La cabras devoran Rosa del Taro

No hay obstáculos para el hambre caprina, sobre todo si las cabezas de ganado campan a sus anchas sin control de pastor alguno. Lo sabe Silverio López, cuyos árboles en la Rosa del Taro se están viendo seriamente afectados; y, mientras tanto, en Cabildo y Ayuntamiento «miran para otro lado».

DAVID MONSERRAT | PUERTO DEL ROSARIO

En la atalayita de la Rosa del Taro (Puerto del Rosario) no hay quien pueda con las cabras sueltas que campan a sus anchas por los alrededores sin que nadie, ni los responsables de los animales ni las propias instituciones de Fuerteventura, hagan nada para poner fin a los destrozos que causan sobre propiedades privadas. Han pasado unos 20 años desde que Silverio López, propietario de una finca afectada y de una casa rural en las inmediaciones, colocara unas vallas para poder tener árboles, pero ha pasado el tiempo, las vallas se han ido deteriorando y, en últimos años, tampoco se han convocado nuevas líneas de subvenciones por parte de instituciones para restituir vallados.

Las cabras, que tienen buena vista para cualquier resquicio de verdor sobre el suelo árido, se cuelan por los agujeros abiertos por el óxido en la verja para devorar lo que se les ponga delante: acebuches, coles de risco, dragos, olivos, tajinastes, etcétera. «Los dragos tenían dos metros de altura y los han dejado casi inexistentes», lamenta el afectado, quien se declara «indignado y con sensación de impotencia» por el descontrol de los ganaderos de la zona y, también, por «la pasividad e inoperancia de las administraciones de la isla, que desde hace muchos años saben lo que pasa y no hacen nada, tanto el Cabildo como el Ayuntamiento». López aclara que no tiene nada en contra de la presencia de cabras, «pero que estén bajo control de un pastor, que es lo tradicional, para que no causen destrozos en propiedades privadas».

Cabildo y Ayuntamiento «miran para otro lado»

Esta misma legislatura el Cabildo llegó a un acuerdo con los ayuntamientos para poner fin a los destrozos del ganado suelto. El objetivo era que las cabras que no estuviesen bajo cuidado de un pastor fueran incautadas y trasladadas a instalaciones de la Granja Experimental de Pozo Negro, donde el propietario de las mismas podría recogerlas durante un determinado tiempo, siempre que se hiciera cargo de los daños causados y abonase los costes de la manutención. Sin embargo, entre los dueños de terrenos con árboles hay pocas esperanzas sobre estas iniciativas institucionales para controlar el ganado suelto, porque «al final nunca cumplen lo que anuncian y no hacen nada», asegura Silverio López, quien hace ya 12 años, cansado del mismo problema, se presentó en el Cabildo y en el Ayuntamiento con una cabra para denunciar la situación.