María Jesús se queda sin casa y sin paga en pleno confinamiento

Un derrumbe la obligó a abandonar la cueva de Caserones donde llevaba viviendo desde 2018 y ha dejado de percibir la PCI porque su divorcio se ha paralizado por culpa del estado de alarma.

Ronald Ramírez Alemán
RONALD RAMÍREZ ALEMÁN

La situación de María Jesús Cáceres se agrava cada día que pasa y el destino no ha tenido piedad a la hora de sumarle reveses en plena cuarentena, cuando la respuesta se vuelve doblemente difícil, a su ya de por sí complicada existencia. Esta teldense llevaba más de dos años malviviendo en una casa cueva ubicada en Caserones Bajo, pero la semana pasada, mientras clamaba desesperada por los retrasos en el ingreso de la PCI, su única fuente de ingresos, se le cayeron las paredes. «Se derrumbó la parte de piedra, algo que ya se veía venir. Me salvé por los pelos», relata Cáceres, sin aliento ante tanta desgracia. Cogió lo que pudo y, junto a sus perritos, okupó otra vivienda abandonada. Pide por favor no descubrir su nueva ubicación. Se siente perseguida y ya bastante tiene con sus miserias como para encima aguantar ajustes de cuentas. Ni siquiera pudo traerse todas sus pertenencias y le da miedo volver por si toca lo que no debe y acaba sepultada bajo tierra.

Aún así, y aunque parezca mentira, ahora su mayor problema no es su hogar. Es comer. La semana pasada se enteró de que si no había recibido hasta ahora la Prestación Canaria de Inserción no se debía a un retraso, sino que porque se la habían quitado de manera definitiva. «Me dicen que no me corresponde porque tengo un marido con trabajo. El problema es que estoy en trámites para divorciarme. Ya no estamos juntos», desvela Cáceres. La sintecho afirma que cuenta con la demanda para separarse pero que la parálisis en las administraciones por culpa del estado de alarma le ha impedido formalizar el divorcio. Y su ya expareja no le ayuda con nada.

Ahora se ve sin ingresos, sin dinero, sin alimentos y sin mitad de sus cosas por la mudanza express a la que se vio obligada. Aún sobrevive gracias a la compra que un señor al que no conocía le hizo a comienzos de la semana pasada, mientras espera por los víveres que se le han prometido desde el banco de alimentos. «Servicios Sociales está cerrado y cuando llamo para pedir las ayudas me dicen que tengo que hacer los trámites por correo electrónico y adjuntar por ahí mi documentación, pero yo no sé hacer nada de eso», explica al borde de un ataque de ansiedad.

En su nuevo hogar no cuenta con agua ni luz, ni mucho menos internet o un ordenador. Al menos posee baño, un lujo del que no disponía en la cueva de Caserones. Y es que para María Jesús, después de más de 700 días viviendo entre escombros , con la compañía habitual de moscas, mosquitos y pulgas, y el temor de que las piedras y la tierra que se desprendían con frecuencia de las paredes diera lugar a un derrumbe definitivo, su nueva casa, que se encuentra prácticamente en ruinas, es todo un lujo. ¿Su drama ahora? Que no tiene nada para echarse a la boca.

«Si no me van a ingresar dinero, al menos que me den agua»

La odisea de María Jesús comenzó a principios de 2018 cuando los avatares de la vida la llevaron a la casa cueva del poblado prehispánico de Caserones Bajo. Se instaló ahí como solución temporal extrema después de la muerte de su madre, con la que vivía en Jinámar. «La cuidé hasta que falleció y después me quedé en la calle», rememora. Pensaba que su nueva realidad duraría poco tiempo mientras luchaba por conseguir un hogar donde poder reunirse con sus cinco hijos. Pero más de dos años después y tras mil batallas, Cáceres ha renunciado a ese sueño. «Me dicen que las familias con menores tienen prioridad para acceder a una vivienda, pero se ve que yo tengo menos derecho que el resto», se queja. Sus hijos viven con el padre y ya la teldense acepta con resignación que ahora la prioridad es salvarse a ella misma. Un objetivo que no sabe cómo alcanzará sin la ayuda de las instituciones, a las que al menos les pide agua. «Tengo la cuba vacía, si no me van a dar dinero, que me den agua aunque sea», suplica. Es lo mínimo.