Castellvi, en el laboratorio. / Efe

Castellví, reina de las nieves

Josefina Castellví, bióloga y oceanógrafa, fue la primera mujer en todo el mundo que dirigió una base en la Antártida; hoy es un referente para las nuevas generaciones de investigadoras

Jacob Petrus
JACOB PETRUS

Siempre ha detestado que la llamen pionera. Para Josefina Castellví, esta categoría solo la merece el mítico Shackelton y compañía, los exploradores que a principios del siglo XX llegaron a la Antártida cubiertos únicamente con pieles de foca.

Pero para hacer honor a la verdad, esta científica actuó en su vida como aquellos líquenes que colonizan una roca sin suelo vegetal, es decir, desarrolló una actividad nunca realizada antes por un ser semejante. Porque Josefina Castellví, Pepita para los amigos, fue una precursora, una avanzada a su época y un referente para las generaciones actuales, no solo por ser una de las primeras mujeres españolas en pisar el continente antártico, sino por convertirse en la primera mujer en todo el mundo que dirigió una base en la Antártida y adentrarse así en un mundo hasta aquel momento dominado absolutamente por hombres.

De hecho, el primer día que pisó el Institut de Ciències del Mar, allá por los años 60, la recibieron con un escueto: «¿Qué hace usted aquí? ¿No ve que es un oficio de hombres?» Lejos de amilanarse, disimuló asegurando que solo quería realizar la tesis doctoral con el objetivo de dedicarse a la enseñanza, algo habitual en las pocas mujeres que en aquella época se aventuraban en el mundo científico.

Pero la intención de convertirse en oceanógrafa solo acababa de empezar, un sueño que alcanzó, como dice ella, «porque no pedí permiso nunca más» y se convirtió así en un integrante más en los equipos de investigación.

Formación académica de primer nivel

Castellví (Barcelona, 1935) ha sido siempre una mujer de carácter, luchadora, perseverante, una virtud transmitida desde la cuna por su padre, médico, y su madre, ama de casa, que la impulsaron a estudiar y a ser independiente, unas ideas tremendamente atrevidas para una sociedad que se recuperaba de la Guerra Civil.

Sobre esos principios ha construido su carrera profesional, que la ha llevado a ser oceanógrafa, bióloga, conferenciante, divulgadora y escritora, y a recibir importantes reconocimientos como la Creu de Sant Jordi en 2003, la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona en 1984, el Premio de Medio Ambiente del IEC en 2006 o la Medalla August Pi y Sunyer en 2015.

Una trayectoria brillante que comenzó al licenciarse en Biología por la Universidad de Barcelona en 1957, continuar en La Sorbona con una beca sobre bacterias marinas, una especialidad inexistente en nuestro país, y culminó con el Doctorado en Ciencias Biológicas en la ciudad Condal en el año 1969.

Esta formación académica de primer nivel le permitió comprender cómo los fondos oceánicos son la espina dorsal de nuestro planeta y de su clima, y que lamentablemente, tal y como afirmaba en 1993, «sabemos más del espacio exterior que de nuestros propios fondos marinos».

Por esa razón, centró su atención en los polos de la Tierra, áreas que permiten entender cuál ha sido el pasado de nuestro único hogar y nos ayudan a prever y anticipar cómo será el futuro. Porque «la historia está grabada en el hielo de la Antártida», en las capas de hasta 4.000 metros de hielo que guardan secretos acerca del tiempo en el pasado y las especies que habitaban nuestro planeta, gracias a los granos de polen o a los isótopos 16 y 18 de oxígeno, que permiten establecer las temperaturas dominantes en cada etapa de la historia reciente.

Una relación de amor

La relación de amor entre la Antártida y Josefina Castellví comenzó cuando ella, su compañera científica del CSIC Marta Estrada y la periodista Charo Nogueira se enrolaron en una expedición argentina en el año 1984, convirtiéndose así en las primeras mujeres españolas en pisar el continente antártico.

Repitieron dos años más tarde con una campaña oceanográfica polaca, y dirigidos por el químico Antoni Ballester, consiguen izar una bandera española sobre una minúscula tienda de campaña. Son los albores de la primera base de nuestro país en el Polo Sur, establecida oficialmente en 1987 con el objetivo de conseguir la adhesión al Tratado Antártico, que finalmente se produce en 1988.

El 12 de enero de ese mismo año, se inaugura la base Juan Carlos I, pero no de la mano de Ballester, quien tuvo que retirarse de la carrera científica a causa de un derrame cerebral sufrido un año antes. Su lugar lo ocupa alguien de su máxima confianza, Josefina Ballester, su discípula y admiradora, que dirigió las instalaciones hasta el año 1993.

Un año más tarde, abandonó su continente amado para dirigir el Instituto de Ciencias del Mar del Instituto Superior de Investigaciones científicas entre 1994 y 1995, pero su corazón siempre permaneció en aquel lugar que fue el amor de su vida, un ensayo de la naturaleza, capaz de fabricar belleza con muy pocos ingredientes, con mil tonalidades de azul, y magia en cualquier momento y en cualquier lugar, que le produce un vuelco en el corazón cada vez que ve un iceberg.

Su pasión quedó reflejada en el documental 'Los recuerdos helados', protagonizada por una científica extremadamente vigorosa a pesar de tener cerca de 80 años, combinando a la perfección sus canas con el color del hielo, y que le permitió volver a sentirse en casa, como «si me hubiera estado esperando todos estos años».