya felizmente instalado en su casa y en compañía de su hijo Geovannys, una de las principales razones por las que anhelaba regresar cuanto antes.

En el calor de su hogar respira con alivio, puesto que el Pollo de La Barranquera, quien se crió y labró una leyenda en el barrio teldense que le da nombre, no esperaba que a sus casi 84 años -los cumplirá este mes- aún le quedaba una pelea que librar. Entró en la isla caribeña el pasado domingo a pesar de que el aeropuerto José Martí, de La Habana, continúa cerrado para vuelos comerciales por culpa de la covid-19. Sin embargo, pudo desplazarse en un avión de Iberia al que solo podían acceder pasajeros residentes en Cuba o extranjeros con un permiso gubernamental. Eso sí, como guinda a esta traumática experiencia, le perdieron el equipaje durante el vuelo. Unas maletas que, como en él era costumbre, estaban cargadas de 20 kilogramos de gofio.

Pero a pesar de todas las vicisitudes, el final de la rocambolesca aventura fue feliz para una de las figuras más ilustres del deporte teldense y canario. No en vano, el recuerdo que dejó su paso por el Castro Morales (club teldense de lucha canaria) aún perdura, como lo hace su estancia en el Unión Agüimes, el Maninidra y el Unión Sardina. Los más viejos aún recuerdan sus entrenamientos con otro ilustre del municipio como el boxeador Kimbo, cuando corrían al trote hasta Valsequillo. Y ahora, unos 65 años después, le ha tocado representar la problemática que están padeciendo los habitantes de dos territorios hermanados y que es extensible a otros tantos cubanos y canarios que se han quedado atrapados en tierra amiga por culpa de la pandemia.