Baño gélido de Antonio y Raúl en el Charco de Las Palomas, en Tejeda. / Arcadio suárez

'Filomena' resucita las rutas del agua

Gran Canaria presume de verde. La borrasca alimentó cauces, charcas y caideros para el intenso disfrute de los amantes del senderismo

GAUMET FLORIDO FRANCISCO JOSÉ FAJARDO Las Palmas de Gran Canaria

Filomena' se fue, pero su estela sigue presente en los campos y paisajes de Gran Canaria. La borrasca que tiñó de blanco media España dejó a esta isla con ganas de nieve, pero a cambio le regaló agua para tres años de riego agrícola (las grandes presas recogieron más de 10 millones de metros cúbicos) y devolvió las escorrentías a barrancos que durante días parecieron ríos. Son precisamente estos cauces y sus charcas los que se convertirán estas próximas semanas en destino predilecto de los amantes del senderismo. Este periódico ofrece hoy un somero recorrido por algunos de los más emblemáticos caminos de agua de Gran Canaria. Algunos de esos paisajes han visto cómo 'Filomena' les aumentaba el caudal del agua de la que suelen disfrutar todo el año, como pasa con el barranco de Los Cernícalos, entre Telde y Valsequillo, o con el Charco Azul, en Agaete, o el de Las Palomas, en Tejeda, pero otros recuperan una estampa que solo es posible fotografiar justo después de unas buenas lluvias, como es el caso del barranco del Berriel, en San Bartolomé de Tirajana, o el de La Mina, en San Mateo.

Entre los bendecidos todo el año por el oro líquido por excelencia de Canarias está Los Cernícalos, un relicto natural de los bosques de laurisilva que hace siglos dominaban los campos de la isla. Cuenta con un sendero bien definido, de hasta siete kilómetros ida y vuelta, y es apto para familias, que podrán además disfrutar de la sucesión de varios caideros cauce arriba, algunos de ellos de varios metros de altura. El camino nunca pierde de vista el riachuelo del que se alimenta el mayor bosque en galería de sauce canario ('Salix canariensis') que se conserva en el archipiélago, un árbol icónico de la laurisilva que aquí da un aire de cierto misterio a la ruta. Entrará en un espacio muy protegido, dentro de la Reserva Natural Especial de Los Marteles.

Miriam y Sara, junto a uno de los caideros del barranco de Los Cernícalos. / Arcadio suárez

Juan Manuel Rodríguez, presidente de la cinco veces centenaria Heredad del Valle de los Nueve, la propietaria de estas aguas, estima que 'Filomena' les ha incrementado el caudal en casi 10 litros por segundo, pues de los cuatro, cinco y a veces seis que venían barranco abajo hace apenas unas semanas se ha pasado a los 14 o 15 actuales. Los cultivos que sobreviven gracias a este maná no tendrán que pelearse (es una forma de hablar) por el agua durante un tiempo y, de paso, propician un aliciente para la visita a familias como la de las hermanas Miriam y Sara, ambas de Telde, que aprovecharon una mañana estos días para procurarles un ratito de ocio campestre a sus mascotas Turu, Are y Bimba. Suelen subir para pasear a sus animales en este entorno casi mágico y esta vez aprovecharon, además, para inmortalizar en sus retinas y en sus cámaras de móvil la mayor presencia de agua en sus caideros.

«Vine con mi pareja Rebeca a conocer Las Palomas y ha sido una experiencia muy guapa. Merece la pena visitarlo»

Luis Suárez, senderista

La ruta parte de Los Arenales, barrio al que se llega tras pasar por Lomo Magullo, en Telde, al pie de una zona recreativa que lleva el nombre de un compañero de este periódico, Adolfo Santana. A partir de ahí solo tiene que subir y dejarse llevar por los olores a retama blanca, que ya está apuntando maneras, y por la melodía hipnótica del agua viva y en escorrentía.

Otro barranco que durante años fue húmedo y que estos días ha recuperado el agua es el de La Mina, en San Mateo. Los nostálgicos de esta senda antaño emblemática podrán reencontrarse con este otro reducto de laurisilva que, para colmo, se vio sacudido por uno de los últimos incendios que asolaron la Cumbre. La ruta más usada es la que parte de Las Lagunetas, al pie de la GC-15, la carretera que sube a Cruz de Tejeda desde San Mateo.

Una familia se recrea contemplando una de las charcas que se forman en el barranco del Berriel. / C7

Más al sur, en un entorno que recuerda más al salvaje oeste americano que a un paisaje alpino con charcas donde darse un baño, el angosto barranco del Berriel esconde una divertida, pero efímera ruta de agua entre riscos imponentes y teniques de basalto. Poco conocida, parte de Bahía Feliz y se adentra por un camino que discurre al pie del muro de la presa de La Monta, visible desde la GC-1. Tras apenas kilómetro y medio o dos de camino aparecen los primeros charcos. Los hay de considerable tamaño, de más de dos metros de profundidad. Los más atrevidos llegan al último caidero, el más espectacular, un punto en el que el cauce, como un cañón de piedra, se encajona tanto que para seguir el camino barranco arriba hay que subir precisamente por el propio caidero.

Carretera arriba rumbo a la cumbre podemos disfrutar de un enclave único en el centro de la isla, el charco de Las Palomas. Conocido por los lugareños como la playa de Tejeda. Está situado en la parte alta del barranco que da nombre al municipio y ofrece al visitante un caidero espectacular y un pequeño islote de arena y piedra en el centro que aporta singularidad y belleza al entorno. Además, el sendero que da acceso a este paraje es sencillo y parte desde la tan famosa y fotografiada cesta que apunta al Bentayga y que rinde tributo a los fallecidos por una trágica riada ocurrida el 30 de noviembre de 1946.

Y para trasladar el conocimiento de este preciado patrimonio, Antonio Díaz, profesor del CEO Tejeda, llevó a sus alumnos de 15 y 16 años a disfrutar de este rincón de la cumbre e, incluso, se animó a darse un baño junto a Raúl García, un estudiante vecino del barrio de La Tosca. «Está fría el agua pero merece la pena porque hace muchos años que no veíamos el charco así tan bonito» exclamaba tiritando de frío este joven, que se sintió recompensado por vivir en primera persona esta experiencia única.

«Es una pasada ver como cae el agua y encima está clarísima. Merece la pena disfrutar de esta isla que es maravillosa», detallaba la andaluza Rebeca Alba, que descubrió el charco de Las Palomas acompañada de su pareja Óliver Suárez. «Es lo único positivo de estar en un Erte, poder tener tiempo para disfrutar de la naturaleza», afirmaba resignado.

Dos visitantes se divierten en el entorno del Charco Azul. / Arcadio suárez

Pero no solo en el centro y sur de la isla hay enclaves en los que 'Filomena' ha dejado su impronta. En la otra parte de la isla, entre Agaete y San Nicolás, en el barranco de Andén Verde se encuentra otro de los clásicos para los amantes del agua. El charco Azul está precioso tras las lluvias caídas y se nutre las 24 horas del caidero que recoge todo lo que cae desde el macizo de Tamadaba. Hasta ese enclave se desplazan decenas de personas cada día porque «merece la pena disfrutarlo. No solo somos sol y playa y este es un ejemplo claro», decía feliz Manu Socorro, un enamorado de la isla que convenció a su amiga Cristina García para disfrutar del paisaje. «Es impresionante», exclamaba.

Filomena dejó en las grandes presas de la isla 10,9 millones de metros cúbicos de agua, con un almacenamiento total de 14,2 millones, para el riego de más de 3.500 agricultores.

metros es el récord de almacenamiento en la presa de Soria, alcanzado en el año 2001. Filomena dio 1,307 millones de metros cúbicos a este embalse.